Todos juntos
Un espacio propuesto por EQUIPO ECUMÉNICO SABIÑÁNIGO

lunes, 23 de marzo de 2020

ORACIÓN CONTRA EL CORONAVIRUS



ORACIÓN CONTRA EL CORONAVIRUS 

Señor Jesús, 
nuestro Médico Divino 
te pedimos que nos guardes y protejas 
del coronavirus 
y de todas las enfermedades letales. 

Ten piedad de todos los que han muerto. 
Sana a todos los que están enfermos. 

Ilumina a todos los científicos 
que están buscando un remedio. 

Fortalece y protege 
a todos los asistentes sanitarios 
que están ayudando en estos momentos 
a los enfermos. 

Dales la victoria 
a todos los responsables civiles 
que están intentando limitar el contagio, 
y dale la paz a todos los que 
tienen miedo y están preocupados, 
especialmente los ancianos 
y las personas en situación de riesgo. 

Que tu Preciosa Sangre 
sea nuestra defensa y salvación. 

Por tu gracia, 
transforma el mal de la enfermedad 
en estos momentos de consolación, 
crecimiento en la fe y esperanza. 

Que temamos el contagio del pecado 
más que cualquier otra enfermedad. 

Nos abandonamos con toda confianza 
en tu infinita misericordia. 

Amén



domingo, 22 de marzo de 2020

PROTEGER LA VIDA


El Consejo Mundial de Iglesias exhorta a dar prioridad absoluta a proteger la vida

En una carta pastoral a las iglesias miembros del Consejo Mundial de Iglesias (CMI) y los asociados ecuménicos, el secretario general del CMI, Rev. Dr. Olav Fykse Tveit, y la Dra. Agnes Abuom, moderadora del CMI, han exhortado a dar prioridad absoluta a “hacer todo lo que esté en nuestras manos para proteger la vida”. Asimismo, han afirmado que “es un momento para tocar el corazón de los demás con lo que decimos, lo que compartimos, lo que hacemos y lo que no hacemos para proteger la vida que Dios tanto ama”.

En su carta dirigida a la comunidad, dicen: “Les saludamos al tiempo que oramos juntos por nuestros seres queridos y por toda la humanidad creada por Dios en estos tiempos difíciles de la pandemia del COVID-19. ¡Dios de vida condúcenos a la justicia y la paz!”.

“Orar y trabajar por la justicia y la paz también abarca la salud. Esto se ha vuelto muy concreto estos días”, observan. “Podemos, y debemos, romper la vía de transmisión del virus”.

“En la actualidad, ello significa observar estrictamente las medidas, las restricciones y los consejos de las autoridades sanitarias, basadas en todos los conocimientos científicos fiables disponibles proporcionados por la Organización Mundial de la Salud. Algunos de ustedes ya se han visto profundamente afectados”, prosigue la carta. “Muchos países sufren esta infección que ahora es mundial y viven con fuertes restricciones y drásticas medidas para reducir la transmisión del virus, mientras que otros países es probable que se enfrenten a desafíos similares en los próximos días o semanas”.

“Muchos de nosotros vamos a estar infectados por el virus y para los más vulnerables puede ser mortal”, afirman Tveit y Aboum.

“En tiempos como estos, las comunidades religiosas pueden hacer mucho para promover la solidaridad y la responsabilidad, la sensatez y el cuidado. Debemos solidarizarnos con aquellos para los que el autoaislamiento significa perder los medios de subsistencia e incluso el riesgo de inanición, y con aquellos que por la precariedad de su vida cotidiana tienen muy pocas posibilidades de mantener un distanciamiento social”.

Por todo ello, contener la epidemia es esencial, y esto no es posible a menos que las personas y las naciones cuiden unas de otras y se unan en la acción. “En el culto y la comunidad cristiana, valoramos el hecho de estar juntos. Pero en este tiempo de crisis, y por amor mutuo y por el prójimo, no debemos reunirnos en grandes números y en todo caso no debemos tocarnos o abrazarnos”.

Tveit y Aboum respaldan los grandes esfuerzos y el compromiso de muchas personas en las iglesias locales para hacer frente a esta crisis. “Es el momento de estar bien organizados y ser creativos –lo cual puede implicar desde cambiar las prácticas litúrgicas a pasar a la tecnología digital o estar en contacto con las personas afectadas o de riesgo por teléfono u otros medios de comunicación a distancia– y de adaptarse a esta nueva realidad.”

Tveit y Aboum concluyen: “Este es el llamado al movimiento ecuménico único de amor. Nuestra esperanza es poderosa y nos mantiene unidos en el amor y el servicio porque nos es dada por el Dios de vida”, añadiendo que “estamos juntos en esto”.

Carta pastoral del 18 de marzo de 2020

Ginebra, 18 de marzo de 2020

A la atención de las iglesias miembros del CMI y los asociados ecuménicos

Estimados hermanos y hermanas en Cristo:

Les saludamos al tiempo que oramos juntos por nuestros seres queridos y por toda la humanidad creada por Dios en estos tiempos difíciles de la pandemia del COVID-19.

¡Dios de vida condúcenos a la justicia y la paz! Este es el Dios en el que juntos creemos, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Dios es nuestro creador, nuestro salvador y nuestro dador de vida. Orar al Dios de vida significa que nosotros, como iglesias unidas, defendemos con firmeza la vida junto con nuestro Señor y Pastor Jesucristo, que hizo todo lo posible por proteger la vida y que dio su vida por nosotros.

Por consiguiente, ahora debemos dar prioridad absoluta a hacer todo lo que esté en nuestras manos para proteger la vida. Orar y trabajar por la justicia y la paz también abarca la salud. Esto se ha vuelto muy concreto estos días. Podemos, y debemos, romper la vía de transmisión del virus. En la actualidad, ello significa observar estrictamente las medidas, las restricciones y los consejos de las autoridades sanitarias, basadas en todos los conocimientos científicos fiables disponibles proporcionados por la Organización Mundial de la Salud.

Algunos de ustedes ya se han visto profundamente afectados. Muchos países sufren esta infección que ahora es mundial y viven con fuertes restricciones y drásticas medidas para reducir la transmisión del virus, mientras que otros países es probable que se enfrenten a desafíos similares en los próximos días o semanas.

Muchos de nosotros vamos a estar infectados por el virus y para los más vulnerables puede ser mortal. Las pruebas demuestran hasta ahora que los ancianos y las personas con ciertas enfermedades crónicas figuran entre los más necesitados y vulnerables. Por su bien, aquellos de nosotros con menor riesgo a nivel personal –los jóvenes, los sanos– debemos, aun así, adoptar medidas estrictas y rigurosas, y aceptar los inconvenientes que ello entraña a fin de prevenir una mayor propagación de este virus y sus peores consecuencias.

La pérdida de preciosas vidas en nuestras comunidades y familias puede ser mayor de lo que hoy estamos dispuestos a considerar o somos capaces de soportar. Oramos por todas las personas que han perdido o perderán a seres queridos a causa de esta enfermedad. Oramos por su consuelo y alivio. Oramos por que su pérdida refuerce nuestro compromiso colectivo para prevenir mayores sufrimientos y pérdidas.

Esta infección es especialmente grave ya que supone una amenaza para nuestros sistemas sanitarios públicos y, por consiguiente, para todos aquellos que los necesitan, sea cual sea su enfermedad. Incluso los sistemas sanitarios más avanzados del mundo carecen de la capacidad para hacer frente al número previsto de casos graves a menos que se adopten medidas drásticas para frenar la propagación del virus. La presión será aún mayor para los sistemas de salud que están menos desarrollados y en los contextos donde las autoridades y la comunidad no tomen las medidas adecuadas. A ello cabe añadir que las repercusiones económicas relacionadas con la pandemia y las medidas adoptadas para contrarrestarla ponen en peligro los medios de subsistencia en muchas partes del mundo.

Ante este desafío, el miedo e incluso el pánico constituyen una reacción común, y el interés propio a menudo deja de lado la solidaridad. Oramos por que nuestro Dios de vida y amor calme nuestros temores y apacigüe toda oleada de pánico para que podamos concentrarnos en lo que podemos hacer los unos por los otros.

En tiempos como estos, las comunidades religiosas pueden hacer mucho para promover la solidaridad y la responsabilidad, la sensatez y el cuidado. Como iglesias podemos y deberíamos hacer oír la voz de las comunidades en situación de vulnerabilidad a causa de su marginación, que no tienen suficiente agua para beber y mucho menos para lavarse las manos. Hemos de tener en cuenta a las comunidades desplazadas debido a la guerra, la hambruna o el colapso económico y ecológico, que viven en condiciones precarias y muchas de las cuales ni siquiera han sido reconocidas por las autoridades de los países donde se encuentran. No podemos dejarlas completamente indefensas frente a la pandemia. Debemos solidarizarnos con aquellos para los que el autoaislamiento significa perder los medios de subsistencia e incluso el riesgo de inanición, y con aquellos que por la precariedad de su vida cotidiana tienen muy pocas posibilidades de mantener un distanciamiento social.

Por todo ello, contener la epidemia es esencial, y esto no es posible a menos que las personas y las naciones cuiden unas de otras y se unan en la acción.

También debemos ser especialmente conscientes de que lo que solemos hacer en comunidad es exactamente lo que no debemos hacer ahora si queremos proteger la vida. En el culto y la comunidad cristiana, valoramos el hecho de estar juntos. Pero en este tiempo de crisis, y por amor mutuo y por el prójimo, no debemos reunirnos en grandes números y en todo caso no debemos tocarnos o abrazarnos. Es un momento para tocar el corazón de los demás con lo que decimos, lo que compartimos, lo que hacemos y lo que no hacemos para proteger la vida que Dios tanto ama. A la luz de este amor, debemos adaptar nuestras maneras de celebrar el culto y la comunidad a las necesidades de estos tiempos de pandemia. Les encomendamos seguir los consejos y las recomendaciones prácticas de las autoridades sanitarias gubernamentales e intergubernamentales destinadas a proteger las personas vulnerables en nuestras comunidades y fuera de ellas.

Muchos de ustedes, como iglesias, son propietarios de hospitales, por lo que tienen una especial responsabilidad a la hora de prestar servicios sanitarios a muchas personas, muchas más de las que están equipados para atender. Estamos inmensamente agradecidos a todas las instituciones y trabajadores sanitarios de todo el mundo que están cuidando de los enfermos, poniéndose ellos mismos en riesgo.
Todos ellos necesitan nuestras oraciones, nuestro apoyo y nuestra plena cooperación.

En estas circunstancias, el CMI, por su parte, ha adoptado muchas medidas necesarias con respecto a su personal, las iglesias miembros y los asociados ecuménicos, como por ejemplo, trabajar a distancia, como están haciendo muchos de ustedes. También se han aplazado numerosas reuniones, incluidas las del Comité Ejecutivo y del Comité Central.

Seguimos y respaldamos los grandes esfuerzos y el compromiso de muchas personas en las iglesias locales para hacer frente a esta crisis. Es el momento de estar bien organizados y ser creativos –lo cual puede implicar desde cambiar las prácticas litúrgicas a pasar a la tecnología digital o estar en contacto con las personas afectadas o de riesgo por teléfono u otros medios de comunicación a distancia– y de adaptarse a esta nueva realidad.

Nos dirigimos a ustedes para alentarles en el papel tan importante que desempeñan en estos momentos. Dios se preocupa por la dignidad y los derechos de todos los seres humanos, por lo que no se debe dejar a nadie atrás. Todos deben tener vida en abundancia. Arropar a todos en un círculo de cuidado es un imperativo maravilloso. Este es el llamado al movimiento ecuménico único de amor. Nuestra esperanza es poderosa y nos mantiene unidos en el amor y el servicio porque nos es dada por el Dios de vida.

Reconocemos que vivimos en un tiempo de crisis mundial. Estamos juntos en esto y debemos concentrarnos en lo esencial:

“Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor”. (1 Co 13:13)

¡Dios de vida condúcenos a la justicia y la paz, y a la salud!

Saludos cordiales en Jesucristo,

Dra. Agnes Abuom, Moderadora del Comité Central
Rev. Dr. Olav Fykse Tveit, Secretario General

FUENTE:





sábado, 21 de marzo de 2020

REZAR EN CASA


El Consejo Mundial de Iglesias insta a todos a rezar en casa


El secretario general del Consejo Mundial de Iglesia (CMI), Rev. Dr. Olav Fykse Tveit, y el moderador del Comité Central del CMI, Dr. Agnes Abuom, exhortaron a las personas y a las iglesias a dar la máxima prioridad a "hacer todo lo posible para proteger la vida" y " pedir a las iglesias que no tengan servicios públicos mañana como esto puede convertirse en un centro de transmisión del virus ”y seguir estrictamente las reglas y pautas de las autoridades basadas en las pautas de la OMS.

Tveit y Abuom le piden a la comunidad que reconsidere su forma de trabajar. “También debemos ser particularmente conscientes de que exactamente lo que hacemos normalmente, en la comunidad, es lo que no debemos hacer ahora si queremos proteger la vida. Valoramos la unión en la adoración y el compañerismo cristiano. Pero en este momento de crisis, y por amor mutuo y al prójimo, no debemos reunirnos en grandes cantidades, si es que lo hacemos, ni tocarnos ni abrazarnos ”.

Agregaron: “Este es un momento para tocar los corazones de los demás, por lo que decimos, lo que compartimos, lo que hacemos, y lo que no hacemos, para proteger la vida que Dios ama tanto. En ese amor, debemos adaptar nuestros modos de adoración y compañerismo a las necesidades de este tiempo de la pandemia, para evitar el riesgo de convertirse en fuentes de transmisión en lugar de medios de gracia ".

Tveit y Abuom invitan a la comunidad a celebrar el domingo como un día de oración por las personas más vulnerables como refugiados, ancianos y personas afectadas por COVID19, para rezar por toda la comunidad y una familia humana en todo el mundo.

Tveit y Abuom "elogian a todos ustedes el asesoramiento y las recomendaciones prácticas ofrecidas por las autoridades sanitarias intergubernamentales y gubernamentales para ayudar a proteger a los vulnerables en nuestras comunidades y en otras personas".

FUENTE





viernes, 20 de marzo de 2020

IGLESIA Y CORONAVIRUS


La Iglesia, frente al coronavirus: siete propuestas concretas para una institución samaritana y que da trigo

La Iglesia tiene que ser más que nunca 'hospital de campaña' y actuar institucionalmente con caridad concreta

por  José Manuel Vidal  y Jesús Bastante 

La Iglesia católica es, junto al Estado, la institución más capilar y más encarnada en la realidad española. Por eso, los obispos y los curas, que comparten la vida del pueblo, sufren con ellos, consuelan lo que pueden y están lanzando todo tipo, de medidas, muchas veces inconexas, desperdigadas, sin un plan global y sin demasiado discernimiento. Con buena voluntad, pero sin eficacia y sin repercusión pública. Quizás fruto de la inédita situación que estamos viviendo.

Es evidente, asimismo, que el Papa Francisco está preocupado por la actitud que debe imprimir a la institución eclesial. Por un lado, cierra el Vaticano y se recluye como cualquier ciudadano y, por el otro, sale a la calle y visita al Cristo de la Peste y a la Virgen de la Salud, para contagiar esperanza. Por un lado, apoya las decisiones de las autoridades y, por otro, dice a sus curas que no se encierren, que salgan a las calles a acompañar y consolar a la gente.

En efecto, el Papa alienta la cuarentena por un lado y, por el otro, quiere y pide valentía a sus obispos, curas, frailes y monjas. “Quisiera agradecer la creatividad de los sacerdotes (…) Curas que piensan en mil formas de estar cerca del pueblo para que no se sienta abandonado”, dijo recientemente. Y añadió que, a su juicio, los clérigos tienen que estar consumidos “por el celo apostólico”, porque “en tiempos de pandemia no pueden ser Don Abundio", un sacerdote sin vocación, vil y cobarde, en alusión al personaje del libro de Alessandro Manzoni 'I promessi sposi'.

Francisco sabe que, en este mundo sacudido por la pandemia, la Iglesia tiene que ser más que nunca 'hospital de campaña' y actuar institucionalmente con caridad concreta. Predicar, sí. Mensajes, sí. Tañir las campanas, sí, pero siempre que las palabras y los gestos simbólicos vayan acompañados de otros reales.

En medio del flagelo del coronavirus, la Iglesia española tiene que volver a ser la buena samaritana, que se para ante el enfermo, lo recoge, lo lleva al hospital, paga su curación y vuelve para seguir acompañándolo.

Porque la Iglesia se juega su credibilidad social, quizás de manera definitiva. Todas las encuestas en confianza social sitúan a la institución eclesial en los últimos puestos, junto a los políticos. Una catástrofe como ésta puede ser, por una parte, un kairós para la Iglesia y, por la otra, una oportunidad única, un agente pastoral extraordinario.

Con dos objetivos. El primero, ser buenos samaritanos, que es a lo que nos obliga el ser seguidores del Nazareno. Y el segundo, que toda España se entere que hay muchos católicos, curas, frailes, monjas y obispos, dispuestos a jugarse la vida por los demás. Como los sanitarios. Ni más ni menos. Sólo que ellos quieren ser 'sanitarios del alma', para acompañar, consolar y transmitir esperanza, eso que tanta falta hace.

Para lograr este doble objetivo, la Iglesia católica tiene que romper el techo de cristal de los grandes medios de comunicación, que sólo le prestan atención cuando hace algo mal (pederastia, dineros, privilegios), como por otra parte es lógico en la dinámica mediática.

Desde nuestra atalaya mediático-pastoral privilegiada, nos atrevemos a sugerir a la institución una serie de medidas que podrían conducirla a ser realmente samaritana y, además, a que la gente se entere y valore lo que está haciendo. No para agradecérselo, sino para valorarlo en su debida medida. No se confía en quien no se cree ni se ama. Perdamos el prurito de la falsa modestia y de aquel pasaje evangélico mal entendido de que “tu mano derecha no sepa lo que hace la izquierda”. La gente sólo se volverá a acercar a la institución si confía en ella.

Las propuestas que ofrecemos son indicativas. Pueden ser ésta u otras parecidas o diferentes. Pero que sean algunas y que la institución se mueva, porque tiende a quedarse en tablas y no arriesgar. Tratamos de que sean concretas, factibles y realizables. Eso sí, tienen que ser globales y lanzadas desde la Conferencia episcopal, para evitar los reinos de taifas de las diócesis y generar impacto a través de los medios.
Las propuestas

1.- Poner de inmediato a disposición del Gobierno colegios, conventos, seminarios, casas de acogida, casas de ejercicios, casas rectorales, residencias de verano, colegios mayores...

2.- Convertir a curas, monjas, frailes y laicos que quieran en 'sanitarios del alma', que estén disponibles en sus pueblos y barrios a acudir a las llamadas de gente que solicita su presencia, para charlar un rato, para romper la soledad, para hablar de sus problemas, para pedir ayuda, para pedir la comunión o la confesión...

Los 'sanitarios del alma' o 'visitadores de enfermos' tendrían que ir debidamente identificados y uniformados, para no coger ni transmitir el coronavirus. Para no ser gravosos al Estado, los uniformes los confeccionaría y pagaría la propia Iglesia, que podría poner sus conventos de monjes y monjas a fabricar las ropas necesarias para esos menesteres.

3.- Teléfonos de atención las 24 horas en todas y cada una de las parroquias, conventos y colegios religiosos de España, para escuchar y/o ayudar en lo que se pueda, asi como ofrecer consuelo espiritual o acompañar (presencialmente o en la distancia) a los que están en cuarentena.

4.- Una gran colecta 'on line': Que la Conferencia Episcopal ponga todos los 'talentos' de la campaña Xtantos, así como los de otras instituciones que trabajan con ella, como el proyecto DONE, del Banco Sabadell, con casi medio millar de lampadarios, huchas solidarias y atriles, para hacer una gran recogida de fondos para ponerlos a disposición de la lucha contra el coronavirus. Tal vez la Semana Santa sea el mejor momento para hacerlo.

5.- Construir un gran 'ejército de la solidaridad': coordinar todos los servicios de Cáritas, Manos Unidas, Entreculturas, Misiones Salesianas, Confer, Mensajeros de la Paz y todas las ONG y proyectos solidarios de la Iglesia de ayuda a los demás. Hacer un 'mapa' on line de comedores, albergues, voluntarios, capellanes de hospitales, con teléfonos y webs de contactos, para ayudar a los que necesitan que se les haga la compra, están en la calle o sufren, ahora más que nunca, la 'cultura del descarte'

6.- Presencia constante en tanatorios y cementerios, para atender debidamente (dentro o fuera de los recintos) a la gente que pida un responso, una oración antes de enterrar a sus seres queridos. Esa presencia, si es cercana, tierna y humilde, no se olvida. Y menos en las actuales circunstancias, obligados a enterrar a toda prisa y sin apenas presencia de vecinos, amigos y familiares.

7.- En aquellos lugares donde no hay presencia de sacerdote, pero sí de fieles debidamente preparados, una 'dispensa' para que pudieran repartir la comunión en hospitales y en las familias, hoy más que nunca pequeñas 'iglesias domésticas'.

FUENTE:






jueves, 19 de marzo de 2020

JOSÉ EL HOMBRE QUE CONVIVIÓ CON JESÚS


San José: santo de los sin nombre, de los sin-poder y de los obreros 

por Leonardo Boff 

Junto a los cuatro evangelios (Mateo, Marcos, Lucas y Juan) que representan la inteligencia de la fe, pues son verdaderas teologías acerca de la figura de Jesús, existe una vasta literatura apócrifa (textos no reconocidos oficialmente) que llevan también, entre otros, el nombre de evangelio, como el Evangelio de Pedro, el Evangelio de María Magdalena y la Historia de José, el Carpintero, que vamos a comentar. No han sido aceptados oficialmente porque no se encuadraban en la ortodoxia dominante en los siglos II y III cuando surgió la mayoría de ellos. Obedecen a la lógica del imaginario y llenan el vacío de informaciones de los evangelios, especialmente acerca de la vida oculta de Jesús. Pero han sido de gran importancia para el arte, especialmente en el Renacimiento y en general en la cultura popular. La propia teología hoy, con nuevas hermenéuticas, los valora. 

Este apócrifo, La historia de José, el carpintero (edición de Vozes 1990), es rico en informaciones sobre Jesús y José. En realidad se trata de una larga narración que Jesús hace a los apóstoles sobre su padre José. Jesús la inicia así: «Ahora escuchad: voy a narraros la vida de mi padre José, el bendito anciano carpintero». 

Y Jesús cuenta que José era un carpintero, viudo, con 6 hijos, cuatro hombres (Santiago, José, Simón y Judas) y dos mujeres (Lisia y Lidia). «Ese José es mi padre según la carne, con quien se unió, como consorte, mi madre María». 

Narra la perturbación de José al encontrar a María embarazada sin su participación. Narra también el nacimiento de Jesús en Belén, la huida a Egipto y la vuelta a Galilea. Termina diciendo: «Mi padre José, el anciano bendito, siguió ejerciendo la profesión de carpintero y así con el trabajo de sus manos pudimos mantenernos. Nunca se podrá decir de él que comió su pan sin trabajar». 

Refiriéndose a sí mismo, Jesús dice: «Yo por mi parte llamaba a María ‘mi madre’ y a José ‘mi padre’. Les obedecía en todo lo que me ordenaban sin permitirme jamás replicarles una palabra. Al contrario, los trataba siempre con gran cariño». 

Continuando, Jesús cuenta que José se casó por primera vez cuando tenía 40 años. Estuvo casado 49 años hasta la muerte de la esposa. Tenía entonces por lo tanto 89 años. Estuvo un año viudo. Desde los esponsales con María hasta el nacimiento de Jesús habrían pasado 3 años. José tendría, pues, 93 años. Estuvo casado con María 18 años. Sumando todo, habría muerto con 111 años. 

Después, con detalles, narra que su padre «perdió las ganas de comer y de beber; sintió que perdía la habilidad para desempeñar su oficio». Al acercarse la muerte, José se lamenta profiriendo once ayes. En ese momento Jesús entra en el aposento y se revela como gran consolador. Dice: «Salve, José, mi querido padre, anciano bondadoso y bendito». A lo que José responde: «Salve, mil veces, querido hijo. Al oír tu voz, mi alma recobró su tranquilidad». Enseguida, José recuerda momentos de su vida con María y con Jesús; hasta recuerda el hecho de «haberle tirado de la oreja y amonestado: ‘se prudente, hijo mío’» porque en la escuela hacía travesuras y provocaba al rabino. 

Jesús entonces les hace esta confidencia: «Cuando mi padre dijo estas palabras, no pude contener las lágrimas y empecé a llorar, viendo que la muerte se iba apoderando de él». «Yo, mis queridos apóstoles, me puse en su cabecera y mi madre a sus pies… durante mucho tiempo tomé sus manos y sus pies. Él me miraba, suplicando que no lo abandonásemos. Puse mi mano sobre su pecho y sentí que su alma ya había subido a su garganta para dejar el cuerpo». 

Viendo que la muerte tardaba en llegar, Jesús hizo una oración fuerte al Padre: «Padre mío misericordioso, Padre de la verdad, ojo que ve y oído que escucha, escúchame: Soy tu hijo querido; te pido por mi padre José, obra de tus manos… Sé misericordioso con el alma de mi padre José, cuando vaya a reposar en tus manos, pues ese es el momento en que más necesita de tu misericordia». «Después él exhaló el espíritu y yo le besé; me eché sobre el cuerpo de mi padre José… cerré sus ojos, cerré su boca y me levanté para contemplarlo». José acababa de fallecer. 

En el entierro Jesús hace esta otra confidencia a los apóstoles: “no me contuve y me eché sobre su cuerpo y lloré largamente”. Termina haciendo un balance de la vida de su padre José: 

“Su vida fue de 111 años. Al cabo de tanto tiempo no tenía ni un solo diente cariado y su vista no se había debilitado. Toda su apariencia era semejante a la de un niño. Nunca sufrió una indisposición física. Trabajó continuamente en su oficio de carpintero hasta el día en que le sobrevino la enfermedad que lo llevaría a la sepultura”. 

Al terminar su relato, Jesús deja el siguiente mandato: “Cuando seáis revestidos de mi fuerza y recibáis el Espíritu Paráclito y seáis enviados a predicar el evangelio, predicad también sobre mi querido padre José”. El libro que escribí sobre San José, tras 20 años de investigación, quiere responder a este mandato de Jesús. 

A decir verdad, José permaneció casi olvidado por la Iglesia oficial. Pero el pueblo guardó su memoria, poniendo el nombre de José a sus hijos e hijas, a ciudades, calles y escuelas. Él es el símbolo de los sin nombre, de los sin poder, de los obreros y de la Iglesia de los anónimos. 

PUBLICADO EN:

BOLETÍN DE “NOTICIAS Y COMUNICACIONES”
Nº 264 – 19 de Marzo de 2020
Comunidad Ecuménica Horeb Carlos de Foucauld 









miércoles, 18 de marzo de 2020

ECUMENISMO: DIÁLOGO Y ORACIÓN


Ecumenismo: diálogo y oración

Para lograr la unidad en una sola Iglesia visible, el ecumenismo reúne a los cristianos para orar juntos

por Gustavo Daniel D´Apice, Bachiller en Teología (UCA) 

El ecumenismo es ese movimiento en el cual todo bautizado está inmerso, que busca la unidad entre las diversas Iglesias cristianas, ya que comparten la misma fe en la Santísima Trinidad, tienen a Jesús como Rey y Señor de sus vidas, el Bautismo como sacramento de la justificación cristiana que nos hace hijos de Dios y entrar a formar parte de la Iglesia, la Sagrada Escritura (La Biblia) como libro revelado por Dios.

Incluso, entre muchos de ellos, cristianos de distintas denominaciones, “hermanos separados”, pero hermanos al fin, hay cierta comunión en los sacramentos. Las Iglesias cristianas ortodoxa y católica poseen los mismos sacramentos válidos, y en ausencia de Iglesia o ministro de su denominación, pueden solicitarlos al ministro de la otra Iglesia con plena libertad.

Con las distintas Iglesias cristianas de occidente, se tiene por lo general como válido el Bautismo, llegando incluso a convenios entre la Iglesia Católica (por medio del Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos) y las diversas Iglesias cristianas Evangélicas, agrupadas en el Consejo Mundial de Iglesias Evangélicas, para no repetirlo en caso de que se haya efectuado válidamente, es decir, con agua, en el nombre de la Santísima Trinidad y teniendo a Jesús como Salvador. Incluso pueden recibir algún otro sacramento si tienen “fe católica” en ellos. A esto se lo llama comunión “in sacris” (en lo sagrado, en las cosas santas). Quieren hacerse eco del pedido de Jesús en Jn. 17, 21: “Que todos sean uno, para que el mundo crea”: católicos, evangélicos, anglicanos, ortodoxos, orientales, bautistas, metodistas, luteranos, calvinistas, hermanos libres, algunas iglesias pentecostales, etc., no son de distinta religión: Todos ellos son cristianos, y buscan constituirse en una sola Iglesia Visible de Jesucristo.

Para lograr la unidad en una sola Iglesia visible, el ecumenismo reúne a los cristianos para orar juntos, teniendo a Jesús como Único y Eterno Sacerdote, mediador entre Dios y los hombres. Leen y estudian juntos la Biblia. Realizan apostolados de caridad que surgen de la presencia del Espíritu de Jesús en medio de ellos. Se alegran de los elementos que los unen.

También los teólogos y pastores cristianos se reúnen para determinar las circunstancias históricas que causaron heridas en la unidad, para observar la realidad de las cosas que parece separarlos, muchas veces por errores mutuos de interpretación, otras por falta de caridad recíproca, otras porque falló el espíritu de oración, y muchas más. Por lo que queda mucho por orar, estudiar, amar.

Y requiere, además, este esfuerzo cristiano de unidad, una conversión constante, para ser fieles al espíritu del Evangelio y a las enseñanzas de Jesús, aceptando al otro, cristiano de distinta denominación, como es, sin despreciarlo ni desestimarlo porque piensa o profesa su fe de manera distinta, u ora de otra forma. Sino, estaríamos generando una nueva especie de marginados o excluidos: Los que no creen como yo, los que se vinculan con Jesús de manera distinta, aún teniendo muchos elementos de fe cristiana en común. (CEC 820-822)

Debemos, los hermanos cristianos, “separados” por ahora, conocernos recíprocamente, sin temor, en forma fraterna, compartiendo momentos de oración, dialogando en el Amor del Señor, colaborando en el servicio caritativo hacia los demás; y formarnos ecuménicamente, tanto los fieles como los pastores, presbíteros y diáconos de las Iglesias.

Recuerdo a mi Profesor de Biblia, el presbítero Luis Rivas, quien revisa la edición de la Biblia del “Libro del Pueblo de Dios”, que actualmente se utiliza para las lecturas de la Palabra de Dios en las celebraciones litúrgicas católicas, en la carrera de Teología de la Pontificia Universidad Católica, que solía decir en las reuniones ecuménicas que, leyendo el Nuevo Testamento, había más diferencias en la forma de vivir su cristianismo en las comunidades de la Iglesia cristiana primitiva, que entre las diferentes denominaciones cristianas de la Iglesia de hoy. Y no andaban separados, ni cada uno siguiendo su propio camino, sino que conservaban la comunión y la unidad entre ellos.

Otro hecho alentador es que, entre la Iglesia católica y otras Iglesias cristianas, se leen, meditan y proclaman, las mismas lecturas bíblicas para cada día.

En el hemisferio norte, hay una semana de oración por la unidad de los cristianos en torno a la fiesta de San Pablo.

En el hemisferio sur, en torno a la Solemnidad de Pentecostés.

Esperemos que siga dando fruto abundante.

FUENTE: 
Catholic.net




martes, 17 de marzo de 2020

CORONAVIRUS Y ORACIÓN


Mientras el mundo se vuelve virtual durante la crisis del COVID-19, es fácil orar

Las personas oran a diario por que acabe el coronavirus (COVID-19), que está paralizando el mundo, transformando la interacción humana en una cuestión virtual y cambiando drásticamente la vida en todos los lugares durante la lucha contra un enemigo silencioso del que poco se sabe.

Las iglesias, las mezquitas, las sinagogas y los templos han cerrado sus puertas en cada rincón del planeta después de la propagación del COVID-19. La cepa del virus se identificó por primera vez en Wuhan (China) en diciembre de 2019.

Orar es algo que no precisa el contacto social, tal y como han señalado grupos cristianos mundiales como el Consejo Mundial de Iglesias (CMI), el Vaticano y la Alianza Evangélica Mundial. 

Al igual que ocurre en todas las luchas, el COVID-19 saca a la luz lo bueno y lo malo de la humanidad, con trabajadores sanitarios que hacen grandes sacrificios y otros que corren a ayudar, mientras algunos muestran prejuicios contra personas acusadas de ser portadoras de la enfermedad o quienes son vulnerables.

Oración del COVID-19

La Iglesia Unida del Canadá, miembro del CMI, publicó "Una oración en tiempos del COVID-19"  

Parcialmente, dice así:

En tiempos del COVID-19, oramos,
Cuando no estamos seguros, Dios, ayúdanos a mantener la calma;
cuando nos llega información de todas partes, correcta e incorrecta, ayúdanos a discernir;
cuando el miedo hace que sea difícil respirar, y la ansiedad parece estar a la orden del día, tranquilízanos, Dios;
ayúdanos a llegar con nuestros corazones, cuando no podemos tocar con nuestras manos;
ayúdanos a estar conectados socialmente, cuando tenemos que mantener la distancia social;
ayúdanos a amar tan perfectamente como seamos capaces, sabiendo que “el perfecto amor echa fuera el temor”.

El director general de la Organización Mundial de la Salud, Dr. Tedros Adhanom Ghebreyesus, añadió un poco de perspectiva en la conferencia de prensa del 13 de marzo cuando dijo que, a pesar de la nueva pandemia, la labor de la OMS continúa y el mundo sigue adelante.

“Los bebés siguen naciendo”

“Los bebés siguen naciendo. Las operaciones quirúrgicas esenciales se siguen llevando a cabo. Las personas que sufren un accidente de tráfico siguen necesitando atención de emergencia. La gente sigue necesitando tratamientos contra el cáncer, la diabetes, el VIH, el paludismo y muchas otras enfermedades”, dijo Tedros. 

Anticipándose a la situación, en Ginebra (Suiza), el CMI había cancelado ya el 28 de febrero una importante reunión de su Comité Central en marzo, y a finales de la semana pasada tomó medidas contundentes para prevenir la propagación del COVID-19.

“Se trata de una situación que exige nuestra solidaridad y responsabilidad, atención, cuidado y sabiduría”, dijo el secretario general del Consejo Mundial de Iglesias el Rev. Dr. Olav Fykse Tveit,  el 13 de marzo.

“Esta situación también nos apremia a ofrecer signos de fe, esperanza y amor”, escribió. “Ahora nos necesitamos unos a otros como colegas y amigos para ayudarnos mutuamente en la reorganización de nuestro trabajo, pero también necesitamos apoyarnos unos a otros mental y espiritualmente”.

Tveit, en una oración, dijo: “Dios de vida, has prometido estar con nosotros todos los días, también los días difíciles, como en tiempos como estos”.

“Ofrecer nuestro amor”

“Danos claridad en nuestra mente, fortaleza en nuestro trabajo y discernimiento, descanso mientras dormimos, paz en nuestra mente. Acompaña a aquellos que necesitan ayuda más de lo que la necesitamos nosotros, ayúdanos a ver lo que podemos ofrecer desde tu amor”.

Suiza es uno de los países más afectados por el coronavirus desde que el epicentro se trasladó a Europa la semana pasada, con al menos 2200 personas que han dado positivo y 18 muertos en el país alpino el 16 de marzo.

En Ginebra, la ciudad de Juan Calvino, las iglesias protestantes y católicas romanas tenían cerradas sus puertas para los servicios del domingo.

Una mujer que se identificó como cristiana comprometida dijo: “Debemos intentar reaccionar de manera equilibrada. Como creyentes, esta es una oportunidad para brillar en medio de la tormenta manteniendo la calma y siendo mesurados”.

La OMS había informado que, de que, a 16 de marzo, había 168 019 casos confirmados a escala mundial en 148 países y 6610 muertes, una cifra que aumenta cada día.

China tenía el 15 de marzo 81 048 casos confirmados (27 nuevos) con 3204 muertes (10 nuevas), mientras que fuera de China había 72 469 casos confirmados (y 10 955 nuevos) con 2531 muertes (333 nuevas) en 143 países y territorios.

En Asia, debido a la pandemia, la Conferencia Cristiana de Asia dijo que su tema para el Domingo de Asia 2020 es “Dios, sánanos porque somos vulnerables”.

Las iglesias miembros de la Conferencia Cristiana de Asia celebran el Domingo de Asia, por lo general, el domingo antes de Pentecostés, que cae este año el 24 de mayo.

Sin embargo, la Conferencia Cristiana de Asia pidió a sus iglesias miembros y a sus consejos que utilicen la liturgia del Domingo de Asia durante las oraciones especiales de los próximos días por las víctimas de la pandemia del COVID-19.

El Dr. Mathews George Chunakara, secretario general de la Conferencia Cristiana de Asia, declaró: “Las condiciones críticas por las que estamos pasando colectivamente son un recordatorio para que la humanidad reflexione sobre la fragilidad de la vida humana y la extrema vulnerabilidad de todo el cosmos”.

África tiene los índices más bajos y más lentos del COVID-19, pero la enfermedad se está filtrando. Los funcionarios de la OMS han expresado sus temores sobre la capacidad de los sistemas sanitarios de los países pobres del continente para hacer frente a la pandemia.

Preocupación por África

El arzobispo anglicano de Ciudad del Cabo, Thabo Makgoda, dijo el domingo que estaba “terriblemente preocupado” por que los sudafricanos –y los habitantes de toda África– no se estaban tomando suficientemente en serio el coronavirus.

Señaló que los africanos trataban el virus como “un problema europeo”, y no un problema africano.

“Los virus no tienen pasaporte, no conocen fronteras, no respetan la raza ni el color de la piel”.

También dijo que temía que “muchas personas se vieran afectadas” si el virus se propaga en Sudáfrica, con su alta incidencia de VIH, sida y tuberculosis.

En Estados Unidos, el presidente y secretario general del Consejo Nacional de Iglesias de los Estados Unidos de América, Jim Winkler, escribió el 13 de marzo:  “Todos los días mantengo conversaciones sobre el coronavirus. Parece que todo el mundo tiene una teoría sobre el virus o cómo tratarlo o cómo evitarlo. Las noticias comienzan con las últimas novedades sobre la propagación del virus. Cada día, se acerca sigilosamente a donde vivo y trabajo. Parece como si una novela o película de ciencia ficción se estuviera desarrollando en la vida real”.

FUENTE:





lunes, 16 de marzo de 2020

UNITATIS REDINTEGRATIO

DECRETO

UNITATIS REDINTEGRATIO

SOBRE EL ECUMENISMO



PROEMIO

1. Promover la restauración de la unidad entre todos los cristianos es uno de los fines principales que se ha propuesto el Sacrosanto Concilio Vaticano II, puesto que única es la Iglesia fundada por Cristo Señor, aun cuando son muchas las comuniones cristianas que se presentan a los hombres como la herencia de Jesucristo; todos se confiesan discípulos del Señor, pero sienten de modo distinto y siguen caminos diferentes, como si Cristo mismo estuviera dividido. División que abiertamente repugna a la voluntad de Cristo y es piedra de escándalo para el mundo y obstáculo para la causa de la difusión del Evangelio por todo el mundo.

Con todo, el Señor de los tiempos, que sabia y pacientemente prosigue su voluntad de gracia para con nosotros los pecadores, en nuestros días ha empezado a infundir con mayor abundancia en los cristianos separados entre sí la compunción de espíritu y el anhelo de unión. Esta gracia ha llegado a muchas almas dispersas por todo el mundo, e incluso entre nuestros hermanos separados ha surgido, por el impuso del Espíritu Santo, un movimiento dirigido a restaurar la unidad de todos los cristianos. En este movimiento de unidad, llamado ecuménico, participan los que invocan al Dios Trino y confiesan a Jesucristo como Señor y salvador, y esto lo hacen no solamente por separado, sino también reunidos en asambleas en las que conocieron el Evangelio y a las que cada grupo llama Iglesia suya y de Dios. Casi todos, sin embargo, aunque de modo diverso, suspiran por una Iglesia de Dios única y visible, que sea verdaderamente universal y enviada a todo el mundo, para que el mundo se convierta al Evangelio y se salve para gloria de Dios. Considerando, pues, este Sacrosanto Concilio con grato ánimo todos estos problemas, una vez expuesta la doctrina sobre la Iglesia, impulsado por el deseo de restablecer la unidad entre todos los discípulos de Cristo, quiere proponer a todos los católicos los medios, los caminos y las formas por las que puedan responder a este divina vocación y gracia.

CAPÍTULO I

PRINCIPIOS CATÓLICOS SOBRE EL ECUMENISMO


Unidad y unicidad de la Iglesia

2. La caridad de Dios hacia nosotros se manifestó en que el Hijo Unigénito de Dios fue enviado al mundo por el Padre, para que, hecho hombre, regenerara a todo el género humano con la redención y lo redujera a la unidad. Cristo, antes de ofrecerse a sí mismo en el ara de la cruz, como víctima inmaculada, oró al Padre por los creyentes, diciendo: "Que todos sean uno, como Tú, Padre, estás en mi y yo en tí, para que también ellos sean en nosotros, y el mundo crea que Tú me has enviado", e instituyó en su Iglesia el admirable sacramento de la Eucaristía, por medio del cual se significa y se realiza la unidad de la Iglesia. Impuso a sus discípulos e mandato nuevo del amor mutuo y les prometió el Espíritu Paráclito, que permanecería eternamente con ellos como Señor y vivificador.

Una vez que el Señor Jesús fue exaltado en la cruz y glorificado, derramó el Espíritu que había prometido, por el cual llamó y congregó en unidad de la fe, de la esperanza y de la caridad al pueblo del Nuevo Testamento, que es la Iglesia, como enseña el Apóstol: "Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como habéis sido llamados en una esperanza, la de vuestra vocación. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismos". Puesto que "todos los que habéis sido bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo.... porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús". El Espíritu Santo que habita en los creyentes, y llena y gobierna toda la Iglesia, efectúa esa admirable unión de los fieles y los congrega tan íntimamente a todos en Cristo, que El mismo es el principio de la unidad de la Iglesia. El realiza la distribución de las gracias y de los ministerios, enriqueciendo a la Iglesia de Jesucristo con la variedad de dones "para la perfección consumada de los santos en orden a la obra del ministerio y a la edificación del Cuerpo de Cristo".

Para el establecimiento de esta su santa Iglesia en todas partes y hasta el fin de los tiempos, confió Jesucristo al Colegio de los Doce el oficio de enseñar, de regir y de santificar. De entre ellos destacó a Pedro, sobre el cual determinó edificar su Iglesia, después de exigirle la profesión de fe; a él prometió las llaves del reino de los cielos y previa la manifestación de su amor, le confió todas las ovejas, para que las confirmara en la fe y las apacentara en la perfecta unidad, reservándose Jesucristo el ser El mismo para siempre la piedra fundamental y el pastor de nuestras almas.

Jesucristo quiere que su pueblo se desarrolle por medio de la fiel predicación del Evangelio, y la administración de los sacramentos, y por el gobierno en el amor, efectuado todo ello por los Apóstoles y sus sucesores, es decir, por los Obispos con su cabeza, el sucesor de Pedro, obrando el Espíritu Santo; y realiza su comunión en la unidad, en la profesión de una sola fe, en la común celebración del culto divino, y en la concordia fraterna de la familia de Dios.

Así, la Iglesia, único rebaño de Dios como un lábaro alzado ante todos los pueblos, comunicando el Evangelio de la paz a todo el género humano, peregrina llena de esperanza hacia la patria celestial.

Este es el Sagrado misterio de la unidad de la Iglesia de Cristo y por medio de Cristo, comunicando el Espíritu Santo la variedad de sus dones, El modelo supremo y el principio de este misterio es la unidad de un solo Dios en la Trinidad de personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Relación de los hermanos separados con la Iglesia católica

3. En esta una y única Iglesia de Dios, ya desde los primeros tiempos, se efectuaron algunas escisiones que el Apóstol condena con severidad, pero en tiempos sucesivos surgieron discrepancias mayores, separándose de la plena comunión de la Iglesia no pocas comunidades, a veces no sin responsabilidad de ambas partes. pero los que ahora nacen y se nutren de la fe de Jesucristo dentro de esas comunidades no pueden ser tenidos como responsables del pecado de la separación, y la Iglesia católica los abraza con fraterno respeto y amor; puesto que quienes creen en Cristo y recibieron el bautismo debidamente, quedan constituidos en alguna comunión, aunque no sea perfecta, con la Iglesia católica.

Efectivamente, por causa de las varias discrepancias existentes entre ellos y la Iglesia católica, ya en cuanto a la doctrina, y a veces también en cuanto a la disciplina, ya en lo relativo a la estructura de la Iglesia, se interponen a la plena comunión eclesiástica no pocos obstáculos, a veces muy graves, que el movimiento ecumenista trata de superar. Sin embargo, justificados por la fe en el bautismo, quedan incorporados a Cristo y, por tanto, reciben el nombre de cristianos con todo derecho y justamente son reconocidos como hermanos en el Señor por los hijos de la Iglesia católica.

Es más: de entre el conjunto de elementos o bienes con que la Iglesia se edifica y vive, algunos, o mejor, muchísimos y muy importantes pueden encontrarse fuera del recinto visible de la Iglesia católica: la Palabra de Dios escrita, la vida de la gracia, la fe, la esperanza y la caridad, y algunos dones interiores del Espíritu Santo y elementos visibles; todo esto, que proviene de Cristo y a El conduce, pertenece por derecho a la única Iglesia de Cristo.

Los hermanos separados practican no pocos actos de culto de la religión cristiana, los cuales, de varias formas, según la diversa condición de cada Iglesia o comunidad, pueden, sin duda alguna, producir la vida de la gracia, y hay que confesar que son aptos para dejar abierto el acceso a la comunión de la salvación.

Por consiguiente, aunque creamos que las Iglesias y comunidades separadas tienen sus defectos, no están desprovistas de sentido y de valor en el misterio de la salvación, porque el Espíritu de Cristo no ha rehusado servirse de ellas como medios de salvación, cuya virtud deriva de la misma plenitud de la gracia y de la verdad que se confió a la Iglesia.

Los hermanos separados, sin embargo, ya particularmente, ya sus comunidades y sus iglesias, no gozan de aquella unidad que Cristo quiso dar a los que regeneró y vivificó en un cuerpo y en una vida nueva y que manifiestan la Sagrada Escritura y la Tradición venerable de la Iglesia. Solamente por medio de la Iglesia católica de Cristo, que es auxilio general de la salvación, puede conseguirse la plenitud total de los medios salvíficos. Creemos que el Señor entregó todos los bienes de la Nueva Alianza a un solo colegio apostólico, a saber, el que preside Pedro, para constituir un solo Cuerpo de Cristo en la tierra, al que tienen que incorporarse totalmente todos los que de alguna manera pertenecen ya al Pueblo de Dios. Pueblo que durante su peregrinación por la tierra, aunque permanezca sujeto al pecado, crece en Cristo y es conducido suavemente por Dios, según sus inescrutables designios, hasta que arribe gozoso a la total plenitud de la gloria eterna en la Jerusalén celestial.

Ecumenismo

4. Hoy, en muchas partes del mundo, por inspiración del Espíritu Santo, se hacen muchos intentos con la oración, la palabra y la acción para llegar a aquella plenitud de unidad que quiere Jesucristo. Este Sacrosanto Concilio exhorta a todos los fieles católicos a que, reconociendo los signos de los tiempos, cooperen diligentemente en la empresa ecuménica.

Por "movimiento ecuménico" se entiende el conjunto de actividades y de empresas que, conforme a las distintas necesidades de la Iglesia y a las circunstancias de los tiempos, se suscitan y se ordenan a favorecer la unidad de los cristianos.

Tales son, en primer lugar, todos los intentos de eliminar palabras, juicios y actos que no sean conformes, según justicia y verdad, a la condición de los hermanos separados, y que, por tanto, pueden hacer más difíciles las mutuas relaciones en ellos; en segundo lugar, "el diálogo" entablado entre peritos y técnicos en reuniones de cristianos de las diversas Iglesias o comunidades, y celebradas en espíritu religioso. En este diálogo expone cada uno, por su parte, con toda profundidad la doctrina de su comunión, presentado claramente los caracteres de la misma. Por medio de este diálogo, todos adquieren un conocimiento más auténtico y un aprecio más justo de la doctrina y de la vida de cada comunión; en tercer lugar, las diversas comuniones consiguen una más amplia colaboración en todas las obligaciones exigidas por toda conciencia cristiana en orden al bien común y, en cuanto es posible, participan en la oración unánime. Todos, finalmente, examinan su fidelidad a la voluntad de Cristo con relación a la Iglesia y, como es debido, emprenden animosos la obra de renovación y de reforma.

Todo esto, realizado prudente y pacientemente por los fieles de la Iglesia católica, bajo la vigilancia de los pastores, conduce al bien de la equidad y de la verdad, de la concordia y de la colaboración, del amor fraterno y de la unión; para que poco a poco por esta vía, superados todos los obstáculos que impiden la perfecta comunión eclesiástica, todos los cristianos se congreguen en una única celebración de la Eucaristía, en orden a la unidad de la una y única Iglesia, a la unidad que Cristo dio a su Iglesia desde un principio, y que creemos subsiste indefectible en la Iglesia católica de los siglos.

Es manifiesto, sin embargo, que la obra de preparación y reconciliación individuales de los que desean la plena comunión católica se diferencia, por su naturaleza, de la empresa ecumenista, pero no encierra oposición alguna, ya que ambos proceden del admirable designio de Dios.

Los fieles católicos han de ser, sin duda, solícitos de los hermanos separados en la acción ecumenista, orando por ellos, hablándoles de las cosas de la Iglesia, dando los primeros pasos hacia ellos. Pero deben considerar también por su parte con ánimo sincero y diligente, lo que hay que renovar y corregir en la misma familia católica, para que su vida dé más fiel y claro testimonio de la doctrina y de las normas dadas por Cristo a través de los Apóstoles.

Pues, aunque la Iglesia católica posea toda la verdad revelada por Dios, y todos los medios de la gracia, sin embargo, sus miembros no la viven consecuentemente con todo el fervor, hasta el punto que la faz de la Iglesia resplandece menos ante los ojos de nuestros hermanos separados y de todo el mundo, retardándose con ello el crecimiento del reino de Dios.

Por tanto, todos los católicos deben tender a la perfección cristiana y esforzarse cada uno según su condición para que la Iglesia, portadora de la humildad y de la pasión de Jesús en su cuerpo, se purifique y se renueve de día en día, hasta que Cristo se la presente a sí mismo gloriosa, sin mancha ni arruga.

Guardando la unidad en lo necesario, todos en la Iglesia, cada uno según el cometido que le ha sido dado, observen la debida libertad, tanto en las diversas formas de vida espiritual y de disciplina como en la diversidad de ritos litúrgicos, e incluso en la elaboración teológica de la verdad revelada; pero en todo practiquen la caridad. Pues con este proceder manifestarán cada día más plenamente la auténtica catolicidad y la apostolicidad de la Iglesia.

Por otra parte, es necesario que los católicos, con gozo, reconozcan y aprecien en su valor los tesoros verdaderamente cristianos que, procedentes del patrimonio común, se encuentran en nuestros hermanos separados. Es justo y saludable reconocer las riquezas de Cristo y las virtudes en la vida de quienes dan testimonio de Cristo y, a veces, hasta el derramamiento de su sangre, porque Dios es siempre admirable y digno de admiración en sus obras.

Ni hay que olvidar tampoco que todo lo que obra el Espíritu Santo en los corazones de los hermanos separados puede conducir también a nuestra edificación. Lo que de verdad es cristiano no puede oponerse en forma alguna a los auténticos bienes de la fe, antes al contrario, siempre puede hacer que se alcance más perfectamente el misterio mismo de Cristo y de la Iglesia.

Sin embargo, las divisiones de los cristianos impiden que la Iglesia lleve a efecto su propia plenitud de catolicidad en aquellos hijos que, estando verdaderamente incorporados a ella por el bautismo, están, sin embargo, separados de su plena comunión. Más aún, a la misma Iglesia le resulta muy difícil expresar, bajo todos los aspectos, en la realidad misma de la vida, la plenitud de la catolicidad.

Este Sacrosanto Concilio advierte con gozo que la participación de los fieles católicos en la acción ecumenista crece cada día, y la recomienda a los Obispos de todo el mundo, para que la promuevan con diligencia y la dirijan prudentemente.

CAPÍTULO II

LA PRÁCTICA DEL ECUMENISMO

La unión afecta a todos

5. El empeño por el restablecimiento de la unión corresponde a la Iglesia entera, afecta tanto a los fieles como a los pastores, a cada uno según su propio valor, ya en la vida cristiana diaria, ya en las investigaciones teológicas e históricas. Este interés manifiesta la unión fraterna existente ya de alguna manera entre todos los cristianos, y conduce a la plena y perfecta unidad, según la benevolencia de Dios.

La reforma de la Iglesia

6. Puesto que toda la renovación de la Iglesia consiste esencialmente en el aumento de la fidelidad a su vocación, por eso, sin duda, hay un movimiento que tiende hacia la unidad. Cristo llama a la Iglesia peregrinante hacia una perenne reforma, de la que la Iglesia misma, en cuanto institución humana y terrena, tiene siempre necesidad hasta el punto de que si algunas cosas fueron menos cuidadosamente observadas, bien por circunstancias especiales, bien por costumbres, o por disciplina eclesiástica, o también por formas de exponer la doctrina —que debe cuidadosamente distinguirse del mismo depósito de la fe—, se restauren en el tiempo oportuno recta y debidamente.

Esta reforma, pues, tiene una extraordinario importancia ecumenista. Muchas de las formas de la vida de la Iglesia, por las que ya se va realizando esta renovación —como el movimiento bíblico y litúrgico, la predicación de la palabra de Dios y la catequesis, el apostolado de los seglares, las nuevas formas de vida religiosa, la espiritualidad del matrimonio, la doctrina y la actividad de la Iglesia en el campo social—, hay que recibirlas como prendas y augurios que felizmente presagian los futuros progresos del ecumenismo.

La conversión del corazón

7. El verdadero ecumenismo no puede darse sin la conversión interior. En efecto, los deseos de la unidad surgen y maduran de la renovación del alma, de la abnegación de sí mismo y de la efusión generosa de la caridad. Por eso tenemos que implorar del Espíritu Santo la gracia de la abnegación sincera, de la humildad y de la mansedumbre en nuestros servicios y de la fraterna generosidad del alma para con los demás. "Así, pues, os exhorto yo —dice el Apóstol a las Gentes—, preso en el Señor, a andar de una manera digna de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad, mansedumbre y longanimidad, soportándoos los unos a los otros con caridad, solícitos de conservar la unidad del espíritu mediante el vínculo de la paz" (Ef., 4,1-3). Esta exhortación se refiere, sobre todo, a los que han sido investidos del orden sagrado, para continuar la misión de Cristo, que "vino no a ser servido, sino a servir" entre nosotros.

A las faltas contra la unidad pueden aplicarse las palabras de San Juan: "Si decimos que no hemos pecado, hacemos a Dios mentiroso, y su palabra no está en nosotros". Humildemente, pues, pedimos perdón a Dios y a los hermanos separados, como nosotros perdonamos a quienes nos hayan ofendido.

Recuerden todos los fieles, que tanto mejor promoverán y realizarán la unión de los cristianos, cuanto más se esfuercen en llevar una vida más pura, según el Evangelio. Porque cuanto más se unan en estrecha comunión con el Padre, con el Verbo y con el Espíritu, tanto más íntima y fácilmente podrán acrecentar la mutua hermandad.

La oración unánime

8. Esta conversión del corazón y santidad de vida, juntamente con las oraciones privadas y públicas por la unidad de los cristianos, han de considerarse como el alma de todo el movimiento ecuménico, y con razón puede llamarse ecumenismo espiritual.

Es frecuente entre los católicos concurrir a la oración por la unidad de la Iglesia, que el mismo Salvador dirigió enardecido al Padre en vísperas de su muerte: "Que todos sean uno".

En ciertas circunstancias especiales, como sucede cuando se ordenan oraciones "por la unidad", y en las asambleas ecumenistas es lícito, más aún, es de desear que los católicos se unan en la oración con los hermanos separados. Tales preces comunes son un medio muy eficaz para impetrar la gracia de la unidad y la expresión genuina de los vínculos con que están unidos los católicos con los hermanos separados: "Pues donde hay dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos".

Sin embargo, no es lícito considerar la comunicación en las funciones sagradas como medio que pueda usarse indiscriminadamente para restablecer la unidad de los cristianos. Esta comunicación depende, sobre todo, de dos principios: de la significación de la unidad de la Iglesia y de la participación en los medios de la gracia.

La significación de la unidad prohíbe de ordinario la comunicación. La consecución de la gracia algunas veces la recomienda. La autoridad episcopal local ha de determinar prudentemente el modo de obrar en concreto, atendidas las circunstancias de tiempo, lugar y personas, a no ser que la Conferencia episcopal, a tenor de sus propios estatutos, o la Santa Sede provean de otro modo.

El conocimiento mutuo de los hermanos

9. Conviene conocer la disposición de ánimo de los hermanos separados. Para ello se necesita el estudio que hay que realizar con un alma benévola guiada por la verdad. Es preciso que los católicos, debidamente preparados, adquieran mejor conocimiento de la doctrina y de la historia de la vida espiritual y cultural, de la psicología religiosa y de la cultura peculiares de los hermanos.

Para lograrlo, ayudan mucho por ambas partes las reuniones destinadas a tratar, sobre todo, cuestiones teológicas, donde cada uno pueda tratar a los demás de igual a igual, con tal que los que toman parte, bajo la vigilancia de los prelados, sean verdaderamente peritos. De tal diálogo puede incluso esclarecerse más cuál sea la verdadera naturaleza de la Iglesia católica. De esta forma conoceremos mejor el pensamiento de los hermanos separados y nuestra fe aparecerá entre ellos más claramente expresada.

La formación ecumenista

10. Es necesario que las instituciones de la sagrada teología y de las otras disciplinas, sobre todo, históricas, se expliquen también en sentido ecuménico, para que respondan lo más posible a la realidad.

Es muy conveniente que los que han de ser pastores y sacerdotes se imbuyan de la teología elaborada de esta forma, con sumo cuidado, y no polémicamente, máxime en lo que respecta a las relaciones de los hermanos separados para con la Iglesia católica, ya que de la formación de los sacerdotes, sobre todo, depende la necesaria instrucción y formación espiritual de los fieles y de los religiosos.

Es también conveniente que los católicos, empeñados en obras misioneras en las mismas tierras en que hay también otros cristianos, conozcan hoy, sobre todo, los problemas y los frutos que surgen del ecumenismo en su apostolado.

La forma de expresar y de exponer la doctrina de la fe

11. En ningún caso debe ser obstáculo para el diálogo con los hermanos del sistema de exposición de la fe católica. Es totalmente necesario que se exponga con claridad toda la doctrina. nada es tan ajeno al ecumenismo como el falso irenismo, que pretendiera desvirtuar la pureza de la doctrina católica y obscurecer su genuino y verdadero sentido.

La fe católica hay que exponerla al mismo tiempo con más profundidad y con más rectitud, para que tanto por la forma como por las palabras pueda ser cabalmente comprendida también por los hermanos separados.

Finalmente, en el diálogo ecumenista los teólogos católicos, bien imbuidos de la doctrina de la Iglesia, al tratar con los hermanos separados de investigar los divinos misterios, deben proceder con amor a la verdad, con caridad y con humildad. Al confrontar las doctrinas no olviden que hay un orden o "jerarquía" de las verdades en la doctrina católica, por ser diversa su conexión con el fundamente de la fe cristiana. De esta forma se preparará el camino por donde todos se estimulen a proseguir con esta fraterna emulación hacia un conocimiento más profundo y una exposición más clara de las incalculables riquezas de Cristo (Cf. Ef., 3,8).

La cooperación con los hermanos separados

12. Todos los cristianos deben confesar delante del mundo entero su fe en Dios uno y trino, en el Hijo de Dios encarnado, Redentor y Señor nuestro, y con empeño común en su mutuo aprecio den testimonio de nuestra esperanza, que no confunde.

Como en estos tiempos se exige una colaboración amplísima en el campo social, todos los hombres son llamados a esta empresa común, sobre todo los que creen en Dios y aún más singularmente todos los cristianos, por verse honrados con el nombre de Cristo.

La cooperación de todos los cristianos expresa vivamente la unión con la que ya están vinculados y presenta con luz más radiante la imagen de Cristo Siervo. Esta cooperación, establecida ya en no pocas naciones, debe ir perfeccionándose más y más, sobre todo en las regiones desarrolladas social y técnicamente, ya en el justo aprecio de la dignidad de la persona humana, ya procurando el bien de la paz, ya en la aplicación social del Evangelio, ya en el progreso de las ciencias y de las artes, con espíritu cristiano, ya en la aplicación de cualquier género de remedio contra los infortunios de nuestros tiempos, como son el hambre y las calamidades, el analfabetismo y la miseria, la escasez de viviendas y la distribución injusta de las riquezas.

Por medio de esta cooperación podrán advertir fácilmente todos los que creen en Cristo cómo pueden conocerse mejor unos a otros, apreciando más y cómo se allana el camino para la unidad de los cristianos.

CAPÍTULO III

LAS IGLESIAS Y LAS COMUNIDADES ECLESIALES
SEPARADAS DE LA SEDE APOSTÓLICA ROMANA

13. Nuestra atención se fija en las dos categorías principales de escisiones que afectan a la túnica inconsútil de Cristo.

Las primeras tuvieron lugar en el Oriente, a resultas de las declaraciones dogmáticas de los concilios de Efeso y de Calcedonia, y en tiempos posteriores por la ruptura de la comunidad eclesiástica entre los patriarcas orientales y la Sede Romana.

Más de cuatro siglos después sobrevienen otras en las misma Iglesia de Occidente, como secuela de los acontecimientos que ordinariamente se designan con el nombre de reforma. Desde entonces, muchas comuniones nacionales o confesionales quedaron disgregadas de la Sede Romana. Entre las que conservan, en parte, las tradiciones y las estructuras católicas, ocupa lugar especial la comunión anglicana.

Hay, sin embargo, diferencias muy notables en estos diversos grupos no sólo por razón de su origen, lugar y tiempo, sino especialmente por la naturaleza y gravedad de los problemas pertinentes a la fe y a la estructura eclesiástica.

Por ello, este Sacrosanto Concilio, valorando escrupulosamente las diversas condiciones de cada uno de los grupos cristianos, y teniendo en cuenta los vínculos existentes entre ellas, a pesar de su división, determina proponer las siguientes consideraciones para llevar a cabo una prudente acción ecumenista.

I. CONSIDERACIÓN PARTICULAR DE LAS IGLESIA ORIENTALES

Carácter e historia propia de los orientales

14. Las Iglesias del Oriente y del Occidente, durante muchos siglos siguieron su propio camino unidas en la comunión fraterna de la fe y de la vida sacramental, siendo la Sede Romana, con el consentimiento común, árbitro si surgía entre ellas algún disentimiento en cuenta a la fe y a la disciplina. El Sacrosanto Concilio se complace en recordar, entre otras cosas importantes, que existen en Oriente muchas Iglesias particulares o locales, entre las cuales ocupan el primer lugar las Iglesias patriarcales, y de los cuales no pocas traen origen de los mismos Apóstoles.

Por este motivo han prevalecido y prevalece entre los orientales el empeño y el interés de conservar aquellas relaciones fraternas en la comunión de la fe y de la caridad, que deben observarse entre las Iglesias locales como entre hermanas.

No debe olvidarse tampoco que las Iglesias del Oriente tienen desde el principio un tesoro del que tomó la Iglesia del Occidente muchas cosas en la Liturgia, en la tradición espiritual y en el ordenamiento jurídico. Y es de sumo interés el que los dogmas fundamentales de la fe cristiana, el de la Trinidad, el del Hijo de Dios hecho carne de la Virgen Madre de Dios, quedaron definidos en concilio ecuménicos celebrados en el Oriente. Aquellas Iglesias han sufrido y sufren mucho por la conservación de esta fe.

La herencia transmitida por los Apóstoles fue recibida de diversas formas y maneras y, en consecuencia, desde los orígenes mismos de la Iglesia fue explicada diversamente en una y otra parte por la diversidad del carácter y de las condiciones de la vida. Todo ello, a más de las causas externas, por la falta de comprensión y de caridad, motivó las separaciones.

Por lo cual el Sacrosanto Concilio exhorta a todos, pero especialmente a quienes han de trabajar por restablecer la plena comunión entra las Iglesias orientales y la Iglesia católica, que tengan las debidas consideraciones a la especial condición de las Iglesias que nacen y se desarrollan en el Oriente, así como a la índole de las relaciones que existían entre ellas y la Sede Romana antes de la separación, y que se formen una opinión recta de todo ello; observar esto cuidadosamente servirá muchísimo para el pretendido diálogo.

La tradición litúrgica y espiritual de los orientales

15. Todos conocen con cuánto amor los cristianos orientales celebran el culto litúrgico, sobre todo la celebración eucarística, fuente de la vida de la Iglesia y prenda de la gloria futura, por la cual los fieles unidos a su Obispo, teniendo acogida ante Dios Padre por su Hijo el Verbo encarnado, muerto y glorificado en la efusión del Espíritu Santo, consiguen la comunión con la Santísima Trinidad, hechos "partícipes de la naturaleza divina". Consiguientemente, por la celebración de la Eucaristía del Señor en cada una de estas Iglesias, se edifica y crece la Iglesia de Dios, y por la concelebración se manifiesta la comunión entre ellas.

En este culto litúrgico los orientales ensalzan con hermosos himnos a María, siempre Virgen, a quien el Concilio Ecuménico de Efeso, proclamó solemnemente Santísima Madre de Dios, para que Cristo fuera reconocido como Hijo de Dios e Hijo del hombre, según las Escrituras, y honran también a muchos santos, entre ellos a los Padres de la Iglesia universal. Puesto que estas Iglesias, aunque separadas, tienen verdaderos sacramentos y, sobre todo por su sucesión apostólica, el sacerdocio y la Eucaristía, por los que se unen a nosotros con vínculos estrechísimos, no solamente es posible, sino que se aconseja, alguna comunicación con ellos en las funciones sagradas en circunstancias oportunas y aprobándolo la autoridad eclesiástica. También se encuentran en el Oriente las riquezas de aquellas tradiciones espirituales que creó, sobre todo, el monaquismo. Allí, pues, desde los primeros tiempos gloriosos de los santo Padres floreció la espiritualidad monástica, que se extendió luego a los pueblos occidentales. De ella procede, como de su fuente, la institución religiosa de los latinos, que aún después tomó nuevo vigor en el Oriente. Por lo cual se recomienda encarecidamente a los católicos que acudan con mayor frecuencia a estas riquezas espirituales de los Padres del Oriente, que levantan a todo hombre a la contemplación de lo divino.

Tengan todos presente que el conocer, venerar, conservar y favorecer el riquísimo patrimonio litúrgico y espiritual de los orientales es de una gran importancia para conservar fielmente la plenitud de la tradición cristiana y para conseguir la reconciliación de los cristianos orientales y occidentales.

Disciplina propia de los orientales

16. Las Iglesias del Oriente, además, desde los primeros tiempos seguían las disciplinas propias sancionadas por los santos Padres y por los concilios, incluso ecuménicos. No poniéndose a la unidad de la Iglesia una cierta variedad de ritos y costumbres, sino acrecentando más bien su hermosura y contribuyendo al más exacto cumplimiento de su misión como antes hemos dicho, el Sacrosanto Concilio, para disipar todo temor declara que las Iglesias orientales, conscientes de la necesaria unidad de toda la Iglesia, tienen el derecho y la obligación de regirse según sus propias ordenaciones, puesto que son más acomodadas a la idiosincrasia de sus fieles y más adecuadas para promover el bien de sus almas. No siempre, es verdad, se ha observado bien este principio tradicional, pero su observancia es una condición previa absolutamente necesaria para el restablecimiento de la unión.

Carácter propio de los orientales en la exposición de los misterios

17. Lo que antes hemos dicho acerca de la legítima diversidad, nos es grato repetirlo también de la diversa exposición de la doctrina teológica, puesto que en el Oriente y en el Occidente se han seguido diversos pasos y métodos en la investigación de la verdad revelada y en el reconocimiento y exposición de lo divino. No hay que sorprenderse, pues, de que algunos aspectos del misterio revelado a veces se hayan captado mejor y se hayan expuesto con más claridad por unos que por otros, de manera que hemos de declarar que las diversas fórmulas teológicas, más bien que oponerse entre sí, se completan y perfeccionan unas a otras. En cuanto a las auténticas tradiciones teológicas de los orientales, hay que reconocer que radican de una modo manifiesto en la Sagrada Escritura, se fomentan y se vigorizan con la vida litúrgica, se nutren de la viva tradición apostólica y de las enseñanzas de los Padres orientales y de los autores eclesiásticos hacia una recta ordenación de la vida; más aún, tienden hacia una contemplación cabal de la verdad cristiana. Este Sacrosanto Concilio declara que todo este patrimonio espiritual y litúrgico, disciplinar y teológico, en sus diversas tradiciones, pertenece a la plena catolicidad y apostolicidad de la Iglesia, dando gracias a Dios, porque muchos orientales, hijos de la Iglesia católica, que conservan esta herencia y ansían vivirla en su plena pureza e integridad, viven ya en comunión perfecta con los hermanos que practican la tradición occidental.

Conclusión

18. Bien considerado todo lo que precede, este Sacrosanto Concilio renueva solemnemente todo lo que han declarado los sacrosantos concilios anteriores y los Romanos Pontífices; a saber, que para el restablecimiento y mantenimiento de la comunión y de la unidad es preciso "no imponer ninguna otra carga más que la necesaria" (Act., 15,28). Desea, asimismo, vehementemente, que en adelante se dirijan todos los esfuerzos en los varios institutos y formas de vida de la Iglesia, sobre todo en la oración y en el diálogo fraterno acerca de la doctrina y de las necesidades más urgentes del cargo pastoral en nuestros días y se encaucen para lograr paulatinamente la comunión. De igual manera recomienda a los pastores y a los fieles de la Iglesia católica estrecha amistad con quienes pasan la vida no ya en Oriente, sino lejos de la patria para incrementar la colaboración fraterna con ellos con espíritu de caridad, dejando todo ánimo de controversia y de emulación. Si llega a ponerse toda el alma en esta empresa, este Sacrosanto Concilio espera que, derrocado todo muro que separa la Iglesia occidental y la oriental, se hará una sola morada, cuya piedra angular es Cristo Jesús, que hará de las dos una sola cosa.

II. LAS IGLESIAS Y COMUNIDADES ECLESIALES
SEPARADAS EN OCCIDENTE

Condición propia de estas comunidades

19. Las Iglesias y comunidades eclesiales que se disgregaron de la Sede Apostólica Romana, bien en aquella gravísima perturbación que comenzó en el Occidente ya a finales de la Edad Media, bien en tiempos sucesivos, están unidas con la Iglesia católica por una afinidad de lazos y obligaciones peculiares por haber desarrollado en los tiempos pasados una vida cristiana multisecular en comunión eclesiástica.

Puesto que estas Iglesias y comunidades eclesiales por la diversidad de su origen, de su doctrina y de su vida espiritual, discrepan bastante no solamente de nosotros, sino también entre sí, es tarea muy difícil describirlas cumplidamente, cosa que no pretendemos hacer aquí.

Aunque todavía no es universal el movimiento ecuménico y el deseo de armonía con la Iglesia católica, abrigamos, no obstante, la esperanza de que este sentimiento ecuménico y el mutuo aprecio irán imponiéndose poco a poco en todos.

Hay que reconocer, ciertamente que entre estas Iglesias y comunidades y la Iglesia católica hay discrepancias esenciales no sólo de índole histórica, sociológica, psicológica y cultural, sino, ante todo, de interpretación de la verdad revelada. Mas para que, a pesar de estas dificultades, pueda entablarse más fácilmente el diálogo ecuménico, en los siguientes párrafos trataremos de ofrecer algunos puntos que pueden y deben ser fundamento y estímulo para este diálogo.

La confesión de Cristo

20. Nuestra atención se dirige, ante todo, a los cristianos que reconocen públicamente a Jesucristo como Dios y Señor y Mediador único entre Dios y los hombres, para gloria del único Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Sabemos que existen graves divergencias entre la doctrina de estos cristianos y la doctrina de la Iglesia católica aun respecto a Cristo, Verbo de Dios encarnado, de la obra de la redención y, por consiguiente, del misterio y ministerio de la Iglesia y de la función de María en la obra de la salvación. Nos gozamos, sin embargo, viendo a los hermanos separados tender hacia Cristo, como fuente y centro de la comunión eclesiástica. Movidos por el deseo de la unión con Cristo, se sienten impulsados a buscar más y más la unidad y también a dar testimonio de su fe delante de todo el mundo.

Estudio de la Sagrada Escritura

21. El amor y la veneración y casi culto a las Sagradas Escrituras conducen a nuestros hermanos separados el estudio constante y solícito de la Biblia, pues el Evangelio "es poder de Dios para la salud de todo el que cree, del judío primero, pero también del griego" (Rom., 1,16).

Invocando al Espíritu Santo, buscan en las Escrituras a Dios, que, en cierto modo, les habla en Cristo, preanunciado por los profetas, Verbo de Dios encarnado por nosotros. En ellas contemplan la vida de Cristo y cuanto el divino Maestro enseñó y realizó para la salvación de los hombres, sobre todo los misterios de su muerte y de su resurrección.

Pero cuando los hermanos separados reconocen la autoridad divina de los sagrados libros sienten -cada uno a su manera- diversamente de nosotros en cuanto a la relación entre las Escrituras y la Iglesia, en la cual, según la fe católica, el magisterio auténtico tiene un lugar especial en orden a la exposición y predicación de la palabra de Dios escrita.

Sin embargo, las Sagradas Escrituras son, en el diálogo mismo, instrumentos preciosos en la mano poderosa de Dios para lograr aquella unidad que el Salvador presenta a todos los hombres.

La vida sacramental

22. Por el sacramento del bautismo, debidamente administrado según la institución del Señor, y recibido con la requerida disposición del alma, el hombre se incorpora realmente a Cristo crucificado y glorioso y se regenera para el consorcio de la vida divina, según las palabras del Apóstol: "Con El fuisteis sepultados en el bautismo, y en El, asimismo, fuisteis resucitados por la fe en el poder de Dios, que lo resucitó de entre los muertos" (Col., 2,12; Rom., 6,4).

El bautismo, por tanto, constituye un poderoso vínculo sacramental de unidad entre todos los que con él se han regenerado. Sin embargo, el bautismo por sí mismo es tan sólo un principio y un comienzo, porque todo él se dirige a la consecución de la plenitud de la vida en Cristo. Así, pues, el bautismo se ordena a la profesión íntegra de la fe, a la plena incorporación, a los medios de salvación determinados por Cristo y, finalmente, a la íntegra incorporación en la comunión eucarística.

Las comunidades eclesiales separadas, aunque les falte esa unidad plena con nosotros que dimana del bautismo, y aunque creamos que, sobre todo por la carencia del sacramento del orden, no han conservado la genuina e íntegra sustancia del misterio eucarístico, sin embargo, mientras conmemoran en la santa cena la muerte y la resurrección del Señor, profesan que en la comunión de Cristo se representa la vida y esperan su glorioso advenimiento. Por consiguiente, la doctrina sobre la cena del Señor, sobre los demás sacramentos, sobre el culto y los misterios de la Iglesia deben ser objeto de diálogo.

La vida con Cristo

23. La vida cristiana de estos hermanos se nutre de la fe e cristo y se robustece con la gracia del bautismo y con la palabra de Dios oída. Se manifiesta en la oración privada, en la meditación bíblica, en la vida de la familia cristiana, en el culto de la comunidad congregada para alabar a Dios. Por lo demás, su culto muchas veces presenta elementos claros de la antigua Liturgia común.

La fe por la cual se cree en Cristo produce frutos de alabanza y de acción de gracias por los beneficios recibidos de Dios; únesele también un vivo sentimiento de justicia y una sincera caridad para con el prójimo. Esta fe laboriosa ha producido no pocas instituciones para socorrer la miseria espiritual y corporal, para perfeccionar la educación de la juventud, para hacer más llevaderas las condiciones sociales de la vida, para establecer la paz en el mundo.

Pero si muchos cristianos no entienden siempre el Evangelio en su aspecto moral, en la misma manera que los católicos, ni admiten las mismas soluciones a los problemas más complicados de la sociedad moderna, no obstante quieren seguir, lo mismo que nosotros, la palabra de Cristo, como fuente de virtud cristiana, y obedecer al precepto del Apóstol: "Todo cuanto hacéis de palabra o de obra, hacedlo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por El" (Col., 3,17). De aquí puede surgir el diálogo ecuménico sobre la aplicación moral del Evangelio.

CONCLUSIÓN

24. Expuestas brevemente las condiciones en que se desarrolla la acción ecuménica y los principios por los que se debe regir, dirigimos confiadamente nuestra mirada al futuro. Este Sagrado Concilio exhorta a los fieles a que se abstengan de toda ligereza o imprudente celo, que podrían perjudicar al progreso de la unidad. Su acción ecuménica ha de ser plena y sinceramente católica, es decir, fiel a la verdad recibida de los Apóstoles y de los Padres y conforme a la fe, que siempre ha profesado la Iglesia católica, tendiendo constantemente hacia la plenitud con que el Señor desea que se perfeccione su Cuerpo en el decurso de los tiempos.

Este Sagrada Concilio desea ardientemente que los proyectos de los fieles católicos progresen en unión con los proyectos de los hermanos separados, sin que se pongan obstáculos a los caminos de la Providencia y sin prejuicios contra los impulsos que puedan venir del Espíritu Santo.Además, se declara conocedor de que este santo propósito de reconciliar a todos los cristianos en la unidad de la única Iglesia de Jesucristo excede las fuerzas y la capacidad humana. Por eso pone toda su esperanza en la oración de Cristo por la Iglesia, en el amor del Padre para con nosotros, en la virtud del Espíritu Santo. "Y la esperanza no quedará fallida, pues el amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones por la virtud del Espíritu Santo, que nos ha sido dado" (Cf.Rom., 5,5).

Todas y cada una de las cosas contenidas en este Decreto han obtenido el beneplácito de los Padres del Sacrosanto Concilio. Y Nos, en virtud de la potestad apostólica recibida de Cristo, juntamente con los Venerables Padres, las aprobamos, decretamos y establecemos en el Espíritu Santo, y mandamos que lo así decidido conciliarmente sea promulgado para gloria de Dios.

Roma, en San Pedro, 21 de noviembre de 1964.

Yo, PABLO, Obispo de la Iglesia Católica