Todos juntos
Un espacio propuesto por EQUIPO ECUMÉNICO SABIÑÁNIGO

domingo, 1 de julio de 2018

A LOS DIEZ AÑOS DE LA MUERTE DE D. JULIÁN GARCÍA HERNANDO, SU TESTAMENTO ECUMÉNICO

El 30 de de junio acaba de ser el décimo aniversario de la muerte de D. Julián García Hernando, con tal motivo José Luis Díez Moneno ha preparado un pequeño artículo en su honor. Se trata de un tema que no ha querido tocar nunca, hasta ahora, que le parece el momento oportuno. José Luis conoció a D. Julián en el año 1950 y desde entonces ha estado a su lado, fue discípulo suyo y después ha trabajado con él muchos años.Por tanto sobra decir que tiene un buen conocimiento de su actividad exterior e incluso de su pensamiento más personales. Por todo  ello escribe ahora este artículo: “A LOS DIEZ AÑOS DE LA MUERTE DE D. JULIÁN GARCÍA HERNANDO, SU TESTAMENTO ECUMÉNICO”.




DIEZ AÑOS DE LA MUERTE DE D. JULIÁN GARCÍA HERNANDO, SU TESTAMENTO ECUMÉNICO 

El 30 de junio de 2008 fallecía este gran ecumenista español, fundador de las "Misioneras de la Unidad", del Centro Ecuménico del mismo nombre, de la revista Pastoral Ecuménica, autor de numerosos artículos sobre ecumensimo, profesor de esta misma materia, continuo conferenciante sobre temas de la unión de las Iglesias, asiduo asistente durante 40 años a los más importantes Congresos Intercionfesionales e Internacionales sobre la unidad de los cristianos... Rayando las 12 de la noche de ese día entregaba D. Julián su espíritu al Señor rodeado de un pastor protestante español, un sacerdote ortodoxo rumano, una ecumenista católica y las Misioneras de la Unidad. 

Sufrió las pruebas y el dolor como todos cuantos consagran su vida a buscar la unión cristiana. Sus últimos años le resultaron particularmente duros. Fruto de todo es su " testamento ecuménico". En enero del año 2000, semanas antes de cumplir 80 años, un día de la Semana de la Unidad, su querida diócesis de Segovia le rindió sentido homenaje y la revista Pastoral Ecuménicaa en el nº 49, enero - abril de ese año, editó todas las intervenciones del acto y una espléndida entrevista con D. Julián, al final de la cual nos ofrece ese " testamento ecuménico". La entrevista ha sido publicada varias veces en distintas separatas. 

La parte final dice así: 

1- He profundizado en el misterio de la Iglesia a través de las divisiones que en ella ha habido lo largo de los siglos. Porque el de la división de los cristianos es un misterio de primera magnitud, y como tal hay que abordarlo. 

2- Misterio ya en el momento de las rupturas, porque ¿cómo puede entenderse que personas rectamente intencionadas hayan provocado las separaciones eclesiales?. 

3- Cómo puede explicarse que esas separaciones continúen a través de los siglos, apoyadas y sostenidas por hombres que se llaman y son verdaderamente cristianos?. 

4- Cuando dialogo con un hermano de otra Confesión, cuando oro con él mismo, muchas veces me siento invadido por el misterio, que se me manifiesta a través de este interrogante: ¿ Por qué estamos lejos hallándonos tan cerca? ¿ Por qué estando tan cerca continuamos alejados?. 

5- La autenticidad de fe que hay en mí la supongo también en mi hermano. El nivel de su convicción religiosa es también el mío. La sinceridad de entrega al Señor la compartimos también por igual. En el amor a la Iglesia podemos estar empatados. Somos rivales en el amor a Cristo. Hay entre nosotros una auténtica emulación. Hambreamos juntamente la unidad de la Iglesia. Y competimos en el esfuerzo por conseguir su logro. 

6- Si estos es así, como en verdad lo es, ¿por qué continuamos desunidos?. No encuentro respuesta a esta pregunta. La luz se me apaga. Me invade la oscuridad y me hundo en el misterio. El de la unidades un misterio. Su solución desborda todas nuestras posibilidades. Debemos impetrarla de Dios, unidos a la oración de Cristo. Todas las dimensiones del problema ecuménico son importantes y necesarias, pero la llave del problema está escondida en los arcanos del Altísimo. 

7- Esta es la experiencia más fuerte que he tenido a lo largo de todos estos años. Orar juntos y en los más diversos rincones del mundo, con hermanos de otras Iglesias, con el mismo fervor e idéntico entusiasmo, colocando el objetivo de nuestra plegaria en la misma dirección: la unión de todos para que se expanda por todos los rincones del mundo la luz de Cristo" 

Al concluir la lectura de estos pensamientos se corta la respiración. Vuelca aquí D. Julián toda su experiencia de años de sufrimiento y lo hace con la delicadeza de un alma que toca con los dedos el misterio, el misterio de separación de los cristianos y el misterio de la unión de la Santa Trinidad. Continúa sorprendiéndose por tantos siglos de esta separación de los que siguen a Jesús. “¿Cómo puede explicarse que esas separaciones continúen a través de los siglos, apoyadas y sostenidas por hombres que se llaman y son verdaderamente cristianos?”. 

Hace un reclamo a abandonar de inmediato toda separación y desde el diálogo y oración con los hermanos de otras Iglesias lanza a bocajarro la pregunta clave: “¿Por qué estamos lejos hallándonos tan cerca? ¿Por qué estando tan cerca continuamos alejados?”. En el aíre de estas tremendas preguntas se dibuja una respuesta: por nuestra incredulidad, nuestra falta de confianza, nuestra soberbia, porque vivimos en el pecado de la separación, haciendo la contra a la unión que Él trajo a la tierra. 

Ni estamos convencidos ni vivimos esa igualdad en Cristo, que nos dejó como herencia. Fabricamos así la gran tragedia de la desunión de los cristianos a través de los siglos. Nos reta D. Julián con ocho decisivas afirmaciones, que aparecen en el nº 5 y que quienes trabajan con corazón sincero en buscar la unión de los cristianos saben por experiencia clara que son verdad. Salta impetuosa, exigente, recriminadora de nuevo la pregunta que retuerce el alma, por lo menos, de los que consagran su vida al ecumenismo: “¿Por qué entonces continuamos desunidos?”. Y él no encuentra respuesta, se queda a oscuras y se hunde en ese misterio de unidad y desunión. Queda apresado por la imposibilidad y descubre que la desunión cristiana sólo encuentra solución en la plegaria y en la comunión con Cristo y aunque toda acción ecuménica es importante, “ la llave del problema está escondida en los arcanos del Altísimo”. 

Subraya con fuertes trazos que, tal vez rebosemos de actividades ecuménicas y nos hallemos muy escasos de comunión personal y comunitaria con la Trinidad Santa, concluyendo con esta contundente afirmación: “esta es la experiencia más fuerte que he tenido a lo largo de todos estos años”. Han sido muchos años y una misma su experiencia: la continua oración común conduce a la unión de todos al descubrir que nos encontramos en el único Cristo de todos. 

Únicamente de un alma consagrada a la unión de los cristianos pueden brotar sencillas, serenas y seguras todas las frases de este “testamento ecuménico”, henchido de urgencias en este décimo aniversario de su partida a la Gloria del Padre. ¡Cuántas cosas han cambiado en el ecumenismo en esa década!. Que nos ayude desde esa cercanía al Señor resucitado en que se encontrará. 

José Luis Díez





3 comentarios:

  1. Me hace sentir tristeza al verme solo y sin su constante y generosa ayuda, siempre desde la perspectiva de padre y amigo a la vez. Le conocí en 1979, en Plaza Conde de Barajas. Y desde ese año comencé a mantener una relación muy estrecha con quien tiempo después fue mi mentor, padre y amigo, y mi mejor ayuda en todas las dimensiones de mi vida. Primero fue realizando el Curso de Formación Ecuménica por correspondencia, en tres años. Fui mandándole los cuestionarios de las asignaturas, a los que siempre respondía con su singular paciencia, sus correcciones, consejos y calificaciones. El mismo me entregó el título al acabar, título que se dobló cuando también hice el Curso de Ecumenismo, Diálogo Interreligioso y Sectarismo, presencial, en el Centro Ecuménico de la Plaza Conde de Barajas, de Madrid. Así comencé a colaborar, incluida mi familia, con don Julián y las Misioneras de la Unidad, a las que nos unimos como en familia, una familia con vocación y servicio ecuménico, del que guardó un gran recuerdo, un recuerdo que es un regalo para mi vida, pues sentí en esas sencillas laicas consagradas acogida, cariño y familiaridad grandes. Siempre me sentiré en deuda con esas sencillas y alegres mujeres por su generosidad conmigo y mi familia. Ellas, junto a don Julián, estuvieron a mi lado cuando necesité más que una mano amiga, y nunca me fallaron. Quede aquí mi constancia de agradecimiento y cariño. Nos convertimos en miembros externos del Instituto Misionero de la Unidad, creado por don Julián, y colaborador en el Centro Ecuménico, en donde comencé a escribir en la revista Pastoral Ecuménica y participar como profesor en los diversos cursos del Centro. Y en don Julián un maestro del diálogo y la tolerancia, un padre en la corrección y en la ayuda, y un amigo en la desgracia y las alegrías. Ya en 1989 comencé una estrechisima colaboración, como nadie la tuvo, trabajando en su obra y a su servicio como fiel secretario y ayudante, guardando sus confidencias, ecuménicas o de la vida. Ningún sacerdote me ayudó como don Julián lo hizo. Cuando estaba enfermo, me visitaba y animaba. Se interesaba por mi salud, tanto física como espiritual. Cuando no tenía economía para poder salir adelante con el mes, me ayuda en silencio, incluso me invitaba a comer en un restaurante, alejado de las miradas de conocidos y extraños. Ejerció conmigo la caridad cuando tuve necesidad y nunca me reclamó nada a cambio. Me defendió y siempre estuvo a mi lado cuando fui maltratado por el poder eclesial, ninguneado por sufrir el divorcio de mi mujer. Su amor incondicional lo sentí por encima de la marginación a la que siempre me ha sometido la Iglesia por el hecho de ser divorciado y Diácono Permanente, sintiéndome acogido por un hombre que me mostraba con sus actos y actitudes lo que significaba ser santo. No puedo imaginarme a don Julián separado de Dios, a quien sirvió, a mi parecer, leal y entregadamente. Tal vez no consiga el reconocimiento de santidad eclesial, pero valga aquí mi testimonio de santidad real en su vida y en la de los demás. Nunca tuvo nada con qué pagar ese reconocimiento dado que todo lo que tenía lo dio a los demás. Ni sombra tuvo en su vida, agitada y trabajosa en un campo donde el único árbol era el de la Unidad, que como sabemos no es un árbol que tenga grandes y frondosas ramas en la Iglesia, pero sí raíces profundas en la oración y en el Señor. Tuve la gran suerte de estar a su lado desde 1989 hasta el 2004. Y eso es mi mejor recompensa. Don Julián, por fin nunca más se apagará tu esperanza, ni la luz se apagará para ti. Al fin alcanzaste la unidad perfecta, que es la del hombre con Dios, recompensa para los que llenaron su vida de amor y oración, y de las que tu fuiste maestro para todo el que te conoció y se encontró contigo, debajo del árbol de la Unidad. ¡Gracias, don Julián!
    Juan G. Biedma

    ResponderEliminar
  2. Muchas gracias Juan por tu sincero comentario
    Un fraternal saludo
    EQUIPO ECUMÉNICO SABIÑÁNIGO

    ResponderEliminar
  3. Suscribo de pe a pa cuanto mi amigo José Luis Díez Moreno afirma en su delicada evocación de D. Julián García Hernando, a quien yo también llegué a conocer y tratar cuando aún había sol en las bardas y la distancia generacional no era impedimento mayor ni menor para que nuestra siempre renovada y limpia amistad pudiera crecer fértil y generosa con el despertar de cada amanecer y la despedida de cada crepúsculo. Sus llamadas telefónicas eran frecuentes; las cartas, siempre cordiales; y su visita a mi habitación llena de libros, revestida de prudente consulta y honda confidencia. Prueba de ello es que no sólo abre en mi libro Apóstoles de la Unidad. San Pablo, Madrid 2015, una dedicatoria de veras elocuente (p. 5), sino que también lo enriquece su presencia en las páginas 183-194, como alma gemela del Abbé Couturier.
    Dignas de gratitud, pues, tus emotivas palabras, amigo José Luis. Y merecedora de mejor suerte la obra ecuménica de D. Julián dentro y fuera de Añastro, 1. No sé si por Segovia le quedarán ya amigos dignos de piedra blanca, como en este portal. Menudo susto se iba a llevar, si levantara la cabeza y viera, a diez años de su muerte, el panorama ecuménico de algunos sitios de España por él trabajados con esmero y hoy convertidos en punto menos que un erial. Claro que, por otra parte, el alegrón de su espíritu sería indescriptible (él probablemente hubiera escrito aquí “extraordinario” [una palabra que le seducía]), viendo el tirón ecuménico del papa Francisco. Y es que D. Julián, menudito por fuera (excepto en su voz arterial), era por dentro todo un gigante de amor eclesial y corte profético.
    Enhorabuena, querido José Luis, por el bello gesto de tus sensatas, atinadas y justas palabras en recuerdo de nuestro común amigo D. Julián.
    Pedro Langa Aguilar, OSA

    ResponderEliminar