Todos juntos
Un espacio propuesto por EQUIPO ECUMÉNICO SABIÑÁNIGO

sábado, 24 de marzo de 2018

¡LEVANTAOS, VAMOS!

¡Levantaos, vamos!

Entonces Jesús fue con ellos a un lugar llamado Getsemaní y dijo a sus discípulos: —Sentaos aquí mientras yo voy allá a orar. Tomó a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo y empezó a sentir tristeza y angustia. Les dijo: —Siento una tristeza mortal; quedaos aquí, velando conmigo. Se adelantó un poco y, postrado rostro en tierra, oró así: —Padre, si es posible, que se aparte de mí esta copa. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. Volvió a donde estaban los discípulos. Los encontró dormidos y dijo a Pedro: —¿Será posible que no habéis sido capaces de velar una hora conmigo? Velad y orad para no sucumbir en la prueba. El espíritu es decidido, pero la carne es débil. Por segunda vez se alejó a orar: —Padre, si esta copa no puede pasar sin que yo la beba, que se haga tu voluntad. Volvió de nuevo y los encontró dormidos, pues tenían mucho sueño. Los dejó y se apartó por tercera vez repitiendo la misma oración. Después se acercó a los discípulos y les dijo: —¡Todavía dormidos y descansando! Está próxima la hora en que este Hombre será entregado en poder de los pecadores. Levantaos, vamos; se acerca el que me entrega. 
Mateo 26, 36-46


Tras haber celebrado la última cena de Pascua con sus discípulos, Jesús se dirige con ellos a un jardín cercano a esperar. La multitud armada ya está en camino para arrestarle. De golpe, se siente lleno de tristeza y angustia. «Siento una tristeza mortal», les dice a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo. Habla como lo haría un hombre dirigiéndose a sus amigos: «Quedaos aquí, velando conmigo». Aquel a quien, en su nacimiento, el Evangelio llama «Emanuel» o «Dios con nosotros», aparece ahora pidiendo a sus compañeros que se queden con él.

En Jesús, Dios viene a nosotros. Nos tiende la mano, no desde lo alto, sino desde abajo. En el capítulo anterior, Jesús describe cómo nos espera en aquellos que tienen hambre o sed, en los extranjeros y en quienes no poseen nada, en los enfermos y los presos. Es al percatarnos de aquellos que están en dificultades y concederles nuestra atención que nos encontramos con Dios.

En el jardín, Jesús está en agonía. Reza intensamente a Dios Padre y le pide que el cáliz pase de él. «Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya», dice. ¿Qué es ese cáliz que ha de beber? Una santa y mística del siglo XIV que a menudo meditaba sobre esta escena, Catalina de Siena, decía que, por grandes que fueran el sufrimiento y la soledad de Jesús, el sentido primero del cáliz no está en ellos. Tal y como Catalina lo veía, Jesús, al enfrentarse a su propia muerte, tuvo que aceptar la posibilidad de que, pese a todo lo que había hecho, los discípulos podían dispersarse y tomar cada cual su camino tras su muerte. Y, así, su vida habría sido entregada en vano. Beber el cáliz y hacer la voluntad del Padre significaría, pues, asumir el riesgo de confiar en los seres humanos hasta el extremo.

Jesús regresa con los discípulos tras haber orado y los encuentra dormidos. «Velad y orad», les dice, «Para no sucumbir a la prueba. El espíritu es decidido, pero la carne es débil». Quizás podríamos traducir estas palabras de este modo: cuando descubráis que las buenas intenciones no bastan, que también vosotros, como los demás, podéis ser un poco o incluso muy inestables, no caigáis en la tentación, es decir, no cedáis al miedo y penséis que todo ha terminado. Confiad en lo que Dios ha comenzado a través de los humanos, también de vosotros. Levantaos y vayamos al encuentro de quienquiera esté ahora en nuestro camino.
  • ¿Qué ideas, qué sentimientos me suscitan las palabras de Jesús: «Quedaos aquí y velad conmigo»?
  • ¿Qué quiere decir para mí seguir a Jesús con la confianza que él deposita en los seres humanos?
  • ¿Qué nos ayuda a renovar o reencontrar esa confianza cuando es puesta a prueba?
Comunidad de Taizé



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