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miércoles, 15 de marzo de 2017

PROTAGONISTAS DEL ECUMENISMO: ATENÁGORAS I


Atenágoras I 

‘Acogida, apertura, reconciliación ’

El Patriarca Ecuménico Atenágoras I nació en Vasilikón  (Grecia) el 25 de marzo de 1886  y falleció en Estambul el 7 de julio de 1972. 

Su nombre era Aristokles Spirou, y fue Patriarca de Constantinopla desde 1948 hasta su fallecimiento en 1972. Desde su nombramiento fue conocido internacionalmente como alguien que miró con esperanza hacia un futuro de reconciliación de los cristianos. Para ello, fortaleció la unión interna entre las mismas comunidades bizantino-eslavas, realizando muchos viajes y contactos con las autoridades responsables de los cristianos ortodoxos. Se ocupó de la preparación y reunión de diversas asambleas pan-ortodoxas, como las de Rodas en 1961 y 1963. 

Mantuvo una gran amistad con Juan XXIII, y tras la elección de éste como Papa, las relaciones entre ambas iglesias se multiplicaron. En 1964, se entrevistó con Pablo VI en Jerusalén, cuando éste realizaba un viaje a los Santos Lugares. A raíz de este encuentro se acordó en 1965 la revocación de los decretos de excomunión mutua lanzados en 1054 y que dieron lugar en su momento al Cisma de Oriente y Occidente.  

En 1967, Atenágoras I recibió a Pablo VI en su residencia del Fanar en Estambul. Posteriormente visitó al Papa y al sínodo de los obispos reunido en Roma, en el transcurso de un viaje en el que se entrevistó con los jefes de las iglesias ortodoxas de Serbia, Bulgaria y Rumanía, con los dirigentes del Consejo ecuménico de las iglesias en Ginebra y con el primado de la iglesia anglicana en Londres.

Es de gran importancia la relación epistolar que Atenágoras I y Pablo VI mantuvieron durante años, testimonio de una búsqueda permanente de la unidad desde el acercamiento y el amor, desde el convencimiento de que Dios hace nuevas todas las cosas.

"Hay que hacer la guerra más dura
contra sí mismo, hay que lograr desarmarse.
Yo hice esa guerra durante años y fue muy terrible,
pero ahora ya estoy desarmado.
Ya no tengo miedo de nada.
Estoy desarmado de la voluntad de tener razón,
de justificarme descalificando a los otros.
Ya no estoy a la defensiva,
celosamente crispado sobre mis riquezas.
Acojo y comparto,
no me aferro especialmente a mis ideas, a mis proyectos.
Si me presentan mejores, o, más bien,
no mejores sino simplemente buenos,
los acepto sin pesares.
Ya renuncié a comparar;
lo que es bueno, verdadero, real,
es siempre para mí lo mejor.
Por eso ya no tengo más miedo.
Si uno se desarma, si uno se despoja,
si uno se abre al Dios–hombre,
que hace todas las cosas nuevas,
entonces Él borra el pasado malo
y nos devuelve un tiempo nuevo donde todo es posible
"


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