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Un espacio propuesto por EQUIPO ECUMÉNICO SABIÑÁNIGO

lunes, 24 de agosto de 2020

IV - REVISIÓN DE ARTÍCULOS ECUMÉNICOS


REVISIÓN DE ARTÍCULOS SOBRE ECUMENISMO: "DIÁLOGO ECUMÉNICO Y DIÁLOGO INTERRELIGIOSO, TAN PARECIDOS Y TAN DIFERENTES: ALGUNAS REFLEXIONES" PUBLICADO EN 2.005 DE JUAN F. USMA GÓMEZ.

1. Las palabras son importantes. Ellas detentan un poder no indiferente, por lo que debemos ser cuidadosos al utilizarlas. Las palabras son importantes porque nos acercan a las realidades que percibimos, sentimos y experimentamos. Y, mas aún todavía, nos permiten guardar una cierta distancia de ellas. Nos permiten identificar y objetivar. No podemos pensar sin usar palabras. Las palabras nos ayudan a dar significado, a expresarlo y a comunicarlo, aunque también pueden ocultarlo o distorsionarlo. Las palabras pueden ser usadas con creatividad, aunque también pueden producir un efecto destructivo. La gran riqueza de la literatura mundial ilustra lo primero, mientras que tristes páginas de la historia dan prueba de lo segundo: los conquistadores afirmaban que los nativos del Nuevo Mundo «no tenían alma» y, por tanto, la esclavitud no era injusta; Adolfo Hitler declaraba que los judíos no eran seres humanos y…los quemó… ¡cuán poderosas pueden ser las palabras! ¡qué importante es usarlas de forma adecuada y prudentemente! 

El término ecuménico es una de esas palabras cuyo significado y uso ha sufrido serias alteraciones en los últimos tiempos. En nuestra sociedad actual, particularmente en occidente, resulta «in» ser «ecuménico», pues se conjura el riesgo de ser catalogado como fundamentalista. Para las mentes modernas, está de moda juntar todas las diferencias, compatibles e incompatibles, y mezclar, revolver, licuar el todo y «sazonarlo» al propio gusto, con fantasía, y declarar que el producto final es un «resultado ecuménico». Y es que, en una «sociedad cóctel», «ser ecuménico» quiere decir progreso, es estar al paso con los tiempos. 

2. El recorrido del término ecuménico tal como los cristianos lo han usado y acuñado —etimológicamente la palabra tiene raíces griegas— tuvo su origen en ámbito cristiano, hace alrededor de un siglo y medio, para designar un movimiento que busca el acercamiento mutuo entre cristianos y entre sus comunidades de fe (los protestantes inician el proceso, al que rápidamente se asocian los ortodoxos y, en la segunda mitad del siglo pasado, se suman también los católicos). Las comunidades cristianas, a lo largo de la historia, y debido a varias razones históricas, culturales, y doctrinales, han crecido separadas entre sí, llegando a la contraposición y a la ignorancia mutuas. Los términos ecuménico y ecumenismo, entonces, han sido usados en un contexto específicamente cristiano y designan ese movimiento particular de cristianos que busca sanar las heridas de las divisiones existentes entre ellos. El ecumenismo indica los esfuerzos que los cristianos realizan con el fin de restaurar la unidad y la comunión entre ellos; es una respuesta obediente a la oración de su Señor que, en la noche antes de ser crucificado, pidió a su Padre del cielo que sus discípulos fuesen uno para que el mundo pudiese creer que era Dios mismo que lo enviaba [Cf. Jn 17,21]. En términos teológicos, el objetivo del diálogo ecuménico —un diálogo que se realiza entre cristianos y que, por lo mismo, se distingue irrevocable- mente del diálogo interreligioso que se lleva adelante entre personas de otras religiones, y convicciones religiosas— es que todos los cristianos de todos los lugares que «profesan juntos la misma verdad acerca de la cruz», independientemente de su confesión o tradición particular, «alcancen la plena comunión visible», para que el mundo crea que Jesucristo, único e irrepetible, Hijo de Dios e hijo de María, es la luz de todas las naciones 1

Al respecto, es útil recordar las palabras introductorias del decreto sobre el ecumenismo, «Unitatis redintegratio», del concilio Vaticano II: 

Porque una sola es la Iglesia fundada por Cristo Señor; muchas son, sin embargo, las Comuniones cristianas que a sí mismas se presentan ante los hombres como la verdadera herencia de Jesucristo; todos se confiesan discípulos del Señor, pero sienten de modo distinto y siguen caminos diferentes como si Cristo mismo estuviera dividido (Cf. 1Co 1,13). Esta división contradice abiertamente a la voluntad de Cristo, es un escándalo para el mundo y daña a la causa santísima de la predicación del Evangelio a todos los hombres. 

Pero el Señor de los siglos […] ha empezado recientemente a infundir con mayor abundancia en los cristianos desunidos entre sí el arrepentimiento y el deseo de la unidad […] en todas partes […] ha surgido un movimiento cada día más amplio […] para restablecer la unidad de todos los cristianos. Participan en este movimiento de la unidad, llamado ecuménico, los que invocan al Dios Trino y confiesan a Jesús Señor y Salvador […] casi todos, aunque de manera distinta, aspiran a una Iglesia de Dios única y visible, que sea verdaderamente universal y enviada a todo el mundo, a fin deque el mundo se convierta al Evangelio y de esta manera se salve para gloria de Dios 2

El primer número del documento, exponiendo el marco cristológico y eclesiológico de la comprensión católica, expone claramente el significado del término, a la vez que establece una relación entre el ecumenismo y la misión. De ahí que, diluir el significado del término, aplicándolo a una realidad sin ninguna limitación —incluyendo la gama de encuentros interreligiosos, interculturales o de cualquier tipo de diálogo— no tiene utilidad alguna, pues no se trata de una mera discusión semántica, sino que el término alude al fundamento de nuestra identidad cristiana. 

Desafortunadamente hay cristianos (muchos de los cuales de tradición protestante pero no sólo) que desconocen la diferencia, y lo hacen no tanto por ignorancia o moda, cuanto movidos por una cierta sospecha acerca del aspecto eclesiológico del ecumenismo. Estos equiparan la «dimensión eclesial» del imperativo ecuménico a una riesgo de «control eclesial» y de «limitación teológica». Tienen dificultades con la «Iglesia una y visible» propuesta por el ecumenismo. Para ellos, la cuestión ecuménica no es tanto la pregunta acerca de «¿cuál Iglesia?», sino el interrogante «¿por qué la Iglesia?» pues, según su parecer, solamente existen Dios y el mundo, y no hay nada entre ellos. Mientras los cristianos sirvan al mundo y a la humanidad, sirven a Dios y a su Reino. La Iglesia, entonces, tiene poca o ninguna importancia 3; la religión no tiene importancia. Al máximo, sólo la espiritualidad cuenta y entonces, unen sus manos y danzan y rezan a la Madre Tierra, el vientre universal. Pero eso no es todo. Jesús desaparece en una red de procesos cósmicos, o viene enumerado como uno mas de la larga lista de profetas, viejos y nuevos; al hacer esto, se vacía de sentido la misión salvífica de Jesucristo que, de hecho, no se acepta entonces como «el único mediador» [Cf. Hc 4,12; 1 Tim 2,4-6; Jn 14,6]. En una sociedad pluralista idealizada que, no quiere vivir con sus diferencias y, por lo mismo las descarta, en vez de evidenciarlas para el mutuo enriquecimiento de todos, reina la confusión acerca de «qué es qué» y «quién es quién». 

Todo esto nos pone de frente a otro importante documento del Vaticano II: la declaración sobre las relaciones entre la Iglesia y las religiones no cristianas, Nostra aetate

3. El marco eclesiológico en el que entendemos el ecumenismo como una búsqueda de la unidad de los cristianos, no es ciertamente una limitación. En efecto, la misma Cruz en la que Jesús murió para la salvación de todas las genes, destruye cualquier tentación o tentativo de parte de los cristianos de encerrarse en sí mismos [Cf. Mt 28,19; Mc 16,15; Ef 3,8-11]. Juan Pablo II parece referirse a ello cuando en su Carta sobre el empeño ecuménico se refiere al profeta Ezequiel. Ezequiel usa el signo de los dos maderos, primero separados después acercados entre sí, para expresar la voluntad divina de «congregar de todas las partes» a los miembros del pueblo herido [Cf. Ez 37,16-28]; en la interpretación y comprensión cristiana esta intención divina no se refiere sola- mente a los miembros del pueblo disperso de Israel, sino a todas las gentes de la tierra. «La unidad de toda la humanidad herida es voluntad de Dios» 4. Jesucristo, por medio de la cruz «derribó el muro de separación» [Ef 2,14-16] que se erguía entre todas las gentes, no solamente entre los herederos de la primera Alianza. La Buena Nueva del Evangelio es que la promesa alcance la humanidad entera [Cf. Ef 2,11-14]. Entonces la Iglesia y su unidad tienen un papel central en nuestra comprensión ecuménica: así como Cristo es para todas las gentes, la Iglesia es para todas las gentes 5. La Iglesia, por su relación con Jesucristo, es un sacramento de la íntima unión de todos y cada uno con Dios. «Cristo es la luz de las naciones» 6. Él es el alfa y la omega [Ap 1,8]. Esta es la razón por la que la Iglesia es misionera y ecuménica, no porque busca su propia expansión o éxito. El ecumenismo y la misión solo son una parte —aunque esencial— del plan de Dios para toda la humanidad, para toda la creación ¡Es dentro de este proyecto divino donde también el encuentro de diálogo con personas de otras religiones y convicciones de fe haya su lugar! 

«Las religiones se encuentran donde las religiones tienen su fuente: en Dios» 7, escribía un autor anglicano. Nostra aetate expresa la misma idea: «Todos los pueblos forman una comunidad, tienen un mismo origen,…y tienen también el mismo fin último, que es Dios» 8. La finalidad última del ecumenismo, del diálogo interreligioso, de la proclamación del Evangelio y del testimonio de una vida cristiana auténtica, y hasta de cualquier encuentro humano que se basa sobre la amistad y el respeto mutuo, es la anticipación de la celebración del día «que sólo Dios conoce, en que todos los pueblos invocarán al Señor con una sola voz y le servirán como un solo hombre [Sof 3,9; cf. Is 66,23; Sal 65,4; Rom 11,11-32]» 9. Por tal motivo la Iglesia puede hablar de «su misión de fomentar la unidad» 10 no sólo en un contexto ecuménico sino también en el contexto interreligioso, con pleno respeto de las peculiaridades que les distinguen entre sí (su naturaleza específica y los objetivos intermedios provisionales que persiguen), y lo que tienen en común (las dinámicas que adoptan y su objetivo final, es decir, la plenitud en Dios y la comunión con Dios). 

Nostra aetate reflexiona acerca de las religiones —específicamente acerca de las religiones abramíticas— de manera positiva. 

Los hombres esperan de las diversas religiones la respuesta a los enigmas recónditos de la condición humana, que hoy como ayer conmueven íntimamente su corazón: ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido y el fin de nuestra vida? ¿Qué es el bien y qué el pecado? ¿Cuál es el camino para conseguir la verdadera felicidad? ¿Qué es la muerte, el juicio, y cuál la retribución después de la muerte? ¿Cuál es, finalmente, aquel último e inefable misterio que envuelve nuestra existencia, del cual procedemos y hacia el cual nos dirigimos? 11 

Ya desde la antigüedad y hasta nuestros días se encuentra en los diversos pueblos una cierta percepción de aquella fuerza misteriosa que se halla presente en la marcha de las cosas y en los acontecimientos de la vida humana, y a veces también el conocimiento de la suma Divinidad e incluso del Padre. Esta percepción y conocimiento penetra toda su vida con un íntimo sentido religioso 12

Por ello, «la Iglesia católica nada rechaza de lo que en estas religiones hay de verdadero y santo», al contrario, «considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas, que, aunque discrepan, en muchos puntos de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres» 13. Al mismo tiempo, la Iglesia cree y proclama que es Cristo «el camino, la verdad y la vida» [Jn 14,6], «en quien los hombres encuentran la plenitud de la vida religiosa y en quien Dios reconcilió consigo todas las cosas [Cf. 2 Co 5,18-19]» 14. La Iglesia, afirma «Nostra aetate», 

«exhorta a sus hijos a que con prudencia y caridad, mediante el diálogo y la colaboración con los adeptos de otras religiones, dando testimonio de la fe y la vida cristiana, reconozcan, guarden y promuevan aquellos bienes espirituales y morales, así como los valores socio-culturales, que en ellos existen». 

El documento concluye afirmando enérgicamente: «No podemos invocar a Dios, Padre de todos, si nos negamos a conducirnos fraternalmente con algunos hombres, creados a imagen de Dios. La relación del hombre para con Dios Padre y la relación del hombre para con los hombres sus hermanos están de tal forma unidas que, como dice la Escritura, el que no ama, no ha conocido a Dios [1 Jn 4,8]» 15

Remi Hoeckman, dominico flamenco en quien me inspiro para esta reflexión, fundador de la Facultad de Estudios Ecuménicos del Angelicum de Roma y maestro de una generación de ecumenistas, decía: 

La espiritualidad que me ha nutrido durante mi vida y me ha sostenido en los días buenos y malos, se apoya en dos preguntas que Dios me formula diariamente (preguntas que, estoy seguro, formula a todos) y a las que puntualmente trato de responder. Frecuentemente, refiriéndome a las relaciones ecuménicas y a las interreligiosas, he hablado de ellas. Perdonadme si lo hago nuevamente. Dios, en la abundancia de su amor, nos habla como amigos [Cf. Ex 33,11; Jn 15, 14-15] y permanece con nosotros [Cf. Bar 3,38] […] En efecto, Dios ha escogido relacionarse con nosotros, hablarnos, buscarnos aun cuando nos estemos escondiendo. Tal como dice la Biblia: 

«Oyeron luego el ruido de los pasos de Yahvé Dios que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa, y el hombre y su mujer se ocultaron de la vista de Yahvé Dios por entre los árboles del jardín. Yahvé Dios llamó al hombre y le dijo: ¿Dónde estás? [Gn 3,8-9]». Dios es un Dios que se relaciona y, creo que desea que también nosotros seamos gente relacional, personas de diálogo con Él y con los demás. No le preguntaba a Caín, después de que éste matase a su hermano Abel, «¿dónde está tu hermano?» [Gn 4,9] 

¡Seguramente no puedo responder a la primera pregunta sin responder a la segunda también! Es por ello que he dedicado muchos días de mi vida al ecumenismo y al diálogo interreligioso 16

¿Dónde estás? ¿Dónde está tu hermano? Dios ha iniciado y continúa un diálogo de amor, de amor salvador con toda la humanidad. Nos ha creado a su imagen, semejantes a la Divina Trinidad, y por lo mismo, capaces de comunión y de diálogo con Él y con los demás. La historia de la salvación se realiza como un diálogo de Dios con el hombre, un diálogo entre el Creador y la creatura. Él me deja entrar en Él. Así como el diálogo ecuménico, a través del cual y en el cual cristianos divididos se buscan y se alcanzan entre sí, es el camino de la Iglesia —«Creer en Cristo significa querer la unidad; querer la unidad significa querer la Iglesia; querer la Iglesia significa querer la comunidad de gracia que corresponde al designio del Padre desde toda la eternidad» 17— así también el diálogo interreligioso, el diálogo que se realiza con personas de otras religiones, es el camino de la Iglesia 18. Cristo mismo ha asignado a la Iglesia el papel funda- mental en el diálogo que Él mismo quiere tener con la humanidad. 

4. Nuestra comprensión de las vías de Dios es limitada, pero su plan para la humanidad no. Nuestro amor es limitado, el Suyo no. Seguramente nos tiene reservada más de una bendición. En su encuentro con la samaritana [Cf. Jn 4,1- 42], Jesús nos muestra que las rivalidades entre los hijos de Isaac no eran, no son, un icono de nuestras relaciones con los otros sean cristianos o no. Distin- tas personas pueden conocer, amar y orar a Dios de forma diversa, pero Dios, «que es el Padre de todos» 19 ama a las gentes diversas de igual manera. La Iglesia, los cristianos, estamos llamados a ser el sacramento de ese Dios que es amor. El libro Has God Only One Blessing? (¿Dios sólo bendice una vez?) de la Hna. Mary C. Boys, que desarrolla el tema del judaísmo como base para la autocomprensión cristiana, empieza de la siguiente manera: 

Jacob y Esaú [Gen 25,19-34; 27,1-45] tal vez sean los gemelos más famosos del mundo. Su historia es una historia conflictual desde el mismo vientre de Rebeca. Al venir al mundo, Jacob siguió a su hermano tomándole por los talones y al final lo suplantó obteniendo su derecho de primogenitura y la bendición de su padre, esta última mediante el engaño. En una pelea mordaz, Esaú pregunta a Isaac «¿Es que tu bendición es única, padre mío? ¡Bendíceme también a mí, padre mío!» El narrador nos cuenta: «y Esaú alzó la voz y rompió a llorar» [Gen 27,38] 20

El encuentro «religioso» con la gente de otra fe no es fuente de amargura. En las palabras de Juan Pablo II: «A través del diálogo dejamos que Dios sea presente en medio nuestro, pues cuando nos abrimos al diálogo entre nosotros, nos abrimos a Dios» 21. El encuentro interreligioso puede enseñarnos tanto a enorgullecernos de nuestra tradición cristiana, cuanto a afrontar humildemente la herencia espiritual de los otros. En efecto, «el diálogo exterior siempre debe estar acompañado del diálogo interior» 22; este último comienza desde la profundidad de mi encuentro personal con Dios en Cristo, pero se abre para capturar el rayo de la Verdad que también brilla en el otro 23. El Espíritu de Dios obra donde quiere [Cf. Jn 3,8]. Juan Pablo II ha expresado bellamente el punto de partida del itinerario interreligioso cuando, dirigiéndose a los miembros de otras religiones en el Día de la oración por la paz en Asís, en octubre de 1986, decía: «Es mi convicción de fe la que me hace dirigirme hacia vosotros […] con profundo amor y respeto» 24

Hoeckman habla del «espacio sagrado del diálogo», de la necesidad de limpiar nuestros corazones y nuestras mentes para poder entrar allí; de nuestra disponibilidad para purificarnos del prejuicio, tal vez de la sospecha, y del desdén, del desprecio, o de una persistente herida. Habla de estar preparados para encontrarse con alguien que, probablemente, siendo muy distante de nuestra propia imagen, es imagen de Dios. «¿No es conociendo al otro bajo la mirada de Dios que nuestra percepción de éste puede cambiar, creando en nuestro interior y entre nosotros el «espacio sagrado» que permitió a Jacob volverse hacia Esaú diciendo «he visto tu rostro como quien ve el rostro de Dios» [Gen 33,10] y sentir que se recibe una bendición? ¡Por supuesto!». Y agrega, «esta comprensión del encuentro interreligioso puede tener implicaciones teológicas que, creo apenas comenzamos a vislumbrar, y no sin dificultad. Pero esto ¿no hace parte de nuestra agenda futura?» 25 

Juan Pablo II ha subrayado frecuentemente la importancia del diálogo interreligioso, igual que lo ha hecho con el diálogo ecuménico: «El diálogo interreligioso que lleva a un conocimiento más profundo y a una estima recíproca, es un gran signo de esperanza» para las gentes de nuestras sociedades seculares. Y, refiriéndose específicamente al diálogo interreligioso entre cristianos y musulmanes, concluía: «avanzando juntos por el camino de la reconciliación […] las dos religiones podrán dar un signo de esperanza, haciendo que resplandezca en el mundo la sabiduría y la misericordia del único Dios que creó y gobierna la familia humana» 26. Esta declaración recuerda el número tres de Nostra aetate que llama a cristianos y musulmanes a abandonar sus querellas del pasado y a realizar todo esfuerzo en aras de una comprensión mutua. El Concilio exhorta a todos a que «procuren sinceramente una mutua comprensión, defiendan y promuevan unidos la justicia social, los bienes morales, la paz y libertad para todos». Esta invitación nunca fue tan urgente como en nuestros días. Ella ocupa los primeros lugares de la agenda no sólo en el diálogo con los musulmanes, sino también con hinduistas y budistas, pero también, y tal vez todavía más con los judíos en cuya tradición los cristianos, y en un cierto grado también los musulmanes, tienen raíces. 

El pensamiento de Jonathan Sacks, Rabino Jefe de Gran Bretaña, es cerca- no al pensamiento del Papa cuando afirma que en nuestra sociedad y para su bienestar, 

debemos comenzar a reformular el imperativo interreligioso en términos más fuertes. Debemos asumir esta tarea no como un simple gesto de buena voluntad, llevado adelante por hombres y mujeres de una visión y un liberalismo excepcional, sino como un grupo de axiomas religiosos que deben afrontar todos los creyentes […] ¿Qué es lo que me motiva a entrar en conversación con seguidores de otras religiones? Si pudiese responder a esta pregunta […] entonces daría un impulso al encuentro interreligioso, un impulso que iría más allá de la disponibilidad del momento, que alcanzaría las raíces de la fe 27

Esta aproximación religiosa al diálogo interreligioso (por extraño que pueda parecer nuestro énfasis) es muy importante en un tiempo que, tal como he ilustrado al inicio de mi reflexión, está marcado no solamente por una «confusión de términos» sino también por una confusión de contenidos. Evitando así que el diálogo interreligioso se convierta en una forma de oportunismo interreligioso (bien diverso de las oportunidades interreligiosas), o de ser secuestrado por agendas particulares (muchas veces simplemente políticas) que tiene poco o nada que ver con la religión o con la fe. Por ello, en la opinión de Hoeckman, en la agenda interreligiosa el diálogo interreligioso ocupa el primer lugar. Esto es, cuidar y procurar un encuentro respetuoso entre las personas de distintas religiones que, sin diluir sus diferencias entre sus respectivas experiencias religiosas de fe y de sus respectivas expectativas de fe, estén dispuestas y disponibles para relacionar su propia experiencia de fe con la experiencia de fe de los otros, dispuestos a aprender de ellos y, eventualmente, también desde allí. Esto exige paciente escucha, confianza recíproca y un compartir honesto —en primer lugar— compartir nuestra fe en Jesucristo para los cristianos. Lo que puede igual- mente exigir de ellos una oración 28

Es de por sí claro que el diálogo interreligioso, para que alcance un cierto nivel, debe realizarse en un encuentro consciente entre personas creyentes e informadas acerca de su propia fe, entre personas que conocen su propia tradición religiosa, que se han nutrido de ella y que se sienten seguros de ella, personas capaces de respetar plenamente la tradición de fe y la experiencia de fe de los otros. Indudablemente era este el nivel que se respiraba en el Vaticano en octubre de 1999, cuando 200 eminentes representantes de diversas religiones mundiales se reunieron aceptando la invitación de Juan Pablo II. En la clausura del encuentro han publicado un mensaje en el que declaran ante el mundo: 

Estamos convencidos de que nuestras tradiciones religiosas cuentan con los recursos necesarios para superar las fragmentaciones que observamos en el mundo y para favorecer la amistad y el respeto recíproco entre los pueblos. Somos conscientes de que muchos de los trágicos conflictos del mundo se producen por la pragmática y a menudo injusta asociación de religiones con intereses nacionalistas, políticos, económicos o de otro tipo. Somos conscientes de que, si no cumplimos nuestra obligación de poner en práctica los ideales más elevados de nuestras tradiciones religiosas, seremos responsables de las consecuencias y se nos juzgará con severidad. Sabemos que los problemas que afligen al mundo son de tal alcance, que solos no somos capaces de resolverlos. Por eso urge la colaboración interreligiosa 29

5. Quizás las personas religiosas no puedan resolver los problemas del mundo, pero podrían hacer la diferencia si tomaran una posición común ante situaciones concretas, si asumieran juntos posturas claras e inequívocas de frente a asuntos específicos que así lo requieran. Por esta razón las personas de fe buscan juntas, en diálogo, el terreno común que comparten, los valores comunes que les permitan afrontar juntos los males de un mundo que en muchas ocasiones ha dejado poco espacio para Dios, y, por lo mismo, para la imagen de Dios en la persona humana. La erosión o la distorsión de los valores religiosos en algunas de nuestras sociedades tienen ciertamente un efecto destructivo en lo concerniente al respeto por la vida y la dignidad humanas, o en el respeto por la creación, respeto fuertemente radicado en nuestras tradiciones religiosas. Es entonces una tarea de los líderes religiosos, dialogando entre ellos dondequiera que sea posible, «ayudar a la gente a vivir vidas íntegras, armonizar la dimensión vertical de sus relaciones con Dios con la dimensión horizontal del servicio a sus vecinos» 30

Con relación al diálogo judeo-cristiano —que ocupa un lugar especial en las relaciones interreligiosas— el Papa habló «del problema moral, el gran campo de la ética individual y social» de nuestro mundo, cuando se dirigió a la comunidad judía de Roma, durante su histórica visita a la Sinagoga de la urbe: «somos todos conscientes de lo aguda que es la crisis sobre este punto en nuestro tiempo» 31. Similar preocupación fue expuesta en su discurso al Cuerpo Diplomático ante la Santa Sede; en esta ocasión realizó un llamado que es relevante no sólo para el diálogo interreligioso sino igualmente para las relaciones ecuménicas, decía el Papa: «en una sociedad frecuentemente perdida en el agnosticismo y el individualismo, y que sufre las amargas consecuencias de la envidia y la violencia, judíos y cristianos son los depositarios y testigos de una ética marca- da por los Diez Mandamientos, mediante cuya observancia los hombres encuentran su verdad y libertad. Promover una reflexión y colaboración común en este asunto es uno de los grandes deberes de nuestro tiempo» 32

Estas palabras de Juan Pablo II, que ha dedicado tantas energías a implementar en la vida de la Iglesia los criterios del decreto Unitatis redintegratio y de la declaración Nostra aetate, exponen juntamente los desafíos espirituales y teológicos que ponen ambos imperativos. Dios, la única fuente y el destino último de toda persona humana, es el lazo que une a ambos. Cristo es el camino de Dios para el hombre. Esto es lo que los cristianos quieren celebrar con una sola voz y alrededor de una única mesa. Cristo es el camino del hombre hacia Dios también, y Jesús mismo manda a sus discípulos a que se unan a cualquier persona, en cualquier camino que esté recorriendo, no de manera triunfalista sino respetuosamente, escuchando y explicando, tal como lo hiciera Él mismo, en el camino de Emaús [Cf. Lc 24,13-35]

6. La declaración sobre la libertad religiosa del concilio Vaticano II empieza con las siguientes palabras: «la dignidad humana» (Dignitatis humanae que se convierte en su título), y la Declaración Nostra aetate en su último número usa las mismas palabras «la dignidad humana y los derechos que de ella dimanan». «Como una consecuencia» explica Nostra aetate, «la Iglesia reprueba como ajena al espíritu de Cristo cualquier discriminación o vejación realizada por motivos de raza o color, de condición o religión». Mientras que en Dignitatis humanae se lee: «en materia religiosa ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia ni se le impida que actúe conforme a ella […] el derecho a la libertad religiosa se funda realmente en la dignidad misma de la persona humana» 33. Es mas, «esta doctrina de la libertad tiene sus raíces en la divina Revelación por lo cual ha de ser tanto mas escrupulosamente observada por los cristianos» 34. No podemos dejar pasar por alto que la Iglesia católica no sostenga este derecho como simple derecho natural sino que integre en su posición la revelación misma. Tal como Cristo, sus discípulos deben dar testimonio de la verdad de Dios; como los apóstoles deben «proclamar la palabra de Dios con valentía» [Hc 4,31] ante todas las gentes y ante sus jueces 35.—«Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» [Hc 5,29]— no solo en su propio nombre, sino en favor de todos y cada uno. Así como la Iglesia reclama la libertad para sí 36, así también ella reclama la libertad para los otros que, con un respeto similar, glorifican a Dios en sus propias tradiciones. «Es evidente que crece a diario la unificación de todos los pueblos, que los hombres de diversas culturas y religiones se ligan con relaciones cada vez más estrechas y que aumenta, finalmente, la conciencia de la responsabilidad de cada uno» 37. Y la Iglesia ora: «Quiera Dios y Padre de todos que la familia humana, mediante la diligente observancia de la libertad religiosa en la sociedad, por la gracia de Cristo y el poder del Espíritu Santo, llegue a la sublime e indefectible «libertad de la gloria de los hijos de Dios» [Rom 8,21]» 38. Uno de los principales resultados del diálogo ecuménico es, sin lugar a dudas, el descubrimiento de lo que cristianos divididos han llegado a ser en contraste con lo que deberían ser: una bendición para los demás por el bien de su misión en el mundo. Un descubrimiento que también han hecho judíos y cristianos en sus relaciones, Dios les ha confiado esta tarea al hacerlos herederos de la promesa hecha a Abraham: ser una bendición para el resto del mundo —por lo mismo deben convertirse en una bendición entre ellos en primer lugar—. Esta convicción ha sido formulada en un encuentro del Comité internacional de conexión judeo-católico: 

En nuestros días, se verifica una novedad en las relaciones entre judíos y católicos. Un espíritu de cooperación, mutuo respeto y reconciliación. La buena voluntad y los objetivos comunes han reemplazado el pasado espíritu de sospecha, resentimiento y desconfianza. Este nuevo espíritu se manifiesta en el trabajo que ambas comunidades de fe buscan realizar conjuntamente para responder a las necesidades del mundo moderno. Necesidades que se refieren al establecimiento de los derechos humanos, la libertad y la dignidad donde faltan o son puestas en peligro, y por una salvaguardia responsable del ambiente[…] Después de dos mil años de lejanía y hostilidad, católicos y judíos tienen un deber sagrado: tratar de crear una cultura genuina de estima mutua y protección recíproca. El diálogo judeo-católico puede convertirse en un signo de esperanza e inspiración para otras religiones, razas y grupos étnicos pues es posible cambiar la ruta y cambiar el desprecio restableciendo una fraternidad humana auténtica. El nuevo espíritu de amistad y corresponsabilidad puede ser el símbolo más importante que podemos ofrecer a nuestro mundo convulsionado 39

En otros frentes, el diálogo interreligioso todavía no ha alcanzado un grado de madurez similar. Es un hecho que el Papa promueve una cultura del diálogo con los cristianos, con los no cristianos y con las personas no religiosas. Solamente un diálogo sincero nos permitirá, en toda nuestra diversidad y con todas nuestras diferencias, descubrir que podemos y debemos afrontar juntos los desafíos que se nos presentan (baste citar la falta de respeto por la vida y la dignidad humanas; por las mujeres y los niños; por la familia; por el ambiente; o la falta de justicia para todos). Hace algunos años un grupo de católicos y judíos declaraban: 

La violencia es una mentira porque se yergue contra la verdad que nuestras religiones profesan, esto es, la verdad de nuestra humanidad. La violencia destruye aquello que pretende defender, o sea, la dignidad de la vida, la libertad y los derechos de los seres humanos. La violencia destruye las personas y las relaciones. Hoy nos volvemos hacia los demás para que nos ayuden a superar la violencia, dondequiera que se verifique. No podemos hacerlo solos. No queremos hacerlo solos pues firmemente creemos y proclamamos que la paz se edifica sobre la justicia y la confianza y que esto solamente podrá suceder si actuamos juntos. Por tanto, declaramos que debemos permanecer juntos al optar por la vida, no por la muerte. Y, juntos nos comprometemos a ello 40

Diálogo ecuménico y diálogo interreligioso: tan parecidos pero tan diferentes, tan diferentes pero tan parecidos. Sus frutos nos hacen bien esperar. El concilio Vaticano II invitó a los cristianos a estar unidos delante del mundo para dar un testimonio creíble de su fe común y de su común esperanza que el Hijo de Dios se hizo hombre para la vida y la unidad de todo el género humano, una esperanza «que no confunde» 41. El apóstol de las gentes asegura a los cristianos de Roma, que viven y luchan en una sociedad caracterizada por el pluralismo religioso: «y la esperanza [en Dios] no defrauda» [Rom 5,5]

7. «Gracias por la esperanza que nos das» leíamos a nuestro paso por Orte (Italia), desde el tren especial que, el 24 de enero de 2002, partía del Vaticano hacia Asís. Era la Jornada de oración por la paz en el mundo que, esta vez, fue convocada por Juan Pablo II luego de los terribles acontecimientos del 11 de septiembre de 2001. Representantes al más alto nivel, de muchas comunidades cristianas y de las religiones se encontraban en el «tren de la paz», como fue denominado periodísticamente, signo de convivencia pacífica y de compromiso en favor de los seres humanos. La atmósfera religiosa que reinaba estaba impregnada de respeto mutuo y de una consciente preocupación por los destinos del mundo, que pareciera a merced de los violentos. 

Tanto el diálogo ecuménico como el diálogo interreligioso usan y recurren a los símbolos como expresiones accesibles que pueden expresar realidades o anhelos que permanecen en el corazón de los creyentes. El lenguaje simbólico no solamente expresa un concepto sino que, a veces, va más allá del concepto al que alude. 

En Asís, «la expresión simbólica no era un simple ornamento poético, sino una palabra sustancial» 42. El mensaje de los líderes religiosos era claro: La religión, ninguna religión, puede ser fuente de violencia. Toda religión, digna de ese nombre, enseña el amor al prójimo. ¡No a las guerras de religión! La ciudad de san Francisco volvía a ser oriente de una renovada esperanza, pues las religiones ejercían esa función eminente para la conservación de la paz y para la construcción de una sociedad digna de los seres humanos 43

El «paradigma de Asís» es un modelo que se nos propone para el encuentro interreligioso. Allí no hubo ningún tipo de sincretismo, confusión o relativismo. Además del viaje, al que ya hice alusión, el encuentro se desarrolló en cuatro momentos 44: 1. el testimonio; 2. la oración, 3. el ágape fraterno; y 4. el compro-miso de las comunidades locales. 

Podíamos viajar juntos y así lo hicimos. Podíamos dar un testimonio común a favor de la paz y así lo hicimos. Podíamos hacer un compromiso real para ser constructores de paz y así lo hicimos. Podíamos compartir la mesa y así lo hicimos… ¿Y rezar? No. En el momento de las oraciones sabíamos que estábamos juntos para orar pero que no podemos orar juntos. Solamente los cristianos oraron juntos por la paz en la Basílica inferior de San Francisco. Cada una de las otras religiones lo hicieron en lugares debidamente preparados para ello. ¿Por qué no? Porque los cristianos profesamos el carácter definitivo y completo de la revelación en Jesucristo y, por lo mismo, no podemos considerarlo como «complementario a otras presencias reveladoras y salvíficas». Si elevásemos una oración con representantes de otras religiones estaríamos des- conociendo el valor universal de Jesucristo, único mediador, «porque no hay en el cielo otro Nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos» [Hc 4,12]. Es a este nivel que la Jornada de Asís nos muestra cuanto sea cierta la afirmación que elegimos como título de nuestro artículo: el diálogo ecuménico y el diálogo interreligioso, tan parecidos pero tan diferentes. 

Juan F. Usma Gómez 
Oficial del Pontificio Consejopara la Promoción de la Unidad de los Cristianos 


NOTAS 
1. JUAN PABLO II, Carta encíclica Ut unum sint, sobre el empeño ecuménico [UUS] 1-3. 
2. Decreto sobre el ecumenismo, Unitatis redintegratio, 1. 
3. Contrariamente, la doctrina católica afirma que «…la Iglesia…recibe la misión de anunciar el reino de Cristo y de Dios e instaurarlo en todos los pueblos, y constituye en la tierra el germen y principio de ese reino»: Lumen gentium [LG] 5. 
4. UUS 6. 
5. Al respecto se lee en la Constitución dogmática sobre la Iglesia: «Todos los hombres son llamados a esta unidad católica del Pueblo de Dios, que simboliza y promueve la paz universal, y a ella pertenecen o se ordenan de diversos modos, sea los fieles católicos, sea los demás creyentes en Cristo, sea también todos los hombres en general, por la gracia de Dios llamados a la salvación»: LG 13. Ver también: LG 14-16. 
6. LG 1. 
7. M. BRAYBROOKE, Time to Meet – Towards a Deeper Relationship between Jews and Christians, Londres, 1990, p. 152. 
8. Nostra aetate, 1. 
9. Nostra aetate, 4. 
10. Nostra aetate, 1. 
11. Nostra aetate, 1. 
12. Nostra aetate, 2. 
13. Nostra aetate, 2. 
14. Nostra aetate, 2. 
15. Nostra aetate, 5. 
16. R. HOECKMAN, Discurso al recibir el premio Nostra aetate, Nueva York: 28 de noviembre de 2001. Esta distinción fue un reconocimiento público por la valiosa contribución dada a la promoción de las relaciones cristiano-judías, durante los años de su servicio como Secretario de la Comisión de la Santa Sede para las relaciones religiosas con el judaísmo. Su intervención es igualmente su testamento espiritual. 
17. UUS 9. 
18. Cf. JUAN PABLO II, Discurso a la Reunión Plenaria del Secretariado para los no cristianos, 3 de marzo de 1984. 
19. Nostra aetate, 5. 
20. M.C. BOYS, Has God Only One Blessing?, Nueva York, 2000, p. 5. 
21. JUAN PABLO II, Alocución a miembros de otras religiones, Madras (India), 5 de febrero de 1986. 
22. M. BRAYBROOKE, op. cit., p. 2. 
23. Cf. Nostra aetate, 2. 
24. JUAN PABLO II, Día de oración por la paz, Asís, 27 de octubre de 1986, en: L’OSSERVATORE ROMANO [L’OR] 44, edición semanal española, 2 de noviembre de 1986, p. [719] 11. 
25. R. HOECKMAN, The Sacred Space of the Dialogue, The Center for Christian-Jewish Un- derstanding of Sacred Heart University y Elijah School for the Study of Wisdom in World Religions, Jerusalén, 8 de febrero de 2000. 
26. JUAN PABLO II, El diálogo con el Islam, Catequesis, Vaticano, 5 de mayo de 1999, en: L’OR 19, edición semanal española, 7 mayo de 1999, p. [247] 3. 
27. J. SACKS, Living Together: The Interfaith Imperative, en UNITED RELIGIONS p. 4. 
28. R. HOECKMAN, What is the Agenda of Interreligious Dialogue, Ramapo College, New Jersey 2000, p. 3. 
29. MENSAJE DE LA ASAMBLEA INTERRELIGIOSA, Vaticano, 23-28 de octubre de 1999, en: L’OR 45, 5 de noviembre de 1999, p. [619] 7. 
30. JUAN PABLO II, La religión y la paz van juntas, Reunión interreligiosa en Jerusalén, 23 de marzo de 2000, en: L’OR 13, edición semanal española, 31 de marzo de 2000, p. [149] 5. 
31. JUAN PABLO II, Visita a la Sinagoga de Roma, 13 de abril de 1986, en: L’OR 16, edición semanal española, 20 de abril de 1986, p. [228] 1. Se debe recordar que, desde los tiempos del Imperio Romano, vive una comunidad judía en Roma. Esta fue la primera vez que un Papa entraba en un templo judío. Las crónicas de la época concuerdan en declarar: «el Papa habló para el futuro, no sólo con sus palabras, sino también con el extraordinario gesto de su visita». 
32. Ibid., p. [240] 12 . 
33. Dignitatis humanae, 2; Cf. también Dignitatis humanae, 9. 
34. Dignitatis humanae, 9. 
35. Cf. Dignitatis humanae, 11. 
36. Cf. Dignitatis humanae, 13. 
37. Dignitatis humanae, 15. 
38. Dignitatis humanae, 15. 
39. INTERNATIONAL CATHOLIC JEWISH LIAISON COMMITTEE MEETING, Declaration, Praga 6 de septiembre de 1990, en: PONTIFICAL COUNCIL FOR PROMOTING CHRISTIAN UNITY, Information Service 75 [1990] pp. 175-177. 
40. COMITÉ EJECUTIVO DE LA INTERNATIONAL CATHOLIC-JEWISH LIAISON COMMITTEE, Common Statement on Violence, 1996, en: IS. 
41. UR 12. Cf. también UR 2. 
42. Ch. A. BERNARD, Teologia simbolica, Frascati 1984, p. 341. 
43. Cf. Centesimus agnus, 60. 
44. Cf. Jornada de oración por la paz en el mundo, Asís, 24 de enero de 2002, en: L’OR 5, edición semanal en lengua española, 1 de febrero de 2002. 


PUBLICADO EN:
Revista Pastoral Ecuménica 
AÑO 2005. VOL. XXII. Nºs. 64-66



1 comentario:

  1. El deseo de Unidad expresado por Jesucristo antes de llevar a cabo su Misterio Pascual es la fuerza de la Iglesia y del ecumenismo. Es como el centro desde donde parte todo esfuerzo de unión de todos los seres humanos con Dios.
    Creo que desde allí parte el proyecto del diálogo de los seguidores de Cristo con otras religiones y otras convicciones. Los valores y los objetivos comunes que hoy se comparten en el diálogo interreligioso tienen que ir sustituyendo al pasado de sospechas y desconfianzas.
    La situación actual de vulnerabilidad que vivimos, tiene que constituir un imperativo para el entendimiento interreligioso a fin de cuidarnos entre todos los seres humanos, compartir nuestras diferentes expectativas de fe, y cuidar de la casa común.

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