Todos juntos
Un espacio propuesto por EQUIPO ECUMÉNICO SABIÑÁNIGO

miércoles, 21 de septiembre de 2016

ENCUENTRO POR LA PAZ EN ASIS 2016

El grito del Papa Francisco: “La guerra nunca es santa, ¡sólo la Paz es santa!”

El compromiso de 500 líderes religiosos en el mundo por la paz porque los ‘vencedores’ con las armas son ‘perdedores’.


“Hemos venido a Asís como peregrinos en busca de paz […]“Nosotros no tenemos armas. Pero creemos en la fuerza mansa y humilde de la oración”, dijo el Papa Francisco en su discurso durante la ceremonia de clausura de la Jornada Mundial de Oración por la Paz en Asís (centro de Italia). 

“No nos cansamos de repetir que nunca se puede usar el nombre de Dios para justificar la violencia. Sólo la paz es santa y no la Guerra”, explicó Francisco de frente a los líderes religiosos de las diferentes confesiones del planeta que participaron en el evento. 

“En esta jornada, la sed de paz se ha transformado en una invocación a Dios, para que cesen las guerras, el terrorismo y la violencia”, dijo el Obispo de Roma, palabras que despertaron un aplauso interminable entre los participantes de las diferentes religiones que se reunieron en la Plaza de San Francisco de Asís. 

“Continuando el camino iniciado hace treinta años en Asís, donde está viva la memoria de aquel hombre de Dios y de paz que fue san Francisco, ‘reunidos aquí una vez más, afirmamos que quien utiliza la religión para fomentar la violencia contradice su inspiración más auténtica y profunda”, agregó Francisco durante la ceremonia de clausura de la Jornada organizada por la Comunidad de San Egidio y que conmemora los 30 años de la iniciativa inaugurada por el papa Juan Pablo II. 

Presentes en la primera fila el rabino Abraham Skorka, rector del Seminario Rabínico de Buenos Aires (Argentina); Abbas Shuman, Vicepresidente de la Universidad de Al-Azhar (Egipto) y Gijun Sugitani, Asesor Superior de la Escuela Tendai budista (Japón). 

“La oración y la voluntad de colaborar nos comprometen abuscar una paz verdadera, no ilusoria: no la tranquilidad de quien esquiva las dificultades y mira hacia otro lado, cuando no se tocan sus intereses; no el cinismo de quien se lava las manos cuando los problemas no son suyos; no el enfoque virtual de quien juzga todo y a todos desde el teclado de un ordenador, sin abrir los ojos a las necesidades de los hermanos ni ensuciarse las manos para ayudar a quien tiene necesidad”, constató Francisco. 

Entretanto, continuó: “Nuestro camino es el de sumergirnos en las situaciones y poner en el primer lugar a los que sufren; el de afrontar los conflictos y sanarlos desde dentro; el de recorrer con coherencia el camino del bien, rechazando los atajos del mal; el de poner en marcha pacientemente procesos de paz, con la ayuda de Dios y con la buena voluntad”. 

Después de la introducción del Prof. Andrea Riccardi, fundador de la Comunidad de San Egidio, fue el turno del testimonio de una víctima de la guerra en Siria, la Sra Tamar Mikalli, quien huyó de Alepo. Asimismo, intervino el Patriarca Bartolomé I y David Brodman, Rabino de Israel. 

También participaron, Koei Morikawa, Patriarca de Tendai del budismo (Japón) y el Din Syamsuddin, presidente del Consejo de Ulemas (Indonesia). Así, el Papa pronunció su discurso. 

Los presentes en pie rezaron juntos y desde Asís se leyó un apelo conjunto por la paz para el mundo. 

Por ultimo, un momento de oración de silencio por las víctimas de las guerras, la firma del llamamiento de la paz y se encendieron dos candelabros para concluir con el intercambio del gesto de la paz. 

El Pontífice se despidió a las 18.30 horas y  se trasladó al helipuerto para regresar al Vaticano.


Discurso completo del Papa en la clausura de la ceremonia 

Santidades, 
Ilustres Representantes de las Iglesias, de las Comunidades cristianas y de las Religiones, queridos hermanos y hermanas: 

Os saludo con gran respeto y afecto, y os agradezco vuestra presencia. Hemos venido a Asís como peregrinos en busca de paz. Llevamos dentro de nosotros y ponemos ante Dios las esperanzas y las angustias de muchos pueblos y personas. Tenemos sed de paz, queremos ser testigos de la paz, tenemos sobre todo necesidad de orar por la paz, porque la paz es un don de Dios y a nosotros nos corresponde invocarla, acogerla y construirla cada día con su ayuda. 

«Bienaventurados los que trabajan por la paz» (Mt 5,9). Muchos de vosotros habéis recorrido un largo camino para llegar a este lugar bendito. Salir, ponerse en camino, encontrarse juntos, trabajar por la paz: no sólo son movimientos físicos, sino sobre todo del espíritu, son respuestas espirituales concretas para superar la cerrazón abriéndose a Dios y a los hermanos. Dios nos lo pide, exhortándonos a afrontar la gran enfermedad de nuestro tiempo: la indiferencia. Es un virus que paraliza, que vuelve inertes e insensibles, una enfermedad que ataca el centro mismo de la religiosidad, provocando un nuevo y triste paganismo: el paganismo de la indiferencia. 

No podemos permanecer indiferentes. Hoy el mundo tiene una ardiente sed de paz. En muchos países se sufre por las guerras, con frecuencia olvidadas, pero que son siempre causa de sufrimiento y de pobreza. 

En Lesbos, con el querido Hermano y Patriarca ecuménico Bartolomé, he visto en los ojos de los refugiados el dolor de la guerra, la angustia de pueblos sedientos de paz. Pienso en las familias, cuyas vidas han sido alteradas; en los niños, que en su vida sólo han conocido la violencia; en los ancianos, obligados a abandonar sus tierras: todos ellos tienen una gran sed de paz. No queremos que estas tragedias caigan en el olvido. Juntos deseamos dar voz a los que sufren, a los que no tienen voz y no son escuchados. Ellos saben bien, a menudo mejor que los poderosos, que no hay futuro en la guerra y que la violencia de las armas destruye la alegría de la vida. 

Nosotros no tenemos armas. Pero creemos en la fuerza mansa y humilde de la oración. En esta jornada, la sed de paz se ha transformado en una invocación a Dios, para que cesen las guerras, el terrorismo y la violencia. La paz que invocamos desde Asís no es una simple protesta contra la guerra, ni siquiera «el resultado de negociaciones, compromisos políticos o acuerdos económicos, sino resultado de la oración» (JUAN PABLO II, Discurso,Basílica de Santa María de los Ángeles, 27 octubre 1986:L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española [2 noviembre 1986, 1]). Buscamos en Dios, fuente de la comunión, el agua clara de la paz, que anhela la humanidad: ella no puede brotar de los desiertos del orgullo y de los intereses particulares, de las tierras áridas del beneficio a cualquier precio y del comercio de las armas. 

Nuestras tradiciones religiosas son diversas. Pero la diferencia no es para nosotros motivo de conflicto, de polémica o de frío desapego. Hoy no hemos orado los unos contra los otros, como por desgracia ha sucedido algunas veces en la historia. 

Por el contrario, sin sincretismos y sin relativismos, hemos rezado los unos con los otros, los unos por los otros. San Juan Pablo II dijo en este mismo lugar: «Acaso más que nunca en la historia ha sido puesto en evidencia ante todos el vínculo intrínseco que existe entre una actitud religiosa auténtica y el gran bien de la paz» (ID., Discurso, Plaza de la Basílica inferior de San Francisco, 27 octubre 1986: l.c.,11). Continuando el camino iniciado hace treinta años en Asís, donde está viva la memoria de aquel hombre de Dios y de paz que fue san Francisco, «reunidos aquí una vez más, afirmamos que quien utiliza la religión para fomentar la violencia contradice su inspiración más auténtica y profunda» (ID., Discurso a los representantes de las Religiones, Asís, 24 enero 2001), que ninguna forma de violencia representa «la verdadera naturaleza de la religión. Es más bien su deformación y contribuye a su destrucción» (BENEDICTO XVI, Intervención en la Jornada de reflexión, diálogo y oración por la paz y la justicia en el mundo, Asís, 27 octubre 2011). No nos cansamos de repetir que nunca se puede usar el nombre de Dios para justificar la violencia. Sólo la paz es santa y no la guerra. 

Hoy hemos implorado el don santo de la paz. Hemos orado para que las conciencias se movilicen y defiendan la sacralidad de la vida humana, promuevan la paz entre los pueblos y cuiden la creación, nuestra casa común. 

La oración y la colaboración concreta nos ayudan a no quedar encerrados en la lógica del conflicto y a rechazar las actitudes rebeldes de los que sólo saben protestar y enfadarse. 

La oración y la voluntad de colaborar nos comprometen a buscar una paz verdadera, no ilusoria: no la tranquilidad de quien esquiva las dificultades y mira hacia otro lado, cuando no se tocan sus intereses; no el cinismo de quien se lava las manos cuando los problemas no son suyos; no el enfoque virtual de quien juzga todo y a todos desde el teclado de unordenador, sin abrir los ojos a las necesidades de los hermanos ni ensuciarse las manos para ayudar a quien tiene necesidad. Nuestro camino es el de sumergirnos en las situaciones y poner en el primer lugar a los que sufren; el de afrontar los conflictos y sanarlos desde dentro; el de recorrer con coherencia el camino del bien, rechazando los atajos del mal; el de poner en marcha pacientemente procesos de paz, con la ayuda de Dios y con la buena voluntad. 

Paz, un hilo de esperanza, que une la tierra con el cielo, una palabra tan sencilla y difícil al mismo tiempo. Paz quiere decir Perdón que, fruto de la conversión y de la oración, nace de dentro y, en nombre de Dios, hace que se puedan sanar las heridas del pasado. Paz significa Acogida, disponibilidad para el diálogo, superación de la cerrazón, que no son estrategias de seguridad, sino puentes sobre el vacío. Paz quiere decir Colaboración, intercambio vivo y concreto con el otro, que es un don y no un problema, un hermano con quien tratar de construir un mundo mejor. Paz significa Educación: una llamada a aprender cada día el difícil arte de la comunión, a adquirir la cultura del encuentro, purificando la conciencia de toda tentación de violencia y de rigidez, contrarias al nombre de Dios y a la dignidad del hombre. 

Aquí, nosotros, unidos y en paz, creemos y esperamos en un mundo fraterno. Deseamos que los hombres y las mujeres de religiones diferentes, allá donde se encuentren, se reúnan y susciten concordia, especialmente donde hay conflictos. Nuestro futuro es el de vivir juntos. Por eso, estamos llamados a liberarnos de las pesadas cargas de la desconfianza, de los fundamentalismos y del odio. Que los creyentes sean artesanos de paz invocando a Dios y trabajando por los hombres. Y nosotros, como Responsables religiosos, estamos llamados a ser sólidos puentes de diálogo, mediadores creativos de paz. Nos dirigimos también a quienes tienen la más alta responsabilidad al servicio de los pueblos, a los Líderes de las Naciones, para que no se cansen de buscar y promover caminos de paz, mirando más allá de los intereses particulares y del momento: que no quede sin respuesta la llamada de Dios a las conciencias, el grito de paz de los pobres y las buenas esperanzas de las jóvenes generaciones. Aquí, hace treinta años, san Juan Pablo II dijo: «La paz es una cantera abierta a todos y no solamente a los especialistas, sabios y estrategas. La paz es una responsabilidad universal» (Discurso, Plaza de la Basílica inferior de San Francisco, 27 octubre 1986: l.c., 11). Asumamos esta responsabilidad, reafirmemos hoy nuestro sí a ser, todos juntos, constructores de la paz que Dios quiere y de la que la humanidad está sedienta.


El Papa Francisco en Asís: “Sólo la paz es santa, no la guerra”

Después de rezar cada uno por su cuenta, los líderes religiosos se reunieron de nuevo fuera de la Basílica de Asís.

Los 500 participantes escucharon el testimonio de esta mujer que escapó de la guerra en Siria. Es de Alepo, y recordó cómo antes de la guerra musulmanes y cristianos vivían en paz.

TAMAR 

"Alepo, cuando pronuncio este nombre, se me encoge el corazón. Recuerdo dónde nací, dónde crecí y donde me casé...”.

El patriarca ecuménico de Constantinopla dijo que este encuentro no fue una simple conmemoración del que se realizó hace 30 años sino la renovación del compromiso por la paz.

BARTOLOMÉ I

Patriarca Ecuménico de Constantinopla
"No puede haber paz sin respeto y reconocimiento recíproco. No puede haber paz sin justicia”.

También tomó la palabra el rabino David Brodman, que sobrevivió al Holocausto; y un musulmán, el ulema Din Syamsuddin, de Indonesia, el país con más musulmanes del mundo. También intervino el budista Morikawa Tendaizasu.

El Papa fue el último líder religioso que intervino. Primero, explicó el sentido de este encuentro. 

FRANCISCO

"Nuestras tradiciones religiosas son diversas. Pero la diferencia no es para nosotros motivo de conflicto, de polémica o de frío desapego. Hoy no hemos orado los unos contra los otros, como por desgracia ha sucedido algunas veces en la historia. Por el contrario, sin sincretismos y sin relativismos, hemos rezado los unos con los otros, los unos por los otros”.

Luego alertó ante miles de personas de fe del peligro de un paganismo que se infiltra también entre las religiones: el de la indiferencia ante el sufrimiento de los demás. 

FRANCISCO

"Es un virus que paraliza, que vuelve inertes e insensibles, una enfermedad que ataca el centro mismo de la religiosidad, provocando un nuevo y triste paganismo: el paganismo de la indiferencia”.

El Papa se comprometió a que ninguna tragedia caiga en el olvido. Dijo que los líderes religiosos darán voz a quienes sufren, a quienes no tienen voz o no son escuchados. Y pidió que no se use la religión para justificar la guerra. 

FRANCISCO

"No nos cansamos de repetir que nunca se puede usar el nombre de Dios para justificar la violencia. Sólo la paz es santa y no la guerra”.

"Nuestro futuro es el de vivir juntos. Por eso, estamos llamados a liberarnos de las pesadas cargas de la desconfianza, de los fundamentalismos y del odio”.

Los participantes compartieron un minuto de silencio por todas las víctimas de las guerras, y luego apoyaron un ambicioso manifiesto por la paz en el mundo. 

Un compromiso que entregaron a este grupo de niños, porque el futuro que se construye hoy, será su presente. 



"El perdón es el pilar que rige la vida de la comunidad cristiana"

El Papa explica que ser misericordiosos significa "no desplumar a los demás con críticas, envidias o celotipias"

Tras la jornada de oración por la paz  en Asís. El Papa Francisco recuerda que misericordiar se conjuga con otros dos verbos: perdonas y donar. Misericordia significa, entre otras cosas, "no desplumar a nadie con nuestras críticas", porque el perdón es el "pilar de la vida cristiana". Porque "no tenemos el poder de condenar a nuestro hermano que yerra".


Lectura del Evangelio de Lucas. "Sed misericordiosos como vuestro Padre Dios. No juzguéis y no sereis juzgados, no condenéis y no seréis condenados, perdonad y seríes perdonados...Dad y se os dará...La medida que uséis la usarán con vosotros"

Algunas frases de la catequesis del Papa

"Misericordiosos como el Padre, lema de este año santo"

"No se trata de un eslogan, sino de un empeño vital"

"Sed perfectos como vuestro Padre celestial"

"La perfección consiste en el amor, cumplimiento de la Ley"

"Ser perfectos significa ser misericordiosos"

"Una persona que no es misericordiosa no es perfecta ni buena. La bondad y la perfección radican en la misericordia"

"Toda la revelación de Dios es un incansable amor por los hombres"

"Dios es como un padre o una madre"

"Un amor tan grande, que sólo Dios lo puede realizar"

"La Iglesia sólo puede ser sacramento de la misericordia de Dios en el mundo en todo tiempo y para toda la Humanidad"

"Todo cristiano está llamado a ser testigo de la misericordia"

"¿Qué significa, para los discípulos, ser misericordioso"

"Lo explica Jesús con dos verbos: perdonar y dar"

"La misericordia se expresa, ante todo, en el perdón"

"El perdón es el pilar que rige la vida de la comunidad cristiana"

"El cristiano debe perdonar, porque ha estado perdonado. Todos nosotros hemos sido perdonados. Lo recitamos todos los días en el Padrenuestro. Así es fácil perdonar. Si Dios me perdonó a mí, ¿por qué no voy a perdonar yo? ¿Soy yo más grande que Dios?"

"Condenar al pecador rompe el vínculo de fraternidad y desprecia la misericordia de Dios"

"No tenemos el poder de condenar a nuestro hermano que yerra, tenemos el deber de recuperarlo y acompañarlo en su camino de conversión"

"Un segundo pilar: donar"

"Dios nos da más allá de nuestros méritos"

"Con la medida del amor que demos seremos medidos"

"Es una lógica coherente"

"El amor misericordioso es la única vía para recorrer"

"¡Cuántas necesidades!"

"No desplumar a los demás con las críticas, con las envidias y con las celotipias"

"No os olvidéis de esto: misericordia es don. El perdón es donar. Y asi el corazón se esponja en el amor. El egoísmo y la rabia reduce el corazón y se pone rígido como una piedra"

"¿Queréis un corazón como una piedra? No

"¿un corazón lleno de amor?" Sí

"Si preferís un corazón lleno de amor, sed misiericordiosos"

Texto íntegro del saludo del Papa en español

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy hemos escuchado el pasaje evangélico que inspira el lema de este año santo: Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso. Dios ama con un amor tan grande que para nosotros parece imposible. Toda la historia de la salvación es una historia de misericordia, que alcanza su culmen en la donación de Jesús en la cruz. ¿Cómo alcanzar esta perfección? La respuesta estriba en que Jesús no pide cantidad, sino ser signo, canal, testimonio de su misericordia. Por eso los santos han encarnado el amor de Dios que les desbordaba en múltiples formas de caridad en favor de los necesitados.

El Evangelio nos da dos pautas para ello: perdonar y dar. Jesús no busca alterar el curso de la justicia humana, pero manifiesta que en la comunidad cristiana hay que suspender juicios y condenas. El perdón es manifestación de la gratuidad del amor de Dios, que nunca da a un hijo por perdido. No podemos ponernos por encima del otro, al contrario, debemos llamarlo continuamente a la conversión. Del mismo modo, Jesús nos enseña que su voluntad de darse está muy por encima de nuestras expectativas y no depende de nuestros méritos, sino que la capacidad de acoger su amor, crece en la medida que nos damos a los demás, más amamos, más lleno de Dios estará nuestro corazón.
***
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España y Latinoamérica. Pidamos al Señor que no perdamos nunca nuestra identidad de hijos de un mismo Padre, que nos une en su amor. Que Dios los bendiga.

Texto completo de la catequesis del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hemos escuchado el pasaje del Evangelio de Lucas (6,36-38) del cual es tomado el lema de este Año Santo Extraordinario: Misericordiosos como el Padre. La expresión completa es: «Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso» (v. 36). No se trata de un slogan, sino de un compromiso de vida. Para comprender bien esta expresión, podemos confrontarla con aquella paralela del Evangelio de Mateo, donde Jesús dice: «Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo» (5,48). En el llamado discurso de la montaña, que inicia con las Bienaventuranzas, el Señor enseña que la perfección consiste en el amor, cumplimiento de todos los preceptos de la Ley.

En esta misma perspectiva, San Lucas precisa que la perfección es el amor misericordioso: ser perfectos significa ser misericordiosos. ¿Una persona que no es misericordiosa es perfecta? ¡No! ¿Una persona que no es misericordiosa es buena? ¡No! La bondad y la perfección radican en la misericordia. Cierto, Dios es perfecto. Todavía, si lo consideramos así, se hace imposible para los hombres alcanzar esta absoluta perfección. En cambio, tenerlo ante los ojos como misericordioso, nos permite comprender mejor en que consiste su perfección y nos impulsa a ser como Él llenos de amor, de compasión y misericordia.

Pero me pregunto: ¿Las palabras de Jesús son reales? ¿Es de verdad posible amar como ama Dios y ser misericordiosos como Él?

Si miramos la historia de la salvación, vemos que toda la revelación de Dios es un incesante e inagotable amor por los hombres: Dios es como un padre o como una madre que ama con un amor infinito y lo derrama con abundancia sobre toda creatura. La muerte de Jesús en la cruz es el culmen de la historia de amor de Dios con el hombre. Un amor talmente grande que solo Dios lo puede realizar. Es evidente que, relacionado con este amor que no tiene medidas, nuestro amor siempre será en defecto. Pero, ¡cuando Jesús nos pide ser misericordiosos como el Padre, no piensa en la cantidad! Él pide a sus discípulos convertirse en signo, canales, testigos de su misericordia.

Y la Iglesia no puede dejar de ser sacramento de la misericordia de Dios en el mundo, en todo tiempo y hacia toda la humanidad. Todo cristiano, por lo tanto, es llamado a ser testigo de la misericordia, y esto sucede en el camino a la santidad. ¡Pensemos en tantos santos que se han hecho misericordiosos porque se han dejado llenar el corazón con la divina misericordia! Han dado cuerpo al amor del Señor derramándolo en las múltiples necesidades de la humanidad sufriente. En este florecer de tantas formas de caridad es posible reconocer los reflejos del rostro misericordioso de Cristo.

Nos preguntamos: ¿Qué significa para los discípulos ser misericordiosos? Y esto es explicado por Jesús con dos verbos: «perdonar» (v. 37) y «donar» (v. 38).

La misericordia se expresa, sobre todo, en el perdón: «No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados» (v. 37). Jesús no pretende alterar el curso de la justicia humana, todavía recuerda a los discípulos que pera tener relaciones fraternas se necesita suspender los juicios y las condenas. De hecho, es el perdón el pilar que sostiene la vida de la comunidad cristiana, porque en ella se manifiesta la gratuidad del amor con el cual Dios nos ha amado primero.

¡El cristiano debe perdonar! Pero ¿Por qué? Porque ha sido perdonado. Todos nosotros que estamos aquí, hoy, en la Plaza, todos nosotros, hemos sido perdonados. Ninguno de nosotros, en su vida, no ha tenido necesidad del perdón de Dios. Y porque nosotros hemos sido perdonados, debemos perdonar. Y lo recitamos todos los días en el Padre Nuestro: "Perdona nuestros pecados; perdona nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores". Es decir, perdonar las ofensas, perdonar tantas cosas, porque nosotros hemos sido perdonados de tantas ofensas, de tantos pecados. Y así es fácil perdonar. Si Dios me ha perdonado, ¿por qué no debo perdonar a los demás? ¿Soy más grande de Dios? ¿Entienden esto?

Este pilar del perdón nos muestra la gratuidad del amor de Dios, que nos ha amado primero. Juzgar y condenar al hermano que peca es equivocado. No porque no se quiera reconocer el pecado, sino porque condenar al pecador rompe la relación de fraternidad con él y desprecia la misericordia de Dios, que en cambio no quiere renunciar a ninguno de sus hijos. No tenemos el poder de condenar a nuestro hermano que se equivoca, no estamos por encima él: al contrario tenemos el deber de rescatarlo a la dignidad de hijo del Padre y de acompañarlo en su camino de conversión.

A su Iglesia, a nosotros, Jesús indica también un segundo pilar: "donar". Perdonar es el primer pilar; donar es el segundo pilar. «Den, y se les dará [...] Porque la medida con que ustedes midan también se usará para ustedes» (v. 38). Dios dona muy por encima de nuestros méritos, pero será todavía más generoso con cuantos aquí en la tierra serán generosos. Jesús no dice que cosa sucederá a quienes no donan, pero la imagen de la "medida" constituye una exhortación: con la medida del amor que damos, seremos nosotros mismos a decidir cómo seremos juzgados, como seremos amados. Si observamos bien, existe una lógica coherente: ¡en la medida con la cual se recibe de Dios, se dona al hermano, y en la medida con la cual se dona al hermano, se recibe de Dios!

El amor misericordioso es por esto la única vía a seguir. Cuanta necesidad tenemos todos de ser un poco misericordiosos, de no hablar mal de los demás, de no juzgar, de no "desplumar" a los demás con las críticas, con las envidias, con los celos. ¡No! Perdonar, ser misericordiosos, vivir nuestra vida en el amor y donar. Esa - caridad y este amor - permite a los discípulos de Jesús no perder la identidad recibida de Él, y de reconocerse como hijos del mismo Padre. En el amor que ellos - es decir, nosotros - practicamos en la vida se refleja así aquella Misericordia que no tendrá jamás fin (Cfr. 1 Cor 13,1-12).

Pero no se olviden de esto: misericordia y don; perdón y don. Así el corazón crece, crece en el amor. En cambio, el egoísmo, la rabia, hace el corazón pequeño, pequeño, pequeño, pequeño y se endurece como una piedra. ¿Qué cosa prefieren ustedes? ¿Un corazón de piedra? Les pregunto, respondan: "No". No escucho bien... "No". ¿Un corazón lleno de amor? "Si". ¡Si prefieren un corazón lleno de amor, sean misericordiosos!



FUENTES:
ALETEIA
www.periodistadigital.com
www.romereports.com



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