Todos juntos
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jueves, 26 de enero de 2017

QUÉ NO ES LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS


Qué NO ES la unidad de los cristianos.

por Enric Ainsa, אחא (ahad = ministro ordenado de la CEC-Masvidal)
Comunidad Ecuménica Cristiana Jaume Mavidal


En plena Semana Internacional dedicada a la Oración por la Unidad de los Cristianos, tal vez no sea un buen momento para este artículo; no obstante espero que se entienda que está motivado desde un espíritu centradamente ecuménico, que intenta ser fiel a Dios Espíritu Santo, y que tiene vocación de denuncia profética.

Si bien este año todo está tomando tintes de ecumenismo a partir del 500º aniversario de la Reforma Protestante, se me hace extraño que la iglesia Católico-Romana haya tomado el abanderamiento de organizar conferencias y explicar ella (y no el mundo protestante) lo que fue y lo que representó la ruptura de Lutero. Además, percibo una serie de consignas en esta voluntad inusual de los católicos en explicarlo a los fieles: suelen afirmar que finalmente se trataba de un problema político y de poder, de denunciar unos abusos humanos por parte de la Curia romana, añadido a que Lutero nunca quiso romper la Iglesia. De hecho, la parábola del ‘Hijo Pródigo’ que se usa en la liturgia de estos días, sirve para que los despistados puedan reconocer quién fue el que se marchó de casa y quién debe volver arrepentido a ella. También es significativa la persistencia de la institución eclesial de Roma en trabajar esa llamada a la reconciliación, con un trato especialmente enfocado a anglicanos y a luteranos, sin hacer explícito el motivo principal de su reduccionismo ecuménico, a saber, que la iglesia Católica sólo reconoce en estas denominaciones protestantes la sucesión apostólica y la validez de los sacramentos.

Creo que si bien han hecho falta 500 años para que el catolicismo oficial llegara a entender y decir que Lutero fue un “testimonio del Evangelio”, creo que hará falta algo más que otros 500 años más para que lleguen a entender y a defender lo que realmente fue la Reforma. Por mi convicción profunda en las verdades evangélicas rescatadas por la Reforma protestante, no obstante, no sería yo capaz de hacer proselitismo con mis hermanos católicos, porque… Sé que necesitarán 500 años más para entender que si la resurrección de los muertos será en el último día, la comunión de los santos no es subirlos al altar como intercesores. Necesitarán esos 500 años más para entender que todos somos sacerdotes y que no es cierta la discriminación levítica entre sacerdocio ministerial y el del común de los fieles, y ver que esto no es más que un secuestro véterotestamentario de la Gracia de Dios, usurpando el papel de Cristo como único y eterno sacerdote, del que en cambio somos revestidos todos (sin excepción) por el bautismo. También necesitarán esos 500 años para comprender que los dogmas proclamados unilateralmente sobre la Virgen María ponen en divorcio la fe de los Apóstoles con la fe de un católico actual. Cómo esos 500 años más serán necesarios para desenmascarar que el purgatorio es sólo un invento para tener beneficio económico aun hoy en día, con el pago de misas y otras dispensas. Y otra vez esos 500 años de más para preguntarse cómo puede colocarse la autoridad de un obispo de Roma por encima de la autoridad del Nuevo Testamento, llamándolo “magisterio y tradición”. Y esos 500 años, por su puesto, para superar la falacia defendida de una iglesia apostólica, y entender de una vez que tal iglesia se basa en compartir la fe de los apóstoles y no la fe en los apóstoles y en la transmisión legalista de su ministerio: puedan así desistir de seguir proclamando su legitimidad frente a otros, en base a una sucesión por imposición de manos propia de unos líderes y unas instituciones judaizantes… Pero sobre todo y por encima de lo expuesto, yo sé felizmente y con profunda alegría que mis hermanos los católicos, hace 500 años y dentro de 500 años, ahora, antes y siempre, son y serán salvos por la fe.

La Reforma no fue un conflicto político ni de poder. Fue un conflicto doctrinal, y hay que decirlo alto y claro. Lutero y los reformadores vieron cómo la Iglesia de Cristo se había alejado tanto de su cabeza que habían traicionado el mensaje de Salvación de la Obra redentora de Dios para con el ser humano. Estas verdades de la Reforma a menudo las olvidan incluso muchos protestantes, que caen en los vicios que en su tiempo Lutero denunció de Roma, fomentando el institucionalismo como modelo de iglesia en lugar de fomentarla como asamblea del Pueblo de Dios.

Lo cierto es que jamás me hubiera creído capaz de afirmar lo que diré a continuación: es tan insospechable la acción del Espíritu Santo que, justamente hoy que algunas instituciones religiosas quieren reencontrarse sin perder el control y dominio salvífico desde sus estructuras (católico-romanos, anglicanos, luteranos…), Dios Espíritu Santo fomenta la aparición de denominaciones carismáticas y pentecostales (tanto en el lado católico como en el lado protestante) las cuales jamás podrán ser controladas ni encasilladas ni reprimidas por las instituciones eclesiales oficiales. Hoy más que nunca, el cristianismo avanza (¡y mucho!) fuera de las “iglesias oficiales”, como promesa de libertad y de salida del cautiverio que el Evangelio ha sufrido en esas instituciones durante su historia. La estructura eclesial oficial, del color que sea, que hoy no reconoce la legitimidad y la validez de esas iglesias y comunidades extra muros, tal vez tenga que enfrentarse al juicio teleológico de un Dios el cual tampoco la reconocerá a ella ni a los que la han promovido.

En la historia de la Iglesia de Cristo, cuando sus instituciones han estado unificadas, es cuando el exceso de poder humano ha permitido atentar contra lesa humanidad. ¿Por qué se desea y se pide que oremos por la unidad institucional de la Iglesia? La Iglesia ya está unida por su única cabeza: Cristo. Es Él su unidad y no la unificación de las diferentes denominaciones: no verlo es no entender la Iglesia con mayúsculas. La comunión en la Iglesia universal de Cristo, de las iglesias locales (de cualquier denominación, con pluralidad y multiformidad de dones), es la auténtica y necesaria unidad y ecumenismo: que todos podamos orar juntos cuando nos apetezca, siempre que lo hagamos al Dios de Jesucristo, al Dios Trinitario. Esa es la unión: Cristo; y no que todos obedezcamos a un señor de carne y hueso al que le llamemos ‘su santidad’, cuando sólo Dios es y puede ser llamado santo. Hablar y querer una unidad institucional en lugar de querer y hablar de la unión carismática y de misión de toda comunidad cristiana, precisamente en estos tiempos difíciles en que las instituciones eclesiales pierden el apoyo popular, eso sí que es un tema de luchas políticas y de poder, venga de católicos, de protestantes o de ortodoxos ‘oficiales’.


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2 comentarios:

  1. Profundo y reflexivo artículo. Gracias Enric y gracias al administrador del blog por publicarlo.
    Un abrazo!

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  2. De nada Antonio, gracias por tu comentario.
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