Todos juntos
Un espacio propuesto por EQUIPO ECUMÉNICO SABIÑÁNIGO

sábado, 20 de agosto de 2016

ENCUENTROS DE VERANO EN TAIZÉ

"Construcción de un futuro en su casa"

Hermano Alois: "Que Europa colabore más en la tarea de acoger refugiados"

Hermano Alois, prior de Taizé
«Una reconciliación entre Europa y áfrica me parece una de las necesidades de nuestro tiempo. El drama de tantos refugiados, muchos de los cuales ahogados en el Mediterráneo, nos ha marcado a todos. Querríamos que los países europeos colaborasen más en la tarea de acoger refugiados.

Escuchamos también la petición de muchos africanos que esperan mayor justicia en las relaciones políticas y económicas internacionales. Responder a esta pregunta es una de las condiciones necesarias para que los jóvenes africanos puedan decidir serenamente contribuir en la construcción de un futuro en su casa».

Hablando ante centenares de jóvenes reunidos en Taizé con motivo de los tradicionales encuentros de verano, el prior de la comunidad, hermano Alois, ha dedicado gran parte de su meditación semanal al drama de los emigrantes: «Muchas personas les acogen con generosidad, pero debemos señalar que en algunas regiones, en algunas ciudades, el número de llegadas es tal que los habitantes están desbordados».

¿Qué hacer entonces? Sería ilusorio pensar que esta ola de refugiados se detendrá. En un futuro inmediato -ha observado- no tenemos otra elección que la de discernir sobre qué es necesario y justo, en cada situación, hacia cada persona, sin ser ingenuos, pero tampoco cediendo al miedo o a la desconfianza que puede crecer en nosotros»

FUENTE:
http://www.periodistadigital.com/




viernes, 19 de agosto de 2016

30 ANIVERSARIO DE ASÍS



Francisco, Bartolomé y 400 líderes religiosos participan en el 30 aniversario de las jornadas de Asís 

"Sed de paz, religiones y culturas en diálogo", lema de la iniciativa interreligiosa

Bartolomé y Francisco


Francisco regresará de nuevo a Asís el próximo 20 de septiembre, después de haberla visitado el pasado 4 de agosto, en esta ocasión para participar a la clausura de la Jornada Mundial de Oración por la Paz que promueve la asociación católica Comunidad de san Egidio.

Francisco participará así en esta iniciativa interreligiosa bajo el nombre "Sed de paz. Religiones y culturas al diálogo" que se celebrará del 18 al 20 de septiembre y en la que está prevista la participación de 400 líderes religiosos de varias confesiones, entre ellos el patriarca ortodoxo Bartolomé I, informa Efe.

El papa argentino viajó el pasado 4 de agosto a Asís en ocasión del octavo centenario del Perdón de Asís y allí se detuvo a rezar en la capilla de la Porciúncula, levantada en el lugar donde san Francisco vivió y murió y fundó la orden franciscana, y que se encuentra en el interior de la basílica.

El anuncio lo dio hoy el portavoz del Sacro Convento de Asís, Enzo Fortunato y fue confirmado por el Vaticano, que no dio más detalles sobre la visita.

Jorge Bergoglio viajó también a la ciudad de san Francisco el 4 de abril de 2013 en ocasión de la festividad del santo que él eligió como nombre tras ser elegido papa.



FUENTE:
http://www.periodistadigital.com/


jueves, 18 de agosto de 2016

ECUMENISMO: DEFINICIONES


Diccionario Real Academia Española 

ecumenismo

Del gr. οἰκουμένη oikouménē 'el mundo entero' e -ismo.

1. m. Rel. Tendencia o movimiento que intenta la restauración de la unidadentre todas las Iglesias cristianas.

ecuménico, ca

Del lat. tardío oecumenĭcus, y este del gr. οἰκουμενικός oikoumenikós.

1. adj. Universal, que se extiende a todo el orbe.

ACTO ECUMÉNICO

WIKIPEDIA

Ecumenismo 

Es la tendencia o movimiento que busca la restauración de la unidad de los cristianos, es decir, la unidad de las distintas confesiones religiosas cristianas «históricas», separadas desde los grandes cismas. Del griego antiguo «οἰκουμένη» (oikoumenē, aunque se pronuncia ikuméni, “tierra habitada”). Si bien el término «oikoumenē» se utilizó desde los tiempos del Imperio Romano para expresar la totalidad de las tierras conquistadas, el mundo como unidad, en la actualidad la palabra «ecumenismo» tiene una significación eminentemente religiosa, y es usada para aludir a los movimientos existentes en el seno del cristianismo cuyo propósito consiste en la unificación de las distintasdenominaciones cristianas que se hayan separadas por cuestiones de doctrina, de historia, de tradición o de práctica.

En cambio, la búsqueda de cooperación entre diferentes religiones (tanto entre las religiones abrahámicasjudaísmo,cristianismo e islam— como con otras) se llama diálogo interreligioso.1 2 3

En el sentir de numerosas personalidades cristianas del último siglo, el ecumenismo constituye un camino de superación de las divisiones entre los cristianos, en orden al cumplimiento del mandato de Cristo: «[...] que todos sean uno [...]» {Juan 17:21).4

Entre las muchas personalidades relevantes que tienen o tuvieron influencia en el desarrollo de la conciencia ecuménica se encuentran Robert Gardiner, el teólogoYves Congar, el hermano Roger Schutz —fundador de la Comunidad ecuménica de Taizé—, Chiara Lubich —fundadora del Movimiento de los Focolares—, el patriarca Atenágoras I, los papas Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo II, y el arzobispo de Canterbury Rowan Williams.

DIÁLOGO INTERRELIGIOSO


“Definición ABC”

El concepto de ecumenismo es aquel que hace referencia al fenómeno actual mediante el cual las diferentes iglesias relacionadas con el Cristianismo buscan unirse o reunirse luego de todos los cismas y conflictos que hicieron en algún momento que se dividieran. El ecumenismo es altamente complejo ya que busca el acuerdo entre posturas religiosas que, si bien parten de la misma base, mantienen elementos diferenciados muy evidentes, difíciles de solucionar. Sin embargo, para muchos de los líderes religiosos y sociales es un esfuerzo valedero en pos de la unión y de la armonía entre distintas posturas frente a la existencia de una entidad divina. En términos generales, las palabras ecumenismo y ecuménico suelen usarse para hacer referencia a posturas o personas que engloban y unen diferencias, por ejemplo cuando se dice que un líder es ecuménico significará que une a las personas que lo siguen a pesar de sus diferencias.

La palabra ecumenismo proviene del término griego oikoumene que aspira a la idea de conjunto, de unión. Así, el ecumenismo es aquello que busque que lo que está dividido pueda volver a unirse en un solo elemento. La palabra se aplica normalmente a cuestiones religiosas, especialmente a las que tienen que ver con la Cristiandad, religión dentro de la cual podemos encontrar varias iglesias e incluso tradiciones anteriores (como la judaica) con la que mantienen algún vínculo.
El ecumenismo cristiano es el esfuerzo que se lleva a cabo en el mundo a mano de los grandes líderes religiosos y sociales de cada institución con el fin de reunir y reunificar el espíritu cristiano bajo una sola institución o entidad. En este sentido, se parte de la idea de que las diferentes iglesias cristianas (como la católica, la luterana, la calvinista, la ortodoxa rusa) son el resultado de crisis históricas que deben poder ser superadas en pos de la unión de todos los hermanos que Cristo predicó cuando vivió. Aspirando a objetivos incluso más altos, el ecumenismo también busca la unión de tradiciones previas al cristianismo como es la religión judía y posteriores como es la islámica. Estos intentos de unión, aunque díficiles y muy complejos, buscan establecerse con tal de lograr un mundo pacífico y armonioso.

Que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado (Juan 17:21)

Catholic.net

Por Ecumenismo se entiende el movimiento surgido, por la gracia del Espíritu Santo, para restablecer la unidad de todos los cristianos. Participan en él los que invocan al Dios Uno y Trino y confiesan que Jesús es el Señor y Salvador. Casi todos, aunque de distinta manera, aspiran a una Iglesia de Dios única y visible. El Movimiento Ecuménico comenzó oficialmente con el Congreso Misionero de Edimburgo (Escocia) en 1910. Surgió en un ambiente protestante y en un contexto misionero, por la necesidad de presentar un frente unido en los países paganos.

ENCUENTRO ECUMÉNICO







miércoles, 17 de agosto de 2016

PAPA FRANCISCO: “MARTÍN LUTERO NO ESTABA ERRADO POR PROPONER UNA REFORMA”


Papa Francisco: “Martín Lutero no estaba errado por proponer una reforma”

El religioso destacó los errores de la iglesia de la época como la corrupción y el mundanismo

El Papa Francisco en una conferencia de prensa el pasado junio en la que fue preguntado sobre la Reforma Protestante, dijo que, para la Iglesia de la época, Martín Lutero no estaba errado.

“Creo que las intenciones de Martín Lutero no tenían que haber sido erradas, era un reformador, tal vez algunos métodos no fueron correctos, más en aquel tiempo, si leemos la historia del pastor alemán luterano que se convirtió y se hizo católico, vemos que la Iglesia no era precisamente un modelo a imitar: Había corrupción, mundanismo, el apego a la riqueza y el poder”,.

También el pontífice añadió que Martín Lutero era “inteligente” y “dio un paso adelante”, diciendo las razones que le llevaron a adoptar tales medidas. “Hoy en día, los protestantes y los católicos están de acuerdo en la doctrina de la justificación: En este punto tan importante no estaba errado. Él hizo un remedio para la Iglesia, después de este remedio se ha consolidado en un estado de cosas”.

El líder católico, sin embargo, criticó las divisiones entre las iglesias proponiendo una aproximación.

“La diversidad es lo que quizá nos hizo tanto daño a todos y hoy procuramos la manera de encontrarnos después de 500 años. Creo que lo primero que hay que hacer es orar juntos. Después debemos trabajar por los pobres, los refugiados, tantas personas sufriendo, y, por último, que los teólogos procuren estudiar juntos… Se trata de un largo camino”.

Sin embargo, el Papa cree que sólo habrá una unidad completa después del regreso de Cristo. “Una vez dije: Yo sé cuándo será el día de la unidad plena, el día después de la venida del Señor. No sabemos cuándo el Espíritu Santo hará esta gracia. Pero mientras tanto, tenemos que trabajar juntos por la paz”.

FUENTE:
http://www.noticiacristiana.com/




martes, 16 de agosto de 2016

LA MUERTE DE LOS SANTOS PARECE (SOLO PARECE) DEJAR INTACTAS LAS COSAS


La muerte de los santos parece (solo parece) dejar intactas las cosas
por Miguel García-Baró 


ELIE WIESEL
Seguramente será imposible contener en nadie con sensibilidad e inteligencia la impresión amarga de que su vida apenas haya logrado transformar, pese a tantos trabajos, la sórdida realidad del mundo en torno. Cuando la hora de la muerte se acerque, aunque tengamos la dicha de poder contar una serie de hermosas historias de esperanza, de vida, de renacimiento, en las que hemos tomado parte o de las que hemos sido responsables en alguna medida, pensaremos en cómo a la mañana siguiente del día en que ya no estemos en este mundo todas las cosas no solo amanecerán de nuevo intactas, sino que el conjunto de la realidad presentará un balance de bienes y males que apenas diferirá del que ya había antes de que naciéramos. Indiferencia de los espacios que ven desaparecer a los seres humanos con su complicado tiempo a cuestas…

El mes pasado, en medio de las convulsiones salvajes de la nueva modalidad de crimen terrorista que se extiende como peste contagiosa por todas partes, ha muerto Elie Wiesel. 

¿Habrá podido contener la angustia ante este espectáculo de perversidad? ¿No habrá tenido que pensar en lo extraordinariamente difícil que es que los seres humanos aprendamos de la barbarie derrotada?

Este superviviente de los campos de exterminio nazi, que sufrió en su alma los peores dolores de la tortura, ha tenido que morir en el momento en que multitudes de seres desesperados y sin entrañas desean que resurjan las llamadas guerras de religión, porque quieren que los débiles restos de libertad, conciencia individual y responsabilidad personal que perviven aún de puro milagro queden anulados (quizá porque no han logrado cambiar las realidades históricas sino solo agudizar la sensación de su deriva y su locura).

Se sigue usando como blancos a los inocentes cuyas muertes puedan suscitar una ola de odio generalizado, dentro de la cual todos acabemos siendo responsables de crímenes análogos. Se sigue justificando el asesinato como medio imprescindible para mover la historia. Se sigue manchando del modo más repugnante el nombre de Dios y las tradiciones de santidad que ha suscitado, como para terminar de convertir la Tierra en el Infierno.

Wiesel resucitó gracias al contacto con la ingenua humanidad -infinitamente resistente- de algún amigo bueno. Quien había abandonado toda expectativa de futuro y de sentido fue resucitado por Dios a través de la sencillez del amor de amistad. Dios se valió en este caso, como suele hacerlo, de los iconos suyos que son los seres humanos que se esfuerzan por no ser la presa del mal.

El objetivo principal del terrorismo que estamos viviendo es que las sociedades avanzadas rechacen de su seno toda forma de adhesión al islam, de modo que quienes viven éste como compatible con las sucesivas Ilustraciones terminen por pensar que se han equivocado: que entre Dios y la Modernidad existe una contradicción insalvable. (Quizá sea también esto lo que en última instancia explique los acontecimientos de Turquía este mes horrible.)

Wiesel sabía perfectamente que la estancia del Bien en este mundo se realiza por necesidad en el medio de las ambigüedades. Hay un aspecto de la religión -el superficial- que favorece las aspiraciones criminales de la estrategia política; hay la verdad de la religión -su lado de acceso difícil y libre-, que condena todo eso que en rigor es solo estrategia política.

Antes de cualquier reacción de odio, notemos la presencia cercana de las personas que quedarían englobadas en nuestro odio: sus rostros a nuestro lado pueden resucitarnos.

Elie Wiesel falleció el 2 de julio de 2016, a los 87 años de edad.

Miguel García-Baró

Profesor de Filosofía de la Universidad Pontificia Comillas y, antes, de la Universidad Complutense. Presidente de la Asociación de Amistad y Encuentro Interreligioso. Director de la colección de libros de filosofía Hermeneia, en Ediciones Sígueme. Entre sus libros: De estética y mística (2007) y Sentir y pensar la vida (2012).




FUENTE:
http://entreparentesis.org/

sábado, 13 de agosto de 2016

UNA VIDA NUEVA PARA LA ESPIRITUALIDAD: A LA RENOVACIÓN POR LA ORACIÓN

“Ora si quieres que la oración sea el verdadero motor de la Iglesia”

por PABLO d’ORS, fundador de Amigos del Desierto



La necesidad primordial de la comunidad cristiana es hoy la renovación en el Espíritu que propicia la oración. Sin oración, o con una oración tibia, la Iglesia no puede dar a nuestros contemporáneos lo que ellos esperan y necesitan. Eso que debemos dar no es otra cosa que el Espíritu, pero para darlo hay que tenerlo, y para tenerlo hay que permitir que Él vaya entrando poco a poco en nuestro ser, que no otra cosa es la oración. Todo esto es obvio, elemental, pero muy urgente. 

Los esfuerzos que la Iglesia está invirtiendo en el pensamiento (la catequesis, la teología…) o en la acción (el anuncio, la acción social…) no son en absoluto comparables a los que invierte en el desarrollo de la vida interior, que a mi modo de ver, en la mayoría de los cristianos, está subdesarrollada. 

Los monasterios son, o deberían ser, –a mi modo de ver– el corazón orante de la Iglesia. Muy bien podrían convertirse por ello en auténticas escuelas de formación para la vida interior, tanto del pueblo de Dios, cada vez más hambriento de interioridad –y este es para mí uno de los signos de los tiempos más claros– como de los así llamados buscadores espirituales, personas alejadas de la confesión y práctica cristianas y que, sin embargo, han oído la llamada del Espíritu e intentan responder a ella sin por ello acceder a ser encuadrados en un determinado régimen de organización eclesial, que casi siempre consideran trasnochado. Estas “nuevas escuelas monásticas” podrían constituir la principal plataforma para una nueva primavera eclesial. 

Para que esto sea posible, urge deslindar la vida monástica de la contemplativa, unión que ha comportado una consecuencia nefasta: la de creer que los únicos que estaban llamados a la contemplación eran quienes se retiraban del mundo. Desde esta visión simplista, a la vida monástica y religiosa tocaba la contemplación, y a la seglar o laical, la acción: Marta y María claramente diferenciadas. No parece que esto pueda sostenerse hoy. Todos estamos llamados a contemplar. La contemplación no es el privilegio de unos pocos. La contemplación es una necesidad de todos, un regalo sin el cual la vida activa es solo frenesí o, en el mejor de los casos, humanismo ético y buena voluntad. 

Hacia la unificación personal 

El monje nunca debería definirse esencialmente por su apartamiento del mundo, sino por ser una persona unificada (como indica la etimología de la palabra monje, del griego monos, el uno). El principal desafío del monje no es, pues, necesariamente, la fuga mundi, sino la unificación personal. Tras esta propuesta late la intuición de Raimon Panikkar, quien en su Elogio de la sencillez habla precisamente de la universalidad del arquetipo monástico. Dentro de todo hombre y de toda mujer habita un monje, un solitario. Y todos estamos llamados a, en distintas configuraciones históricas, tender a esa unificación. 

El camino para esta vida contemplativa desde el arquetipo monástico es el silencio, el silenciamiento cabría decir mejor, de modo que se ponga de manifiesto que se trata de algo fundamentalmente interior: la aventura del desprendimiento y la experiencia del ser. Lo que quiero proponer aquí es la instauración en nuestras comunidades eclesiales, monásticas o no, de la vía meditativa, que es la que favorece este silenciamiento más explícitamente. Esto no excluye, ciertamente, continuar con la vía litúrgica, la devocional, la caritativa u otras tantas, si bien debería otorgarse a la meditación cierta prevalencia. Por ser inmediata, esto es, sin la mediación de ritos, plegarias, actividades u otros medios, el silencio propicia un acceso al Misterio más directo. 

Un cristiano es aquel que ha escuchado
la llamada a estar en Dios, no solo en sus cosas.
Urge una simplificación de nuestras vidas,
dado que no es factible estar en Dios
y, al tiempo, en otras muchas cosas. 

La espiritualidad es esencialmente silencio, esto es lo que conviene subrayar en estos tiempos. Dios es esencialmente el silencio… en el que resuenan todas las cosas. Todas las celebraciones litúrgicas, planes educativos, programas pastorales, catequesis de niños y catecumenados de adultos, cursos de teología y casi podríamos alargar la lista de las acciones eclesiales infinitamente, todo eso se despliega para llegar a Dios, al silencio de Dios; pero, si no acaba de llegarse a Él –es solo una pregunta–, ¿no parece más sensato ir directamente al silencio de Dios para ver si desde ahí Él nos conduce a todas esas actividades en las que la Iglesia, al parecer, tanto se afana? 

Mi principal reproche a la Iglesia de hoy, que formulo no sin tristeza, es que son muchos, muchísimos, los que están en las cosas de Dios, pero pocos, poquísimos, los que están en Dios, lo que no es en absoluto lo mismo. Un cristiano es aquel que ha escuchado la llamada a estar en Dios, no solo en sus cosas. Para que esto sea más que una idea bonita, urge una simplificación de nuestras vidas, dado que no es factible estar en Dios y, al tiempo, en otras muchas cosas. 

La vida espiritual es necesariamente sencilla. Solo lo sencillo es realmente de Dios. Quien vive unificadamente, esto es, como un monje, vive sencillamente. La profecía monástica (que resuena especialmente en nuestros tiempos, si bien desde una clave secular) es, definitivamente, la de la sencillez. 

El verdadero motor de la Iglesia 

Poner en práctica todo esto comportará cierta desestabilización de estructuras creadas y, sobre todo, un gran replanteamiento teológico. El único modo para que empiece realmente a desplegarse este camino es empezar a transitarlo. Ora si quieres que la oración sea el verdadero motor de la Iglesia. Ora si quieres que no sea la teología, la jerarquía, la tradición y tradiciones los que guíen nuestra hermosa y atribulada barca. El pensamiento, el magisterio, la Biblia, las instituciones…, todo eso tiene desde luego su lugar, pero solo si quienes piensan y escriben teología, si quienes leen y escuchan las Escrituras, si quienes rigen los destinos de las comunidades y sustentan estructuras pastorales están alimentados por el Espíritu, nuestro verdadero Guía. 

Y para que esto sea posible, hay que dedicarle tiempo, la mayor y mejor parte de nuestro tiempo. Y hay que aprender a callar y a escuchar. Y a olvidarnos de nosotros mismos. 

El principal obstáculo teórico a esta tesis es la preeminencia que la Iglesia católica –quizá las Iglesias cristianas en general– ha dado a la Palabra sobre el Silencio. Hemos leído y dado por bueno que los monoteísmos son religiones proféticas –de la Palabra– y las tradiciones espirituales del Extremo Oriente, religiones místicas, del silencio. Pero la verdadera profecía es hoy, en el cristianismo –y esta es mi hipótesis–, la mística. 

Sueño con un cristianismo que
viva y hable de un Cristo
patrimonio universal de la humanidad,
no propiedad privada de los bautizados.
Sueño con una Iglesia incluyente,
no excluyente ni exclusiva. 

Sostengo que hoy conviene empezar a trabajar pastoralmente desde el silencio, puesto que hacerlo desde la Palabra es, incluso, contraproducente, dado que en muchos contextos provoca rechazo y mayor desafección. Estamos en la hora del Espíritu, en la hora del silencio. No tanto en la del logos o la Palabra; de ahí el anti-intelectualismo reinante en nuestra sociedad, que tiende a desconfiar de todo lo teórico. Cansados de palabras que han degenerado en palabrería, el mundo pide a gritos silencio. Y nosotros, los cristianos y cristianas de nuestro tiempo, somos los llamados a dárselo. 

Sueño con un cristianismo que viva y hable de un Cristo patrimonio universal de la humanidad, no propiedad privada de los bautizados. Sueño con una Iglesia incluyente, no excluyente ni exclusiva. Y sueño –más aún, sé– que este camino que acabo de testimoniar aquí será el que recorra el cristianismo en el milenio que acabamos de inaugurar. Antes o después, de una forma o de otra, la Iglesia, o al menos su vanguardia, se abrirá a la experiencia de la meditación y descubrirá la belleza y el inconcebible poder del silencio, que no es sino uno de los más dulces nombres de la unidad.

PABLO d’ORS

Publicado en:
nº 3.000 de Vida Nueva
http://www.vidanueva.es/2016/08/08/una-vida-nueva-para-la-espiritualidad-a-la-renovacion-por-la-oracion-pablo-dors/#more-166671-





jueves, 11 de agosto de 2016

AGOSTO: CELEBRACIÓN ECUMÉNICA EN BIESCAS

XX ANIVERSARIO DE LA CATÁSTROFE DEL CAMPING LAS NIEVES EN BIESCAS

7 agosto de 2016

MISA EN MEMORIA DE LAS VÍCTIMAS


El pasado domingo 07 de agosto, se celebró en Biescas (Huesca) una Eucaristía en memoria de las víctimas de la riada que arrasó el camping "Las Nieves" y acabó con la vida de 87 personas, el 07 de agosto de 1996 de las cuales 7 de ellas eran ingleses. La celebración que fue presidida por el obispo de la Diócesis de Jaca, Mons. Julian Ruiz Martorell y concelebrada por parte del clero de esta diócesis, a instancia de Mosén Ricardo Mur, párroco de Biescas, quiso tener un caríz ecuménico y así la Iglesia Anglicana de Zaragoza a través del Equipo Ecuménico Sabiñánigo fue invitada a participar en dicha celebración eucarística y así contó con la presencia y participación en la misma del reverendo Noel Antonio Díaz presbítero de la Iglesia Anglicana. 

Para la ocasión la Coral Santa Elena de Biescas preparó cantos únicos, inéditos e irrepetibles, ya que no volverán a interpretarse nunca más, para el recuerdo reproducimos ahora el canto final:

Junto a Ti, este siete de agosto
unidos queremos recordar
que esta vida simplemente es paso
paso firme hacia la eternidad

Recogidos nos damos la mano
una mano de fraternidad
reunidos en torno a tu mesa
nos has dado una eterna hermandad

Recordamos los que se marcharon
los que vienen y los que aquí están
todos juntos formemos un mundo
de esperanza, de amor y de paz

Cuando al fin nos recoja tu mano
y gocemos todos de tu paz
este agosto será un buen recuerdo
y juntos volveremos a estar


El Diario del AltoAragón en su edición del 08/08/2016 publicaba con referencia a estos cantos:

"La naturaleza siempre va a mandar", cantos inéditos "e irrepetibles"

Coral Santa Elena, autora de las piezas

HUESCA.- Al finalizar la liturgia oficiada por el obispo de Huesca-Jaca, Julián Ruiz Martorell, el párroco de Biescas, Ricardo Mur, explicó a los asistentes que las composiciones para la misa creadas e interpretadas por la Coral Santa Elena de Biescas eran alusivas a la riada, inéditas y, como el acto del 20 aniversario, irrepetibles.

El Canto de Entrada rezaba así: "Tras la tormenta la calma/ después de la guerra, paz/ la muerte lleva a la vida/ la vida, a la eternidad.

Han pasado veinte años/ y en Biescas, hoy nos reunimos/ aquí, delante de San Pedro/ que abre las puertas del cielo.

Ochenta y siete almas/ que vamos a recordar/ hoy a nosotros se unen/ trayendo serenidad, sosiego, fe y esperanza, que dan los años al pasar".

Durante la comunión, dos cantos. El primero: "Nace una flor/ donde un rayo cayó/ canta un grillo/ donde un trueno estalló/ tierra y piedra, resistieron allí/ donde un torrente todo lo arrasó.

El cielo se encapota/ se esconde triste el sol/ el viento se revuelve/ se forma un tormentón/ litros de agua de lluvia/ que corren sin mesura/ formando una corriente/ que es imposible poderla parar.

Veinte años/ son tiempo de rehacer/ lo que el agua, un día se llevó/ vidas nuevas, recuerdos con dolor/ se nos agolpan en el corazón.

Y será un monolito/ el que va a recordar/ que la tierra y la piedra/ nunca van a faltar/ la tierra como madre, la piedra la sostiene/ y en medio vive el hombre/ sujeto siempre a su ley natural".

El segundo tenía la siguiente letra: "1996/ 7 agosto, por la tarde fue/ un cielo que se abre enfadado/ truenos, rayos, torrente en Betés.

Fieras aguas que todo lo arrastran/ dejando muerte y devastación/ una huella que honda subsiste/ de impotencia, desesperación.

Son 87, ni menos, ni más/ cada uno su historia/ digna de escuchar/ son hijos, son madres/ padres, abuelos/ amigos, vecinos/ gente en vacación.

Es Biescas, la que se calla/ no hay palabras con qué hablar/ es Biescas la que recuerda/ hechos son de no olvidar/ Es Biescas, tiene una herida( cada agosto va a sangrar/ el recuerdo, las palabras/ las heridas guardará.

Rosas, siemprevivas, los recordarán/ siempre vivas, rosas, nunca han de olvidar/ la naturaleza, siempre va a mandar/ es el hombre chico en su inmensidad".

En el canto final, el último párrafo sintetizaba el espíritu de la celebración: "Cuando al fin nos recoja tu mano/ y gocemos todos de tu paz/ este agosto será un buen recuerdo y juntos volveremos a estar".

Parte de la intervención del Reverendo Noel A. Díaz





miércoles, 10 de agosto de 2016

ESPIRITUALIDAD DE LA COMUNIÓN



ESPIRITUALIDAD DE LA COMUNIÓN 

Un artículo de Juan Pedro Cubero Postigo

1.- ESPIRITUALIDAD UNIVERSAL 

El proceso de globalización y sus implicaciones 

No pocos pensadores contemporáneos sostienen que el siglo que ha comenzado se va a caracterizar por la espiritualidad. El proceso de unificación planetaria, que se basa en el fenómeno de la interdependencia creciente en todos los campos del quehacer humano, genera la "globalización" de la economía, de la política y de la cultura, de modo que tanto los problemas como las soluciones deben ser pensados y resueltos con la participación de todos. Además, este proceso de unificación se está acentuando profundamente, gracias a la revolución ‘telemática’ o de la Informática. Millones de personas se intercomunican gracias a las "autopistas telemáticas". Revolución que puede cambiar, y de hecho está cambiando, el estilo de vida y de trabajo, así como la misma organización social, política, cultural y aún religiosa 

Este proceso de globalización pone a la humanidad ante un desafío: o dejar que este dinamismo unitario se concentre cada vez más en pocas manos, a través de las luchas de poder de los "grandes de este mundo", o que sea, en alguna medida, un dinamismo participativo y democrático, determinado por la libre opción de la humanidad, mediante los Estados que la representan, en un contacto real y efectivo de sus gobernantes con sus puebles respectivos. En definitiva, se trata de ir determinando los fines y objetivos, los criterios y procesos, a través de los cuales ir construyendo la unidad planetaria, ‘la aldea global’, la casa común de la familia humana; no a espaldas de la humanidad y en beneficio de los poderosos, sino con la participación de todos y al servicio del bien común. 

El individualismo y la concentración de poder 

Desde otra óptica, debemos reconocer que el mundo actual necesita superar el individualismo exasperado y el ‘narcicismo’ (o ‘neopaganismo dionisíaco’, como lo está denominando algunos) tanto de personas como de grupos y naciones, generado por la primacía de los propios intereses, por la sociedad consumista y por ‘la cultura del bienestar. Individualismo, que en la práctica favorece sólo a los que detentan el poder y luchan por acrecentarlo, y que por eso mismo está por ellos favorecido y hasta promovido

De esta concentración de poder primordialmente económico y del sistema que lo favorece, dependen en gran medida los mayores problemas del mundo actual: las guerras, el hambre, la desnutrición, el aumento de la pobreza y de la miseria, las enfermedades endémicas, etc. “Los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres”. Los que deciden sobre el futuro del mundo son cada vez menos: y la inmensa mayoría de personas y pueblos son cada vez más dependientes. Desde esta perspectiva, creemos que hay que afrontar e interpretar, por una parte, la crisis actual de valores en nuestra sociedad, la crisis de la familia y de la juventud, el problema de la desocupación, etc.; y por otra, los problemas ligados al ambiente y a la ecología en general. 

Necesidad de una espiritualidad de las relaciones 

En esta situación de profunda crisis, la humanidad necesita cada vez más de una espiritualidad de las relaciones interpersonales y sociales ‑familiares, locales, nacionales, internacionales y planetarias‑ que canalice las enormes energías presentes en la humanidad de hoy, que provoque el desarrollo de sus inmensas potencialidades y las oriente a la construcción de un mundo en el que la convivencia social se funde en los derechos humanos, en la justicia, en la paz y en la salvaguardia de lo creado. 

Espiritualidad comunitaria 

La espiritualidad de las relaciones debe ser entendida y vivida no sólo en el ámbito de las relaciones individuales. De hecho puede ser insuficiente, si no la unimos a la dimensión comunitaria de esas mismas relaciones. En la práctica, al hablar de relaciones interpersonales y sociales podemos preguntamos ¿para qué relacionamos? 

Una primera respuesta puede ser ‘para estar juntos’. Pero sabemos que no basta el mero hecho de que varias personas ‘estén juntas’, pues pueden permanecer anónimas y extrañas unas a otras, como sucede por ejemplo en un tren. De hecho, es como un ‘conglomerado social’. 

Otra respuesta podría ser: porque ‘queremos estar juntos’; es decir, existe la voluntad de unirse porque hay algún interés que reúne a personas diversas, como en una sociedad anónima. En este caso, se puede estar juntos, pero sin compartir ni los deseos y sentimientos, ni los fines y propósitos. Es un ‘querer estar juntos’ o por mera complacencia, o por interés, o por necesidad…sin una verdadera relación interpersonal, y menos aún comunitaria. 

La autenticidad de las relaciones sólo puede darse en las relaciones comunitarias. Es decir, en las relaciones de un grupo humano, en el que se comparten - al menos en alguna medida - los fines, los propósitos, las metas, las experiencias y sentimientos, es decir, ‘el mismo querer’. Se trata, por tanto, de ‘querer juntos’. Es la ‘voluntad común’ que orienta a todos y a cada uno hacia metas comunes; que genera la solidaridad, la corresponsabilidad y la colaboración recíprocas, y suscita relaciones auténticas de diálogo, confianza, creatividad... Así, de ese ‘querer juntos’ nace una “comunidad”, que puede ser política, económica, científica, familiar, religiosa,... a nivel local, nacional, continental, mundial. De esta manera, la respuesta al ‘para qué’ de las relaciones da origen a tantas comunidades cuantos son los propósitos comunes. 

Desde este punto de vista, la humanidad hoy necesita de una espiritualidad comunitaria, precisamente porque en ‘esta época nueva de la historia’ necesita, como nunca, redefinir los fines y objetivos de la convivencia humana, así como los caminos para su consecución. Sólo entonces será posible converger, cooperar y dialogar con autenticidad. 

Espiritualidad de la Comunión 

Pero aún así, no es suficiente hablar de una espiritualidad comunitaria si a ello no se añade lo que en profundidad justifica la misma comunidad: la comunión en un mismo sentido de vida, es decir, en un mismo modo de ver, de ser y de actuar, que identifica a ‘esta’ comunidad y la proyecta hacia los demás, en respuesta a sus necesidades específicas. 

La verdadera comunión se da en ese ámbito en el que se juega la dirección, el sentido de la vida y de la acción del conjunto de las personas y de la misma humanidad. En realidad, la espiritualidad de comunión se expresa ordinariamente, de forma visible, en la comunidad, pero está abierta solidariamente a toda la humanidad. 

Unas preguntas, a modo de conclusión 

Aunque aquí no hemos entrado aún en un planteamiento explícito de fe de la comunión eclesial, podemos con todo preguntarnos ya: 
  • ¿En cuantos grupos humanos y aún eclesiales se viven verdaderas relaciones de comunión, en el diálogo y la comunicación de lo que constituye el sentido de vida de sus miembros? 
  • ¿Por qué con tanta frecuencia se llega sólo a trabajar juntos, sin compartir la vida, los ideales, las preocupaciones, las experiencias ... ? 
  • ¿Por qué hoy, que estamos siempre en relación, actuamos tantas veces como extraños los unos a los otros? ¿Por qué tan frecuentemente prevalece el interés sobre la cooperación y la solidaridad? 
  • ¿Por qué tantas veces soportamos las diversidades de todo tipo, o las vemos como ‘amenaza’, y no llegamos a asumirlas como riqueza de vida? ¿A qué nivel se dan realmente nuestras comunicaciones?... 
A nuestro parecer, el mundo de hoy, también el mundo eclesial y el mismo ‘mundo eclesiástico’, necesitan urgentemente de una espiritualidad de comunión, por la que se comparta de verdad un mismo sentido y dirección de vida y de acción. Espiritualidad de comunión, que haga de la naturaleza creada objeto de servicio y de contemplación, que vea y acepte al ‘otro - cualquiera que sea - en su originalidad y complementariedad, que suscite la comunicación de bienes materiales, espirituales y culturales, que haga de la ‘mundialidad’ la dimensión ordinaria de la vida personal y colectiva; y que tenga, como horizonte y sentido permanente de la vida y de la acción, el bien común universal. 


2.- ESPIRITUALIDAD ‘DE’ IGLESIA 

Comúnmente decimos que el Concilio Vaticano II fue un Concilio ‘pastoral’. Así se le ha llamado siempre desde su misma convocatoria. Pero para el Papa Juan XXIII se trataba de un Concilio, cuyo propósito fue encontrar el modo de transmitir al mundo contemporáneo la Verdad revelada, de la que la Iglesia es depositaria. Para Pablo VI, en cambio, el fin del Concilio fue de hecho ‘hacer’ una profunda meditación sobre la Iglesia, sobre su razón de ser en el mundo, sobre la necesidad de su renovación y reforma; y, consecuentemente, sobre la urgencia de unidad de los cristianos y la necesaria relación con las otras religiones; y todo ello, para el diálogo con el mundo (cfr. Juan XXIII, Discurso inaugural del Concilio; Pablo VI, Discurso inaugural de la 2ª fase)

De esa forma, de una visión relacionada más bien con la acción pastoral, se pasó a otra más centrada en el ser de la Iglesia: ‘Iglesia ¿qué dices de ti misma?’ (Pablo VI) La respuesta ya no se refería al simple modo de actuar, sino que constituía realmente una opción fundamental, que a su vez implicaba ‘un modo de ver y verse como Iglesia, un modo de ser Iglesia en el mundo y para el mundo’. Se hablaba así y se proponía de hecho una espiritualidad eclesial, la espiritualidad ‘de’ y ‘para’ la Iglesia como tal. 

La comunión, núcleo de la espiritualidad ‘de’ Iglesia 

Centro y núcleo catalizador de esta espiritualidad es la Iglesia como ‘Misterio de comunión’ (LG cap. 1) y como ‘Pueblo de Dios’ (LG cap. 2). “¿Qué significa la palabra compleja ‘comunión’?” Se preguntaba el mismo Sínodo y respondía:”Se trata fundamentalmente de la comunión con Dios por Jesucristo en el Espíritu Santo… En cuanto comunión con Dios vivo, Padre, Hijo y Espíritu Santo, la Iglesia es en Cristo ‘misterio’ del amor de Dios, presente en la historia de los hombres… Las estructuras y las relaciones de la Iglesia deben reflejar y expresar esta comunión” (Sínodo Obispos, 1985, 20º Aniversario de la Clausura del Concilio). Se trata, pues, de la Comunión Trinitaria vivida en el tiempo. Es, por tanto, un hecho teologal, que se da en la realidad y que acontece hoy. 

Este concepto de ‘comunión’ es ciertamente muy apto para expresar el núcleo más íntimo del misterio de la Iglesia. Los Hechos de los Apóstoles (2, 42-47) ofrecen con claridad los rasgos, los anhelos, los ideales fundamentales de los primeros cristianos, que se sentían unidos por especiales vínculos de comunión. Esos vínculos se manifestaban, según se desprende del texto citado, en los tres campos esenciales de toda vida y actividad cristiana: el profético-doctrinal, el sacerdotal- celebrativo-eucarístico y el ‘real’-caritativo-servicio. 

La eclesiología de comunión ha sido, y es considerada hoy, como la aportación conciliar más importante para la vida de la Iglesia y para la corresponsabilidad de sus miembros. Así no es extraño que en el Documento final del Sínodo Extraordinario de Obispos, antes citado, se diga que “la eclesiología de la comunión es una idea central y fundamental en los documentos del Vaticano II” (II C.1.) 

¿De qué comunión se trata? 

Ciertamente se trata de una comunión espiritual, con Dios “quien nos amó primero”, y al que se acoge por la fe, esperanza y caridad, como respuesta a ese amor-don de Dios. Es el encuentro -unión - entre Dios y el ser humano, hombre/mujer, vivido en la interioridad de la conciencia de cada persona. Por el bautismo la persona se configura inicialmente con Cristo, y es hecha hijo/a de Dios. Por ello, los cristianos entran en una ‘nueva’ relación con Dios y entre ellos, al ser poseedores de la misma y única vida de Dios, al ser y llamarse todos hermanos, nacidos “no de generación humana sino de Dios”, hechos uno en el Espíritu. 

Se trata de una comunión de fe, esperanza y caridad; de una comunión de fe, culto y misión, que es visible y que hace de las personas una comunidad presente en el mundo. La Iglesia, como decía Pablo VI, es una ‘realidad humana penetrada por la presencia divina’. Esta comunidad-Iglesia es orgánica, es decir, cada parte tiene su lugar y su función en y al servicio del conjunto; es una comunidad articulada análogamente a como lo es el cuerpo humano, orgánico. Por ello, con San Pablo, la Iglesia se define como Cuerpo de Cristo (cfr. LG 7; 8)

Esta comunidad orgánica es, al mismo tiempo, dinámica, es decir, tiene un inicio, un desarrollo y una maduración, cuya culminación se da sólo al final de los tiempos. Como realidad humana, la Iglesia debe caminar siempre en la humildad y en la pobreza; y aunque es santa, en virtud de la presencia de Cristo en ella, al mismo tiempo está siempre necesitada de reforma (LG 8; 9)

Espiritualidad nueva y ‘fundante’ 

La novedad de esta espiritualidad, en relación con la visión de los siglos pasados, está que el sujeto de la vocación a la santidad ya no es la persona individual “sin conexión alguna de unos con otros” sino la comunidad, es decir, las personas en cuanto miembros del Pueblo de Dios (LG 9). Es más, el objeto de la santidad de la Iglesia se realiza en las relaciones de caridad, en el don recíproco de sí para la construcción del Cuerpo de Cristo. La santidad está en la perfección de la caridad, en la comunión. Por eso, el fin de esta espiritualidad comunitaria no es la salvación individual ni la sola unidad de vida de la persona, sino la unidad de todos los creyentes, la unidad salvífica universal, que Cristo ha querido para su Iglesia, a ejemplo de la Trinidad, para que el mundo crea (LG cap. 2; Jn 17, 20-26)

Así, la espiritualidad de comunión aparece como la espiritualidad constitutiva del ser de la Iglesia en la historia y, por lo mismo, no reducible ni equiparable a una u otra de las diversas ‘espiritualidades’. Es una espiritualidad, que fundamenta (‘fundante’) las otras, ya que la unidad o comunión del Espíritu, que la constituye, precede ‘ontológicamente’ a todas las diversidades, que son también don del mismo Espíritu. Por eso, la espiritualidad de la comunión es el marco en el que se deben vivir todas las otras espiritualidades. La espiritualidad bautismal, eclesial, precede por tanto a toda otra espiritualidad. 

Espiritualidades ‘en’ la Iglesia 

La Iglesia en su interior siempre ha recono­cido diversas espiritualidades, entendidas como diversos modos o enfoques de vivir el Evangelio, de vivir según el Espíritu, acentuando uno u otro de los valores, que se convierte así en catalizador de todo/todos los demás. Este valor en torno al cual se sintetiza la vida evangé­lica, constituye el elemento determinante que da una peculiar luz, y sombra, a todas los componentes de la espiritualidad evan­gélica; por esto mismo, determina en las personas que la viven un modo de ver, ser y actuar peculiar (espiritualidad propia), en el marco de la Iglesia y al servicio del mundo. 

Estas diversas espiritualidades se han originado tanto por individuos como por grupos eclesiales, y normalmente se han expresado en corrientes de espiritualidad o en familias religiosas. En este sentido se habla en la Iglesia de la espiritualidad Franciscana, Benedictina, Dominica, Ignaciana.... o de una espiritualidad bíblica, litúrgica, misionera.... 

Para comprender mejor el sentido que tienen las espiritualidades ‘en’ la Iglesia, puede servirnos este ejemplo: “Puedes desmontar un reloj y analizar todas sus partes, pero de este modo jamás llegarás a saber la hora que es” (K Wilber). Las espiritualidades en la Iglesia son siempre ‘partes –carismas, dones, ministerios...- pero si no están integradas de forma armónica y coordinada en el conjunto eclesial, nos quedaremos sin saber, tanto los de dentro como los de fuera de la Iglesia, la ‘hora’ de Dios, Su paso, aquí y ahora. 

A modo de conclusión 

Estos horizontes espirituales y eclesiales de reflexión exigen de nosotros, y de toda la Iglesia, un esfuerzo permanente de profundización del 'misterio', que la constituye, y de renovación constante de las relaciones interpersonales y sociales, de forma que siempre estemos todos dispuestos a acoger gozosamente las diversas espiritualidades y, a la vez, a hacer todos los esfuerzos para que todas ellas converjan y manifiesten la única y común comunión de la Iglesia.

 
3.- ESPIRITUALIDAD ‘DE’ IGLESIA LOCAL 

La Iglesia local o diócesis 

"La diócesis es una porción del pueblo de Dios, cuyo cuidado pastoral se encomienda al obispo con la colaboración del presbiterio, de manera que, unida a su pastor y congregado por él en el Espíritu Santo mediante el Evangelio y la Eucaristía, constituya una Iglesia particular, en la cual verdaderamente está presente y actúa la Iglesia de Cristo una, santa, católica y apostólica" (Doc. Obispos, ChD 11)

A la luz de estas palabras del Concilio, los elementos constitutivos de la diócesis son cuatro: el Espíritu Santo como primer constructor de la Iglesia local; el Evangelio que es palabra y mensaje, práctica y comunión en un lugar concreto; la Eucaristía que manifiesta cómo la Iglesia es necesariamente local y también comunión de Iglesias; el ministerio pastoral, que preside la construcción de la Iglesia local y la incorpora visiblemente en la comunión de las Iglesias. Cuatro componentes, que hacen que la Iglesia de Dios ‘acontezca’ en las Iglesias locales como una y única Iglesia de Cristo, en comunión con las demás Iglesias presididas por el Obispo de Roma. 

Juan Pablo II nos lo recuerda: "La Iglesia particular no nace a partir de una especie de fragmentación de la Iglesia universal, ni la Iglesia universal se constituye con la simple agregación de las Iglesias particulares; sino que hay un vinculo vivo, esencial y constante que las une entre sí, en cuanto que la Iglesia universal existe y se manifiesta en las Iglesias particulares” (Encíclica sobre los fieles laicos, ChL 25)

Espiritualidad “de” Iglesia Local 

La espiritualidad eclesial o ‘de’ Iglesia se actualiza, se vive y se celebra en la Iglesia local. Ésta es la comunidad cristiana en la que se expresa, o debe expresarse en plenitud –aunque siempre relativa en el tiempo- la espiritualidad de la comunión. La Iglesia local, pues, es la ‘primera comunidad donde nos sentimos hijos y hermanos, donde nos sentimos amados por Dios y donde amamos en comunión a Dios’. Mediante ella participamos en la Iglesia universal. 

La espiritualidad ‘de’ Iglesia, por tanto, no se realiza ‘por encima’ de la Iglesia Local o Diócesis, porque en ese caso se diluye toda referencia a lo concreto: lugar, cultura, tiempo, es decir, posibilidad de encarnar el amor de Dios en la existencia de los seres humanos. Esta espiritualidad comunitaria tampoco se da plenamente ‘por debajo’ de la Iglesia local –parroquias, comunidades eclesiales...- porque reducida sólo a esos ámbitos no es verdadera comunión eclesial. 

Por eso podemos afirmar que ‘la espiritualidad de comunión’ es espiritualidad ‘de’ Iglesia local. Esta afirmación constituye un descubrimiento, podríamos decir, ‘copernicano’, pues cambia radicalmente la visión y práctica de la espiritualidad. De hecho, transforma todas las relaciones ‑interpersonales y estructurales‑ tanto en la comunidad diocesana y en la Iglesia universal, como en su relación con el mundo. 

Esta identificación de la Iglesia local con la espiritualidad de comunión pone a los cristianos ante un desafío fundamental: concebir y vivir su vocación a la santidad ‘dentro del’ Pueblo de Dios, llamado como tal a la santidad. Es vocación personal, vivida ‘en comunión’; es vocación personal, que nace y se alimenta de Cristo vivido en la Iglesia Local. Es vocación personal, que se desarrolla en la medida en que ‘se da la vida’ por la edificación del Cuerpo de Cristo – que de hecho es esa misma Iglesia local - para que ella sea “signo e instrumento de comunión en el mundo”, junto con las otras Iglesias locales. 

Si ésta es la espiritualidad de todo bautizado, con más razón es la espiritualidad propia del Obispo, de los presbíteros y de los diáconos, puesto que en ella ‘se juega’ su identidad y ministerio presbiteral: ser signo e instrumento, sacramento de comunión en/del pueblo de Dios, dando la vida para que este Pueblo sea, cada vez, más ‘de’ Dios y Él sea siempre Señor de su pueblo; y, así, sea signo de la comunión a la que está llamada toda la humanidad. 

Vivir la corresponsabilidad 

Desde esta visión de la Iglesia y de la espiritualidad, todo bautizado está llamado a la participación y a la corresponsabilidad en la vida y misión de la Iglesia local. Esto quiere decir que debe integrarse dinámicamente en los tres ‘momentos’ en los que se realiza toda comunidad. Por eso, el Concilio resalta con fuerza que “ sin la participación de los laicos no hay verdadera Iglesia ni ésta puede ser signo perfecto de Jesucristo entre los hombres” ( Doc. Misiones, AG 21) 

El primero de esos momentos en que ‘se hace y se realiza’ toda comunidad, se relaciona con la búsqueda de la voluntad de Dios por parte de la Iglesia local. En esa búsqueda, todos los bautizados se relacionan en términos de "igual dignidad" (LG 32), por ser todos hijos de Dios, todos discípulos del único Señor. Es el momento de la reflexión, de la comunicación espiritual, del análisis, de la elaboración de las propuestas, de la planificación. Y debe hacerse en comunión participativa y corresponsable. 

El segundo ‘momento’ es el de la toma de decisiones, en el que todos los bautizados deben ser y sentirse de verdad corresponsables, según los dones, crismas y ministerios de cada uno. Es el momento en el que se realiza la distinción o misión de la jerarquía: es el obispo, con su presbiterio, el que ha recibido el ministerio de la unidad. A esta unidad están llamados a servir los ministros ordenados mediante la promoción de procesos de discernimiento, de convergencia y de consenso, de modo que el obispo (o el presbítero) pueda en definitiva decir como los apóstoles: "Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros..." (Hch 15, 28). Así, la decisión final del Obispo (o del presbítero), antes de ser un acto jurídico, es un acto teologal de comunión y confirmación de cuanto el Espíritu ha manifestado a través de la comunidad diocesana (o, análogamente, la parroquial). 

El tercer ‘momento’ es el de la actuación orgánica y coordinada, que pone a todos los bautizados en condiciones de obediencia a lo decidido, con la participación de toda la comunidad. De hecho, es la obediencia a la Iglesia local y no ya a una persona. Obediencia ‘activa y responsable’, como dice repetidamente el Concilio, que se expresa tanto en la animación y conducción de la comunidad en su esfuerzo por aplicar lo decidido, como en la actuación responsable de lo que corresponde específicamente a cada uno ‑persona u organismo‑ en un todo orgánico y coordinado 

La espiritualidad de comunión y los métodos 

La espiritualidad de comunión, consecuentemente, genera y exige también los esfuerzos y los métodos adecuados, que permitan a todos los bautizados una participación y corresponsabilidad real y eficaz, en la edificación de la Iglesia Local, del Cuerpo de Cristo. Esta exigencia, por tanto, es también parte integrante de la espiritualidad y, con frecuencia, ‘test’ o prueba de su autenticidad. 

A modo de conclusión 

Juan Pablo II nos llama a “hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión, como el gran desafío que tenemos en el milenio que comienza” (NMI 43) ¿Qué estamos haciendo en concreto para responder a este ‘reto’? ¿Estamos dispuestos, con la ayuda del Espíritu, a dar la vida por Cristo en la edificación de esta Iglesia Local, teniendo siempre delante el horizonte de la Iglesia universal? ¿Estamos realmente dispuestos a empeñar todas nuestras energías en la renovación de nuestras relaciones en la Iglesia local, caminando siempre hacia metas ulteriores de unidad? ¿Estamos dispuestos a gastar la vida para que la Iglesia Local sea realmente signo de comunión para nuestra sociedad?. 


4.- EDIFICAR EL BIEN COMÚN 

El bien común, deber social 

Vivimos en un mundo contradictorio. Mientras, por una parte, se multiplican los esfuerzos por crear espacios de cooperación y de colaboración entre países y a escala mundial, por otra, las relaciones económicas están determinadas por un sistema de competición en el que prevalece el lucro, a costo de eliminar a los débiles. Este tipo de relación económica, al menos en una gran medida, se está imponiendo como mentalidad en todos los sectores de la vida social. Se corre así el riesgo de perder el sentido del bien común, cosa que todos, personas y grupos sociales, tenemos que procurar. 

“La interdependencia, cada vez más estrecha, y su progresiva universalización hacen que el bien común –esto es, el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección- se universalice cada vez más e implique, por ello derechos y obligaciones que miran a todo el género humano” (GS 26)

El bien común de una comunidad, grande o pequeña, consiste en el bien de cada uno pero en tanto y en cuanto está en relación con los otros y por lo mismo en el horizonte del bien de los otros, de su realización plena. Al mismo tiempo, cada grupo e institución debe procurar este bien común en el horizonte del bien común universal. De lo contrario se podrían producir, como de hecho se producen, desigualdades entre los que ‑ personas, grupos y pueblos ‑ reciben mucho y los que les falta aún lo necesario. 

Bien común y espiritualidad de comunión 

El bien común, pues, corresponde a cuanto nos pide el Evangelio acerca del "amor mutuo" y de la opción preferencial por los pobres. El bien común a partir de la fe y procurado en nombre de ella, como Iglesia, consiste en la realización de las personas de acuerdo con su dignidad de hijos de Dios, de hermanos en Cristo, de Cuerpo de Cristo, a partir de los más débiles. 

La espiritualidad de la comunión quiere que la Iglesia viva como "misterio y sacramento", realidad espiritual y visible, comunidad de fe, esperanza y caridad. No busca el crecimiento institucional sino la orientación de todo lo institucional a la realización más acabada del "misterio", el de la Iglesia como "sacramento de la unidad del mundo" (cfr LG l). Querer vivir a partir de los más pobres y débiles es un compromiso fundamental de la espiritualidad de comunión. Se trata de discernir y elegir aquello que ayuda a las personas, grupos e instituciones eclesiales a crecer en el cuerpo que es la Iglesia y al mismo tiempo como Iglesia y para su edificación en la unidad, la que Cristo ha querido para la conversión del mundo (cfr Jn 17)

La globalidad 

La primera exigencia para edificar el bien común es la de tener conciencia de que todos los seres humanos pertenecernos al mismo tiempo a diversas comunidades: familia, barrio, comunidad eclesial, ciudad, diócesis, nación, continente, Iglesia católica y cristiana, mundo. Esta pertenencia simultánea a realidades diversas nos indica un primer criterio moral y de acción, como lo expresa el mismo Vaticano II: “Todo grupo social debe tener en cuenta las necesidades y las legítimas aspiraciones de los demás grupos; más aún, debe tener en cuenta el bien común de toda la familia humana” (GS 26). No basta que una cosa sea buena en sí misma para que sirva al bien común sino que debe expresar aquella caridad por la que mientras se sirve a algo inmediato y delimitado, se está sirviendo al mismo tiempo al bien universal de la Iglesia y del mundo. 

Esto exige, a su vez, superar todas las visiones parciales y limitadas para acercarnos a una visión global cada vez más amplia y profunda de la realidad: en su complejidad, en la interconexión e interdependencia de sus diversas partes, en su organicidad dinámica. Esto, en una Sociedad donde la formación y la vida se realiza en "compartimientos estancos", constituye un cambio radical de mentalidad, un esfuerzo solidario. 

La disponibilidad 

La visión global, para ser sincera y responder a una voluntad efectiva, debe ir unida a la disponibilidad por superar toda forma de enclaustramiento egoísta -personal o de grupo-, sectarismo, nacionalismo, racismo; disponibilidad a integrarse con quienes honesta y legítimamente buscan, quieren y tratan de realizar el bien común; disponi­bilidad a asumir métodos e instrumentos que facilitan el discernimiento, elección y realización del bien común. He aquí un segundo criterio moral y de acción que amplía el de los romanos: “el bien universal de la humanidad es la suprema ley"; desde la fe dicha disponibilidad consiste, tal como nos aconseja Jesús, en ofrecerse y ofrecer lo propio por el bien de los otros: “si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame" (Mt 16,24). Hacer de esto el criterio moral determinante de las relaciones sociales y eclesiales es hacer una revolución que abarca todas las dimensiones de la vida social. 

Se trata de renunciar a todo lo que puede dividir, parcializar, dispersar, aislar para concentrar las propias energías personales, de grupo o institución allí donde estamos para que, en lo concreto y delimitado, demos una respuesta coherente para el mayor bien de la Iglesia y del mundo. En este esfuerzo por la realización plena de los demás mediante el don de sí, consiste la propia realización como personas y como grupos o instituciones. Es en esta lógica y actitud pascual que adquiere sentido pleno cuanto Cristo nos ha dicho "el que pierda su vida por mí, la encontrará" (Mt 10,39). Es la lógica de la cruz, camino a la resurrección. 



5.- HACIA LA UNIDAD DEL PADRE Y DEL HIJO Y DEL ESPÍRITU SANTO 

Dios comunión nos hace comunión 

La espiritualidad de la comunión tiene su principio y hunde sus raíces en el misterio fontal y fundante de la comunión Trinitaria. Dios quiere comunicarse (Ef 1), por un acto de amor, de voluntad libérrima y misteriosa, de bondad y sabiduría (LG 2; AG 2). Dios Padre ha querido, por Cristo y con el Espíritu, revelarse a sí mismo y manifestar el misterio de su volun­tad (cfr.DV 1.8‑9), y hacer participe de su vida a la humanidad (DV 2), constituyendo un pueblo congregado en la unidad (GS 13.24; LG 9)

H. de Lubac dijo acertadamente, que “la Iglesia es una misteriosa extensión de la Trinidad en el tiempo, que no solamente nos prepara a la vida unitiva, sino que nos hace partícipes de ella”. Y, mucho antes Tertuliano formuló así la dimensión trinitaria de la Iglesia: “Donde están los tres, es decir, el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, allí está la Iglesia, que es el cuerpo de los tres”. 

El mismo Juan Pablo II nos recuerda recientemente: Espiritualidad de la comunión significa ante todo una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en rostro de los hermanos que están a nuestro lado” (NMI 43) 

La comunión como tarea 

La cuestión es ¿cómo vivir, entre nosotros, en nuestra diócesis, en nuestro presbiterio, nuestra parroquia..., la comunión a imagen de la Trinidad?. La iniciativa es de Dios que se nos da, pero tiene necesidad de nosotros para que sea visible su amor en la humanidad. La comunión, pues, debe tener una dimensión externamente constatable, –como ha pedido el mismo Jesús- ha de convertirse en signo de su misión para que el mundo crea (cfr. Jn 17, 23), y a la vez debe de ser una comunión espiritual, realizada en el plano del espíritu: unión de corazones y de mentes. 

Debe ser, pues, una comunión visible, bien observable, tan acentuada y significativa que impresione hasta llegar -a los de fuera y a los de dentro- a cuestionarse ¿qué tipo de gente son estos que viven así tan unidos? ¿cómo siendo tan diversos se comportan tan unidos? ¿qué es lo que realmente les une? 

Es el Espíritu de Jesús el que obra, por voluntad del Padre, en nosotros la unión, aunque no sin nosotros. La comunión es don, pero es tarea, es ascesis, es esfuerzo que tenemos que hacer, renuncias que hay que realizar... para poder converger, integrar las diversidades, acoger los carismas, agradecer los dones de los otros... No es un camino fácil, pero es posible. 

Dinámica para vivir la comunión Trinitaria 

a) Unidad en el BIEN – unidad de corazones: 

La primera forma, y exigencia, de semejante comunión, conforme al último deseo del Señor, es la unidad en el querer, la unidad de corazones. Esta unidad es indispensable para la unidad en la verdad. La unidad de los corazones debe preceder a la unidad de las mentes. “Hay que buscar y encontrar la verdad en la caridad “ (Ef 4, 15). Es interesante observar cómo la palabra que expresa la íntima unión de los seres humanos está tomada precisamente de la voluntad y no del pensamiento: con-cordia. 

La base, pues, de toda comunión radica en la proximidad de los corazones que no es un simple estar juntos –conglomerado-, ni querer estar juntos –sociedad anónima-, sino “querer juntos”, unidos en la misma voluntad, la de Dios, que juntos buscamos, acogemos, decidimos, vivimos y revisamos. Esto se manifiesta sobre todo en el lenguaje no verbal, de gestos, de actitudes que expresan nuestra manera de ser ante el otro. 

Esto exige la ascética del bien común, del vivir con humildad y entrañas de misericordia, sintiendo todos una misma cosa, teniendo una misma caridad, un mismo espíritu, unos mismos sentimientos (Fil 2, 1-4). Muchos conflictos provienen del contraste de opiniones emitidas con agresividad, orgullo, imposición, choque de intereses. Para superar los conflictos es necesario purificar los afectos interesados, todo apego a lo particular, que sea incompatible con el bien común, con la volunta de Dios. Hay que subordinar constantemente toda unidad parcial, ya lograda, a una unidad más amplia que aún se ha de alcanzar, teniendo siempre como horizonte “la unidad de la Trinidad”. 

b) Unidad en la VERDAD – unidad de mentes: 

Otra dimensión de la unidad es la unidad en la Verdad, que ha de descubrirse en común, con la colaboración leal y recíproca de todos. Se trata de acercarnos, gradualmente, a un profundo acuerdo de criterios y a un enriquecimiento mutuo de ideas verdaderas, entre los que se aman con ese amor de benevolencia y concordia. En la media en que crezcamos en ese intercambio de verdades, iremos siendo “uno” en Jesús, que es la Verdad (cfr. Jn 14, 6). 

Esto exige la ascética del diálogo: saber situarse ante la Verdad, acogerla, venga de donde venga; saber morir a la suficiencia y al orgullo, personal y/o grupo; saber doblegar cuerpo y espíritu en todos sus afectos desordenados, para poder conocer y reconocer la verdad con prontitud, aunque venga de quien menos lo esperamos. 

La aspiración debe ser la misma en todos: reconocer y servir a la Verdad, lo que supone ayudarnos mutuamente a descubrirla, para eso tenemos que ir “desarmados”, sin querer vencer, sin prejuicios ni deseos de imponerse. Esto no es debilidad, sino dominio de sí mismo, libertad interior. 

c) Unidad en la ACCIÓN – promoción de la justicia y la paz

La injusticia, con sus secuelas de desigualdad, dependencia, pobreza, marginación y exclusión, es, sin duda alguna, el problema, por excelencia de la humanidad en nuestros días. Lo es por la magnitud, por su extensión y por sus consecuencias imprevisibles para el futuro mismo de la humanidad. 

Además, una situación de injusticia como la que vivimos afecta de forma directa a la imagen y comprensión de Dios como comunión de amor. Un Dios ajeno a la situación de injusticia no tendría nada que ver con el Dios de Jesucristo, que ha hecho de los hermanos, y en especial de los pobres, el sacramento por excelencia de su presencia, el lugar privilegiado del encuentro con Él: “porque tuve hambre ... tuve sed...” (cfr. Mt 25, 35); que ha hecho de la buena nueva a los pobres y de la superación de los males que los afligen la señal incuestionable de la presencia del Reino de Dios: “... los ciegos ven, los cojos andan... y a los pobres se les anuncia la buena noticia” (Lc 7, 22)

Los cristianos, que estamos llamados a construir la comunión desde el horizonte de la Trinidad, no podemos vivirla sin que nos importe la situación de los “otros”, los diferentes, los excluidos, los de otro continente, los de otra religión... 

Esto nos exige recuperar la capacidad humanizadora, la dimensión social de la fe cristiana. La comunión auténticamente cristiana se hace misión, es decir, la vivimos como preocupación, solidaridad, lucha y proximidad “por todo hermano”, especialmente por el que menos puede, sabe y tiene.. 


6.- LA IGLESIA, TESTIGO DE COMUNIÓN

Introducción: (1 Jn 1, 1-4)

Importancia primordial del testimonio

“... para la Iglesia el primer medio de evangelización consiste en un testimonio de vida auténticamente cristiana, entregada a Dios en una comunidad que nada debe interrumpir y a la vez consagrada igualmente al prójimo con un celo sin límites. El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan...” (EN 41) 

“... Tácitamente o a grandes gritos, pero siempre con fuerza, se nos pregunta: ¿Creéis verdaderamente en lo que anunciáis? ¿Vivís lo que creéis? ¿Predicáis verdaderamente lo que vivís? Hoy más que nunca el testimonio de vida se ha convertido en una condición esencial con vistas a una eficacia real de la predicación” (EN 76)

Sentido del testimonio

A) 1 Jn 1, 1: 
  • testigo es el “ve” a alguien, “ve” algo. 
  • la Iglesia llamada a “ver”, experimentar a Cristo y la fuerza de su Resurrección... 
  • la Iglesia llamada a anunciar “lo que vive y toca con sus manos” 
Esto constituye su misma razón de ser. Para esto ha sido y es convocada y enviada en todo tiempo y lugar. 

B) EN 21: 

“La Buena Nueva debe ser proclamada, en primer lugar, mediante el testimonio. Supongamos un cristianos o un grupo de cristianos que, dentro de la comunidad humana donde viven, manifiestan su capacidad de comprensión y de aceptación, su comunidad de vida y de destino con los demás, su solidaridad en los esfuerzos de todos en cuanto existe de noble y bueno. Supongamos además que irradian de manera sencilla y espontánea su fe en los valores que van más allá de los valores corrientes, y su esperanza en algo que no se ve ni osarían soñar. A través de este testimonio sin palabras, estos cristianos hacen plantearse a quienes contemplan su vida interrogantes irresistibles ¿Por qué son así? ¿Por qué viven de esa manera? ¿Qué es o quién es el que los inspira? ¿Por qué están con nosotros?...” (EN 21) 
  • El testimonio comporta presencia, participación, solidaridad, testimonio no sólo personal, sino también y sobre todo comunitario 
  • Llamados a ser testigos. 
  • Pentecostés: los apóstoles testigos de una hecho vivido. 
a) La Iglesia – Testigo de comunión: 
  • de la unidad salvífica universal, de la nueva humanidad; 
  • en la medida en que se edifica a si misma en la unidad; 
  • en tensión permanente entre unidad y diversidad; 
  • como primer servicio al mundo: es posible vivir lo que cree. 
b) Testigo de la fuerza del “no poder“: 
  • Libre frente a los poderes políticos. 
  • Libre frente a los poderes económicos. 
  • Pobreza-humildad institucional: 
         - del no poder = Iglesia humilde, 
         - no clerical = Iglesia discípula, 
         - no uniforme = Iglesia diversificada, pluralista 
         - no estática = Iglesia que acontece y se encarna en cada tiempo y lugar. 

c) Testigo del Mundo que viene: 
  • Urgencia y anticipación profética. 
  • Diversos modos de profecía: 
         - anuncio-denuncia 
         - contestación, 
         - propuesta 
  • Testigo del más y mejor que está por venir. 

7.- IGLESIA, SIERVA DE COMUNIÓN
  • Parte no de lo que ella piensa y quiere, sino de la voluntad de Dios descubierta en los signos de los tiempos.
  • El mundo no es simple destinatario de la acción de la Iglesia, sino que es el ámbito en el que el Señor, a partir de la profundidad de la situación, pide un determinado servicio.
  • La Iglesia restituye al mundo aquello que ella ha descubierto como signo de la presencia de Dios en él.
  • La Iglesia no da a Dios al mundo como si Él no habitase en el mundo, sino que ayuda al mundo a reconocerlo presente y operante dentro de él mismo.
  • La Iglesia se hace signo y profecía interpretativa del mundo.
  • La Iglesia sirve a la humanidad en la toma de conciencia de Dios presente y operante en ella.

Los servicios que la Iglesia ofrece al Mundo:

A las personas:
  • Les revela el sentido de su vida, su verdad profunda.
  • Defiende la dignidad de la persona humana.
  • Promueve los derechos humanos.
A la sociedad:
  • Contribuye a la construcción de la sociedad humana.
  • Reconoce cuanto hay de bueno en el crecimiento hacia la unidad, en el proceso de socialización y de interrelación civil y económica.
  • Sirve a la unión entre las comunidades locales y las nacionales.
  • Promueve cuanto de bueno y justo hay en las instituciones que se dan en la humanidad.
A la actividad humana:
  • Mediante los cristianos (GS 43):
       - En la unidad de la vida de fe y de los compromisos temporales,
       - Asumiendo la propia responsabilidad en las actividades humanas,
     - Viviendo la diversidad de soluciones posibles en espíritu de diálogo, de caridad recíproca y buscando el bien común.
  • Mediante los obispos y junto con todos (sacerdotes-religiosos-laicos. GS 43).
     - Predicar el evangelio para que se empapen de él todas las actividades humanas;
    - Testimoniar con la presencia los valores de los que el mundo tienen necesidad;
       - Dialogar con el mundo.

Conclusión:

La pastoral de la Iglesia -en su acción, en sus gestos y lenguajes- es un modo de vivir en el mundo y para el mundo: el del servicio. 














Juan Pedro Cubero Postigo
Sacerdote católico romano
Segovia