Todos juntos
Un espacio propuesto por EQUIPO ECUMÉNICO SABIÑÁNIGO

jueves, 27 de agosto de 2020

AMA Y DILO CON TU VIDA

Reproducimos la Carta de Taizé 2.002 del Hermano Roger, donde disfrutamos de su lectura y reconocemos el Amor de Dios.

AMA Y DILO CON TU VIDA 

Carta del Hermano Roger, Prior de Taizé
Carta 2002 

Hoy más que nunca se alza una llamada a abrir caminos de confianza hasta en las noches de la humanidad. ¿Presentimos esta llamada?

Los hay que, por el don de sí mismos, dan testimonio de que el ser humano no está abocado a la desesperación. ¿Somos de éstos? 1

Una urgencia que viene de las profundidades de los pueblos: ir en socorro de las víctimas de una pobreza que conoce un continuo crecimiento. 

Ésta es una necesidad fundamental en vistas a una paz sobre la tierra.

El desequilibrio entre la acumulación de las riquezas de un cierto número y la pobreza de multitudes es una de las cuestiones más graves de nuestro tiempo. ¿Haremos todo lo posible para conseguir que la economía mundial aporte soluciones?

Ni las desgracias, ni la injusticia de la pobreza vienen de Dios: Dios sólo puede dar su amor. 2

Y hay un súbito asombro al descubrir que Dios mira a todo ser humano con una infinita ternura y una profunda compasión. 3

Cuando comprendemos que Dios nos ama, y que ama hasta al más abandonado de los humanos, nuestro corazón se abre a los demás, nos volvemos más atentos a la dignidad de la persona humana y nos preguntamos: ¿cómo preparar caminos de confianza sobre la tierra? 4

Aunque estemos despojados de todo, ¿no somos llamados a transmitir, por nuestras vidas, un misterio de esperanza a nuestro alrededor? 5

Nuestra confianza en Dios es reconocible cuando se expresa por el simple don de nuestras propias vidas: es ante todo cuando se vive que la fe se hace creíble y se comunica. 6

La presencia de Dios es un soplo que llena todo el universo, es un impulso de amor, de luz y de paz sobre la tierra.

Animados por este soplo, somos conducidos a vivir una comunión con los demás, 7 y somos llevados a realizar la esperanza de una paz en la familia humana... ¡Y que ella irradie a nuestro alrededor! 8

Por su Espíritu Santo, Dios penetra en nuestras profundidades, Él conoce nuestro deseo de responder a su llamada de amor. Así podemos preguntarle:"¿Cómo descubrir eso que Tú esperas de mí? Mi corazón se inquieta: ¿cómo responder a tu llamada?"

En el silencio interior, esta respuesta puede surgir: "Atrévete a dar tu vida por los demás, allí encontrarás un sentido a tu existencia."
Llegaremos, quizás, a decirle a Dios:

"Los días pasan y no respondía a tu llamada. Hasta llegué a preguntarme: ¿tengo verdaderamente necesidad de Dios? Indecisiones y dudas me hacían alejarme de Ti.

Y sin embargo, incluso cuando me creía lejos de Ti, me esperabas. Me tenía por abandonado, y Tú estabas tan cerca de mí.

Día tras día, renuevas en mí una espontaneidad para sostenerme en un sí a Cristo. Tu mirada de comprensión hace posible que este sí me lleve hasta el último aliento."

La fidelidad de toda una vida supone una atención constante.

A lo largo de la existencia, el Espíritu Santo atraviesa nuestras noches interiores y una transfiguración del ser se realiza poco a poco. 9

En un mundo donde las novedades tecnológicas provocan un desarrollo jamás antes conocido, es importante no ignorar las realidades fundamentales de la vida interior: la compasión, la sencillez del corazón y de la vida, la humilde confianza en Dios, la alegría serena... 10

El Evangelio despierta a la compasión y a una infinita bondad del corazón. Éstas no tienen nada de ingenuas, pueden exigir una vigilancia. Conducen a este descubrimiento: buscar hacer felices a los demás nos libera de nosotros mismos.

Y una mirada de amor permite discernir la bondad del alma humana.

La sencillez de nuestro corazón y de nuestra vida nos lleva lejos de los caminos sinuosos donde se extraviarían nuestros pasos. 11

Lo que más nos sorprende en el Evangelio es el perdón, el que Dios nos da y el que nos invita a darnos los unos a los otros. Incluso abatido y maltratado, Jesucristo no amenazaba, perdonaba.12 Viviendo en Dios, nunca deja de ofrecer la libertad del perdón.

En Dios, ninguna voluntad de castigo.

Por su perdón, Él borra lo que está herido en nuestro corazón, a veces desde la infancia o la adolescencia.

Confiarle todo a Él, hasta la inquietud... Y entonces reconocemos que somos amados, reconfortados, curados. 13

Nunca en el Evangelio, Cristo invita a la tristeza o a la melancolía. Todo lo contrario, hace accesible una alegría apacible, e incluso un júbilo en el Espíritu Santo. 14 Un joven africano, que había pasado un año en Taizé, expresaba cómo había descubierto poco a poco un gozo, después de una dura prueba. Cuando tenía siete años, su padre fue asesinado. Y su madre tuvo que huir muy lejos. Decía:

"He querido reencontrar el amor de mis padres que me ha faltado desde mi infancia. Busqué una alegría interior, esperando encontrar allí fuerza en el sufrimiento. Esto me ha dado la capacidad de salir de la soledad de mi infancia. Me he dado cuenta de la importancia de la alegría para modificar las relaciones cotidianas y para conocer una paz interior."15

En cada ser humano, Dios ha insuflado un alma.16 Ella es invisible, como Dios es invisible. En ella nace el deseo de una comunión con Dios.17

¿Y cómo realizar una comunión así? Es posible encontrar a Dios, realmente, en la oración, tanto la que se expresa con palabras como en el silencio.18

Nada lleva tanto hacia Dios como la oración común, cuando ésta está sostenida por la belleza del canto.19

Hay una paz del corazón al comprender que ni siquiera la muerte pone fin a una comunión en Dios. Lejos de conducir a la nada, ella abre el paso hacia una vida eterna donde Dios acoge nuestra alma para siempre.

Incluso cuando haya en nosotros dudas, la presencia del Espíritu Santo permanece, en los días apacibles como en las horas de aridez.

¿No somos acaso nosotros los pobres del evangelio? Nuestra fe humilde basta para acoger su presencia.20 Y con el solo deseo de su presencia nuestra alma recobra la vida, sobre la tierra como en la eternidad. 

NOTAS

1 - "Ama y dilo con tu vida": estas palabras fueron escritas tres siglos después de Cristo por un cristiano del Norte de África, San Agustín.
2 - "Dios sólo puede dar su amor": estas palabras vienen de un pensador cristiano del s. VII, llamado Isaac de Nínive. Él había llegado a esta conclusión después de haber estudiado largamente el Evangelio según san Juan y meditado las palabras "Dios es amor" (1 Juan 4,8).
3 - Dios ama a cada ser humano sobre la tierra, pero no se impone, ni fuerza a persona alguna a amarle.
4 - El amor de Dios que ha sido depositado en cada uno de nosotros es como un tesoro precioso. De este tesoro puede brotar una fuerza de compasión que dura toda la vida.
5 - Desde hace muchos años, hemos comprendido la necesidad de que algunos de los hermanos de nuestra comunidad compartan la existencia de los más pobres otros continentes. Es así que, por ejemplo, desde hace 27 años, algunos hermanos están en Bangladesh. Ellos ofrecen cuidados a los enfermos y a los minusválidos. Acogen en la comida a los más desposeídos. Sostienen pequeñas escuelas para los niños más pobres. Desde el principio, una relación se ha establecido de confianza con los creyentes musulmanes.
6 - El don de la propia vida puede ir hasta el olvido de sí en favor de los demás. En Taizé, desde hace más de cuarenta años, algunas hermanas participan en la acogida. Ellas están atentas a comprender, a escuchar a las jóvenes. Su acogida puede ser tan auténtica que nos decimos: estas mujeres son un tesoro del Evangelio.
7 - Cristo no ha venido a la tierra para crear una nueva religión sino para ofrecer a todo ser humano una comunión en Dios. En el corazón de Dios, esta comunión que es la Iglesia no puede estar dividida. Por eso es esencial que se manifieste la Iglesia indivisa, aún escondida pero realizada en Dios.
8 - La paz sobre la tierra comienza en nosotros mismos. Ya en el s. IV, San Ambrosio de Milán decía: "Comenzad en vosotros la obra de la paz, una vez que vosotros estéis pacificados, llevaréis la paz a los demás."
9 - En los primero años de nuestra comunidad, buscando responder día tras día a la llamada de Cristo, éramos conscientes de las dudas que podían surgir en nosotros, y nos preguntábamos: ¿cómo vamos a perseverar en esta llamada? Poco a poco hemos entendido que la fuerza del Espíritu Santo bastaba para sostener una vocación a lo largo de toda una vida. Se hace evidente que no podríamos permanecer fieles a nuestra vocación sin comprometernos para todo la vida.
10 - El teólogo ortodoxo Olivier Clément ha escrito estas palabras que son para nosotros un sostén: "La confianza es una palabra clave en Taizé. Los encuentros animados por la comunidad, en Europa y en otros continentes, forman parte de una peregrinación de confianza a través de la tierra. La palabra confianza es, quizás, una de las palabras más humildes y simples que existen, pero al mismo tiempo una de las más esenciales. En la confianza está el misterio del amor, el misterio de la comunión y, finalmente, el misterio de Dios." ("Taizé, un sentido a la vida")
11 - En nuestra vida de comunidad, sabemos que la sencillez y la bondad del corazón son valores indispensables. Están quizás entre los más claros reflejos de la belleza de una comunión.
12 - 1 Pedro 2,21-25
13 - Podemos ser liberados de aquello que nos pesa conversando con alguna persona que tenga un profundo discernimiento del corazón, que viene de la fe, y que pueda escucharnos con bondad. En conversaciones así, la certeza del perdón se vuelve accesible.
14 - Ver Juan 15,11 y Lucas 10,21
15 - "El gozo es vuestra fuerza". (Nehemías 8,10)
16 - Génesis 2,7
17 - En la Biblia, una misma palabra puede significar "alma" y "deseo". El alma humana lleva el deseo de Dios: "Mi alma tiene sed de Dios" (Salmo 42,3), "Mi alma te ha deseado durante la noche" (Isaías 26,9). Dios colma el deseo del ser humano: "Que el que tenga sed se acerque, que el que tenga deseo reciba el agua de la vida, gratuitamente". (Apocalipsis 22,17)
18 - Tener el simple deseo de una comunión con Él, es ya una oración. San Agustín escribió estas palabras: "Un deseo que llama a Dios es ya una oración. Si quieres orar sin cesar, no dejes nunca de desear... Orar con muchas palabras no es, como algunos creen, orar mucho... Desechemos de la oración las palabras numerosas, pero oremos mucho en el silencio del corazón." Él también escribió: "Si deseas conocer a Dios, ya tienes fe".
19 - Para algunos, la belleza de la música, escuchada dentro de una iglesia o en su propio cuarto, sostiene una espera contemplativa.
20 - Cuando nos encontramos por última vez con Juan XXIII éramos tres, con mis hermanos Max y Alain. Era 1.963, un poco antes de su muerte. En un momento de la conversación, el Papa nos explicó cómo a veces tomaba sus decisiones rezando: "Hablo con Dios... ¡Oh!, muy humildemente, ¡oh!, muy sencillamente." En la misma época, algunos hermanos de nuestra comunidad habían comenzado a ir a los países de Europa del Este para visitar a los cristianos. Íbamos allí para escuchar, para estar al lado de aquellos que atravesaban pruebas, para comprender mejor la fe ortodoxa. Y ahora estamos agradecidos de poder acoger a tantos jóvenes ortodoxos. Sabemos felizmente que uno de los secretos del alma ortodoxa está en una oración abierta a la contemplación.


Roger Schutz (12 mayo 1.915 - 16 agosto 2.005)
Hno. Roger, fundador y Prior de Taizé


FUENTE:
https://www.taize.fr/


miércoles, 26 de agosto de 2020

LAS RELIGIONES NUNCA INCITAN A LA GUERRA Y A LA VIOLENCIA

"Es necesario educar a la ciudadanía para todos para que se respeten las diferencias" Cardenal Ayuso


por Manuel Cubías
Vatican News

Las religiones nunca incitan a la guerra y la violencia, nunca producen sentimientos de odio, y el nombre de Dios nunca puede ser usado para esto. Es el corazón del Documento sobre la Hermandad Humana para la Paz Mundial y la Convivencia Común, firmado el 4 de febrero de 2019 en Abu Dhabi por el Papa y el Imán de Al-Azhar, Al-Tayyib.

Durante su pontificado, Francisco ha pedido repetidamente que se ponga fin a la instrumentalización de las religiones, y esto es precisamente lo que se pretende con el Día de hoy, establecido el 28 de mayo de 2019 por las Naciones Unidas. Con esta celebración, se reafirma el apoyo a las víctimas de actos de violencia basados en la religión o las creencias, que últimamente se hacen más frecuentes.

El cardenal Miguel Ángel Ayuso Guixot, presidente del Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso explica a Vatican News en español, la importancia de esta conmemoración establecida por las Naciones Unidas.

-En primer lugar, quisiera expresar mi solidaridad y mi oración por todas las víctimas y sus familiares, que desgraciadamente son tantísimas, por todo el sufrimiento que este terror ciego ha traído al mundo y a nuestras sociedades en los últimos años. Que este día, convocado por las Naciones Unidas, sea realmente algo de importancia vital, dada la gravedad de lo que ocurre, a pesar de que estamos en el siglo XXI.

Su Eminencia, instrumentalizar la religión es la forma más utilizada para incitar a la violencia, el Papa Francisco nunca ha dejado de decir esto y este es un punto extremadamente importante es que también ha sido reiterado en el documento sobre la Hermandad Humana...

- De hecho, sabemos el mal que la instrumentalización de la religión para incitar a la violencia conlleva para la humanidad, es algo que seguimos condenando con tanta insistencia. Sin embargo, a pesar de los repetidos llamamientos y condenas hechos contra esta instrumentalización, es importante insistir para que se aplique el derecho internacional contra quienes cometen estos actos atroces y abominables. Por parte de los líderes religiosos, además, se debe trabajar con mayor intensidad para educar a cada comunidad religiosa en los valores inherentes a las diferentes tradiciones religiosas. Me complace que en nuestro mensaje de buenos deseos para el final del mes de Ramadán de este año, como Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso, hayamos compartido con nuestros hermanos y hermanas musulmanes la importancia del respeto de los lugares de culto y hayamos mencionado lo que dice el documento para la Hermandad Humana a este respecto, a saber, que la protección de los lugares de culto es un deber garantizado por las religiones, los valores humanos, las leyes y las convenciones internacionales.

Da un inmenso dolor ver a las personas creyentes dirigiéndose a sus lugares de culto y que sean asesinadas. ¡Da profunda tristeza! Se trata de poder trabajar con los demás, a pesar de las diferencias, de construir la cohesión social.

¿Cree que las sociedades están haciendo lo suficiente para defender a sus ciudadanos de los ataques a su religión o creencia? ¿Cree que los líderes están desplegando todos los medios a su disposición para detener la persecución?

- Creo que sí, estoy convencido de que se está haciendo mucho por defender a sus ciudadanos. Sin embargo, también podría decir que todavía hay mucho que hacer y mucho que caminar. En mi opinión, lo que se debe proponer, en primer lugar, es continuar por el camino de la educación en los verdaderos valores de la religión, y esta es una responsabilidad de los líderes religiosos: cómo educar a los ciudadanos en los verdaderos valores para que una nueva generación de creyentes esté realmente, sólidamente, enraizada en los valores de su tradición religiosa. Entonces es necesario educar a la "ciudadanía para todos" para que, a través de esta ciudadanía para todos, se respeten las diferencias, al tiempo que se comprometen a la promoción de los derechos humanos en el respeto y la reciprocidad. Creo que siempre es necesario recordar a las autoridades civiles y religiosas, que cada miembro de nuestras sociedades debe ser protegido y valorado, para que juntos podamos construir la cohesión social para el bien común, para que podamos alejarnos del fantasma del exclusivismo de todo tipo, porque sólo a partir de la diferencia y el respeto podemos construir sociedades más seguras y protegidas.

Entonces, en su opinión, ¿debería hacerse más de lo que se está haciendo actualmente?

- Por supuesto, porque está en la experiencia humana aspirar a mejorar un poco todo, a hacer más, en cada ámbito de nuestra naturaleza humana. En este sentido, apreciamos enormemente los esfuerzos, los llamamientos, que el Papa Francisco nunca deja de dirigir a la comunidad internacional, para que ésta recorra el camino de la inclusión, el diálogo e incluso la ternura, que está radicalmente en desacuerdo con quienes promueven la violencia y el terror. Por eso creo que es importante que trabajemos en esta dirección. Esta Jornada Internacional es un signo concreto de cómo la comunidad internacional está trabajando para alentar, a través de la memoria, a hacer cada vez más por la coexistencia común y la paz mundial, de ahí la necesidad de caminar juntos por el camino de la unidad, la solidaridad y la fraternidad, para reavivar los verdaderos valores espirituales, para aliviar el sufrimiento de esta humanidad herida en la que vivimos hoy.

Comité de Fraternidad Humana
Hacer un llamado para promover el espíritu del documento sobre La Hermandad Humana para una convivencia común y para la paz mundial. Hay que caminar juntos el camino de la solidaridad, de la fraternidad para hacer renacer los verdaderos valores espirituales para paliar estos sufrimientos de esta humanidad herida.

Señor Cardenal, unas palabras para aquellos que trabajan por la defensa de la vida, del diálogo…

– Diría, animarlos e invitarlos a trabajar a nivel de educación, del diálogo en la vida cotidiana, de acercarse y acompañarse de las personas de distintas confesiones religiosas y junto con las personas de buena voluntad para que en este período oscuro en el cual vive sumergida la humanidad a causa del Covid-19, que podamos sentir este valor de compartir una única humanidad, donde se rechace todo tipo de violencia y para que en este escenario una nueva generación pueda crecer en el espíritu de la fraternidad humana, que presupone permanecer fuertemente enraizados en la propia identidad, pero al mismo tiempo, aventurándonos para conocer al otro, para que con la sinceridad de nuestras intenciones, sepamos colaborar a construir un mundo nuevo que sea más pacífico, que sea más solidario. ¡Que sea más fraterno!

FUENTE:




martes, 25 de agosto de 2020

V - REVISIÓN DE ARTÍCULOS ECUMÉNICOS



REVISIÓN DE ARTÍCULOS SOBRE ECUMENISMO: "ARDIENTE PROMOTOR DE RELACIONES ECUMÉNICAS" PUBLICADO EN 2.006 DE PEDRO LANGA AGUILAR, OSA.


El anciano cardenal Willebrands, frisaba ya los 97, se fue a la casa del Padre en la madrugada del 2 de agosto de 2.006 desde Saint Nicolaasstichting, convento de las Hermanas Franciscanas en Denekamp, noroeste de Holanda, domicilio suyo estos años de recta final. Nuestra prensa ni le dedicó titulares apenas, ocupada esos días en informar de que un verano más la Península se estaba quemando y por los montes de Galicia había fuego a discreción. Sólo algún dato suelto con el frívolo matiz longevo, pero de su principal vocación, el ecumenismo, nada o casi nada. Lo cierto es, sin embargo, que con él desaparecía uno de los Padres conciliares de mayor peso específico en el Vaticano II. 

Con sendos telegramas a Kasper y Simonis, sucesores del difunto en el Pontificio Consejo y en Utrecht, Benedicto XVI destacó su trabajo en las relaciones ecuménicas, «de las que fue ardiente promotor al servicio del Pueblo de Dios». También llegaron de Ginebra condolencias por la muerte del «servidor honorable y devoto del Evangelio y de la causa de la unidad entre cristianos» y por «su estrecho y fecundo compromiso de colaboración con el Consejo Mundial de Iglesias». «No era hombre de muchas palabras, pero tuvo muchos amigos», comentó el cardenal Kasper durante las exequias que el 8 de agosto presidió en la catedral metropolitana de St Catharina, de Utrecht, concluidas por el obispo griego del Patriarcado ecuménico, Máximos de Evmenia, y en las que se dieron cita, junto a representantes de numerosas Iglesias, el primer ministro holandés, Jan Peter Balkenende, que definió al extinto como «incansable constructor de puentes entre católicos, cristianos y judíos», y el ministro de Justicia, Piet Hein Donner. Se le dio sepultura en el cementerio de Santa Bárbara, junto a las tumbas de sus predecesores, los cardenales Jan de Jong y Bernard Alfrink. 

Había él mismo desvelado al Programa alemán de la Radio Vaticana en 1989 la máxima de su vida: «El amor que Cristo ha requerido de Pedro, no se circunscribe a un grupo, ni siquiera a la Iglesia católica: todos son ovejas suyas. Y por ello, el amor va dirigido a todos los cristianos, y este amor exige ante todo la unidad, porque hay mucho sufrimiento cuando una familia está dividida. En este espíritu he concebido mi nueva tarea y la he desarrollado con todo el corazón y con todas las fuerzas -espirituales y materiales- que Dios me ha dado; el Señor me ha bendecido y yo le agradezco profundamente por haberse servido tanto tiempo de mi trabajo a favor de su Iglesia». 

Datos para una semblanza 

Johannes Gerardus Maria Willebrands, había nacido el 4 de septiembre de 1.909 en Frise occidental (Bovenkarspel: diócesis holandesa de Haarlem: Países Bajos). Cursadas Filosofía y Teología en el Seminario Mayor de Warmond, y ordenado de presbítero el 26 de mayo de 1.934, durante los tres años siguientes frecuentó, en Roma, el Angelicum, de cuyas aulas salió graduado con el título de Doctor en Teología tras defender una tesis sobre John Henry Newman. 

Vuelto a Holanda, 1.937, ejerce por tres años de capellán en la Iglesia de Begijnhof, (Amsterdam) y en 1940 empieza a regentar la cátedra de Filosofía en el Seminario Mayor de Warmond, del que cinco años más tarde será nombrado Rector. «En 1.946 –él mismo lo recuerda- fui llamado a abandonar los estudios y la enseñanza de la Filosofía para dedicarme al restablecimiento de la unidad entre los cristianos, una “llamada” que en el curso de los años se ha revelado verdadera y propia vocación que el Señor me ha inspirado desde lo alto». Pronto, en efecto, empezó a demostrar vivo interés por el ecumenismo como presidente de la Asociación Wilibrordo, promotora de esta causa en Holanda. Ya en 1.951, de hecho, organiza la Conferencia Católica para las cuestiones ecuménicas a la que acuden un grupo de teólogos empeñados por la unión de las Iglesias, y en 1.958 el episcopado holandés dispone que se ocupe de este campo. Tiempos fecundos aquellos, sin duda, para el joven sacerdote. 

Corría junio de 1.960 cuando Juan XXIII nombró a Willebrands secretario del apenas constituido Secretariado para la Unión de los Cristianos, condición en la que trabajó durante las sesiones del Concilio Vaticano II siempre bajo la guía maestra del cardenal Bea, sobre todo preparando los documentos del ecumenismo (Unitatis redintegratio), la libertad religiosa (Dignitatis humanae), relación con las religiones no cristianas (Nostra aetate) y divina Revelación (Dei Verbum). Ya el Concilio en marcha, fue preconizado para la Iglesia titular episcopal de Mauriana el 4 de junio de 1.964. Y el 28 de ese mes Pablo VI le confería la consagración, asistiéndole como coconsagrantes los arzobispos curiales Diego Venini y Ettore Cunial A partir de ahí, puso en marcha numerosas iniciativas de diálogo entre católicos, ortodoxos, anglicanos y luteranos, y en cuanto miembro de los grupos mixtos de trabajo de la Iglesia católica con el anglicanismo, la Federación Luterana Mundial y el Consejo Mundial de Iglesias. 

Tras la muerte del cardenal Bea el 16 de noviembre de 1.968, le llegan de Pablo VI el 12 de mayo de 1.969 la presidencia del Secretariado para la Unión de los Cristianos, hoy Pontificio Consejo para la promoción de la unidad de los cristianos, y el nombramiento cardenalicio en el Consistorio del 28 de mayo de 1.969 con el Título diaconal de San Sebastián en las Catacumbas. El 6 de diciembre de 1.975 –luego de la renuncia del Cardenal Alfrink– es promovido al Arzobispado de Utrecht y, por tanto, para Primado de Holanda, donde será también Presidente de la Conferencia Episcopal Holandesa y Vicario Castrense de los Países Bajos, que alterna con la presidencia del Secretariado para la Unión de los Cristianos. Durante los cónclaves de 1.978 entró en las quinielas de papables y luego fue, asimismo, con los cardenales Krol y Malula, Presidente Delegado en la II Asamblea General Extraordinaria del Sínodo de los Obispos (del 24 de noviembre al 8 de diciembre de 1.985). Camarlengo del Sacro Colegio desde 1.988 hasta 1.993, el 3 de diciembre de 1.983 presentó su renuncia a Utrecht y desde el 1 de diciembre de 1.989 hasta su muerte, en fin, ha sido Presidente emérito del Pontificio Consejo para la promoción de la unidad de los cristianos . 

Vocación ecuménica 

«Mi empeño ecuménico –habla él de nuevo- empezó con la Asociación San Wilibrordo en los Países Bajos, fundada después de la segunda guerra mundial y sucesora de la Asociación apologética San Pedro Canisio […]. Tenía como objetivo la reconciliación en la unidad y la cristianización; la unidad entendida en su dimensión ecuménica. En los Países Bajos, después de los católicos, los cristianos reformados forman la más numerosa comunidad eclesial. Durante y después de la última guerra hubo contactos y diálogos ecuménicos entre responsables de Iglesias y teólogos de ambas partes». 

No las tuvo todas consigo el joven profesor: «En un primer tiempo, dice, no acepté esta petición. Por mis estudios en el Angelicum de Roma y por el encargo que tenía entonces como director de la sección de Filosofía del Seminario mayor de la diócesis de Haarlem, no me sentía preparado para este cometido. Sólo después de mucha insistencia y la aprobación de mi obispo acepté el nombramiento. En este cometido un grupo de teólogos que conocía mejor que yo el trabajo ecuménico, me introdujo y preparó para mi futuro trabajo. Esta nueva tarea tomó después forma definitiva con el nombramiento por parte del Papa Juan XXIII para secretario del Secretariado para la Unión de los Cristianos, del cual, después de la muerte del cardenal Bea, fui nombrado presidente por el Papa Pablo VI. A partir de 1.964, año en el que Pablo VI me ordenó obispo con la específica misión de actuar por la unidad de los cristianos, consideré esta actividad como mi vocación definitiva. Desde el inicio de mi implicación en el trabajo ecuménico, pero de modo especial desde cuando el Papa Pablo VI, con ocasión de mi ordenación episcopal, me dijo: “Esta ordenación estará al servicio divino para la unidad entre los cristianos”, entendí esta misión como una llamada del Señor, a mí encomendada por la Iglesia. He tratado de profundizar esta vocación, participar en la pasión de Cristo por la unidad de sus fieles, conocer mejor el misterio de la comunión con Cristo en la Iglesia». Vocación, pues, bien se ve, sin fisuras. 

En el mundo de los teólogos y amigos 

La estrecha relación Willebrands/Congar –fue nuestro personaje quien portó al eminente dominico, ya inválido y en el crepúsculo de sus días, la birreta cardenalicia en nombre de Juan Pablo II- salta a la vista en muchas páginas de Mon Journal du Concile y de Diario de un teólogo (1.946-1.956). Cabe decir otro tanto con las Memorias de H. Küng. «Frans Thijssen y Jan Willebrands –recuerda de 1.952 el de Sedán- son los artífices de la inflexión hacia el ecumenismo de la principal organización de conversión de los Países Bajos, la San Wilibrordo. Este éxito convirtió a ambos en los apóstoles de una colaboración internacional entre ecumenistas; ellos cogieron su bastón de peregrino y convencieron a la mayoría de sus interlocutores, incluyendo a los romanos, de la viabilidad de la empresa». 

Más explícito y marchoso resulta Hans Küng: «Estos holandeses han hecho la obra de arte de tejer, desde el comienzo de los años cincuenta, una red internacional de teólogos con sensibilidad ecuménica (con apoyo episcopal). En entrevistas personales en Roma empiezan convenciendo a los influyentes jesui­tas Bea, Tromp y Leiber, y al final incluso al cardenal Alfredo Ottaviani, cuyo “Santo Oficio”, de acuerdo con la instrucción an­tiecuménica “Ecclesia catholica” de 1.950, tiene sometidas a estricta vigilancia todas las operaciones ecuménicas que se producen en la Iglesia católica. Esa Conferencia Católica para las cuestiones ecuménicas, como plataforma de contactos entre unos y otros e intercambio de información, no parece peligrosa doctrinalmente y más bien resultaría útil para la Iglesia católica. Normalmente el Vaticano desconfía de las asociaciones católicas internacionales en las que él no tiene la última palabra. En la primera sesión de la Conferencia, en la Friburgo suiza, en 1.952, tuvo que renunciar a llamarse como originalmente había deseado Willebrands: “Consejo Ecuménico Ca­tólico”». 

Dos cosas destacan entre Willebrands y Visser't Hooft, tantos años Secretario General del Consejo Mundial de Iglesias: ambos nacen en la misma región holandesa (Haarlem) y son nombrados a la hora de jubilarse –es una manera de decir, pues nunca, en realidad, se jubilaron-, presidentes honorarios, cada cual de su respectivo organismo. Willebrands, del Pontificio Consejo para la promoción de la unidad de los cristianos. Visser't Hooft, del Consejo Mundial de Iglesias. Pero hay que ver su amistad entre bambalinas, sobre todo cuando la fundación del Consejo Mundial de Iglesias en Amsterdam (1.948), aunque también luego, en numerosos eventos sucesivos. Que pudo asesorarse del gran paisano y amigo, lo eran de verdad, a la hora de poner en marcha la idea ecuménica confiada por el episcopado de los Países Bajos es indudable. Luego, ya con el Secretariado a cuestas y en vísperas del Concilio, la vieja amistad floreció en proyectos y amigos comunes: Bea, por ejemplo. 

«Queda claro –escribe Willebrands a Küng a propósito de un atrevido libro de éste en inglés- que ha desper­tado una amplia comprensión y buena acogida del Concilio entre los no católicos y que, no en menor medida, significa una llamada a la conciencia de los católicos sobre la verdadera importancia y fina­lidad del Concilio. De forma indirecta el libro ha sido también muy importante para el trabajo de nuestro Secretariado» (18 de julio de 1.962). Y sobre la posible visita de Barth al Concilio, he aquí una carta del holandés, con fecha de 17 de septiembre de 1.963 y el sello de «confidencial», a su amigo el teólogo suizo, cuya tesis doctoral había versado precisamente sobre la Justificación en Karl Barth: «Después de comentar a su Eminencia (el cardenal Bea) la posibilidad de invitar a Karl Barth por parte del Secretariado para la Unidad, él se ha mostrado de acuerdo en principio. Querría pedirte, por eso, que tú hables con Karl Barth sobre esa posibilidad. Tan pronto como hayas hablado con él sobre la posibilidad de su invitación, dímelo. No se trata, por su­puesto, de “conquistarlo”; debes exponerle las cosas con total liber­tad y descartar cualquier motivación egoísta por nuestra parte. Agra­decido por tu servicio y con la esperanza de verte de nuevo en Roma pronto. Tuyo. Johannes». 

El complemento de esta historia viene de Congar el sábado 24 de noviembre de 1.966: «Willebrands me ha contado la estancia de Barth, actualmente en Roma y que debe ser recibido por el Papa el lunes. Barth ha estudiado los textos del Concilio durante un mes. Ha redactado cuestiones sobre cada uno y viene a la fuente, a Roma, para obtener la respuesta. Ayer, ha examinado el De oecumenismo y el De libertate religiosa. El De libertate no le gusta. Se ha alineado sobre la moderna idea de dignidad de la persona humana. El mejor texto, a los ojos de Barth, es Ad gentes». 

Willebrands asiste como invitado especial a la Asamblea general de Upsala (Consejo Mundial de Iglesias), y se mueve entre bastidores preparando la visita del doctor Fisher a Juan XXIII, echando las bases de Comisión Internacional Anglicano-Católica Romana, llevando el mensaje personal de Pablo VI a la X Conferencia de Lambeth y, en fin, acompañando hasta Patrás a Bea, portador de la reliquia de San Andrés.

Fue el primer eclesiástico en viajar a la Unión Soviética después de 1.917, no, por cierto, Casaroli como algún periodista tiene escrito por ahí: llegó a Moscú el 27 de septiembre de 1.962 para gestionar el envío de observadores de la Iglesia ortodoxa rusa al Concilio. «Si debo hablar de los sentimientos que me acompañaron en aquel viaje –desvelaba no hace mucho-, subrayaría sobre todo el gran sentido de responsabilidad, también porque el Secretario de Estado había autorizado el viaje, pero declarándome que lo hacía bajo mi directa responsabilidad. Tenía, sin embargo, el pleno apoyo del cardenal Agustín Bea, presidente del Secretariado para la Unión de los Cristianos. Por tanto, no fui “enviado por la Santa Sede” sino sólo autorizado a emprender el viaje, que caía enteramente bajo mi responsabilidad». 

Sólo semanas antes, aclaraba sobre el mismo asunto, «en 1.962, durante una reunión del Comité central del Consejo Mundial de Iglesias, tenido en París, me entrevisté con el metropolita Nikodim, responsable del Patriarcado de Moscú para las relaciones internacionales y hablé largo con él. El metropolita estaba muy interesado en conocer el pensamiento de Juan XXIII sobre el Concilio. Oídas mis explicaciones, él observó: “Todo lo que me está diciendo es muy interesante e importante también para nuestra Iglesia, la cual, sin embargo, está en Moscú, no en París”. Yo repliqué: “¿Es una invitación a ir a Moscú?”. El se limitó a repetir: “Nuestra Iglesia está allí, y sería interesante que también allí escuchasen lo que me acaba de decir”. Sí, era una invitación indirecta pero clara. Quisiera notar que tal encuentro fue anterior a aquél, ahora bastante publicitado, entre el cardenal Tisserant y el metropolita Nikodim». 

El lunes 6 de diciembre de 1.9 65 Bea invita a comer a los que han trabajado en el Secretariado. Son los últimos días del Concilio y Congar detalla –nótese el trajín que se traían los oficiales del organismo vaticano en esas horas- que Bea está ausente y «Willebrands llega tarde a nuestra comida porque ha estado a recibir en Fiumicino a monseñor Nikodim, que llega de Moscú para asistir a la clausura». Y al día siguiente, esto: «Willebrands lee, en francés, el texto de abolición de las excomuniones mutuas entre Roma y Constantinopla». 

Y como de Nikodim va la cosa, no estará de más recordar el reciente reportaje de 30 días al cumplirse los 28 años de la repentina muerte del Metropolita ortodoxo en brazos de Juan Pablo I. «Recuerdo un pequeño episodio –tercia el P. Miguel Arranz aludiendo primero a la rápida elección del papa Luciani-. Íbamos hacia la plaza de San Pedro en el momento en el que a lo largo de la vía de la Conciliación pasaban los coches de los conclavistas que aquella noche se habían quedado en el Vaticano, y en un momento dado uno de aquellos coches se detuvo frente a nosotros. Era el del cardenal Willebrands, entonces presidente del Secretariado para la Unión de los Cristianos. Willebrands bajó del coche y dirigiéndose al metropolitano Nikodim exclamó: «¡Ha sido el Espíritu Santo! ¡El Espíritu Santo!…». Imagínese, un hombre racional, frío como el mármol, como el cardenal Willebrands bajando del coche y exclamando de aquel modo. Nikodim se quedó inmóvil… Me miró con expresión interrogativa. Seguimos andando y una vez llegados a la plaza de San Pedro nos colocamos casi justo debajo del balcón». 

Al telegrama de condolencia que Juan Pablo I hizo llegar al patriarca Pimen, su sumaron conmovidas declaraciones de nuestro purpurado holandés, del Prepósito General de los Jesuitas y de otras autoridades eclesiásticas. Willebrands, además, acogió en la iglesia de Santa Ana, Vaticano, a la delegación rusa venida para llevarse los restos del difunto, que partieron en avión de Fiumicino a Leningrado el 8 de septiembre de 1.978 por la mañana. Vuelo en el cual, junto a dicha delegación, iba la vaticana presidida por Willebrands, quien aquella misma tarde celebró ante el féretro un oficio de difuntos en lengua latina, y el 9 de septiembre, durante las exequias que presidió Pimen, tuvo uno de los discursos fúnebres en la ceremonia de la sepultura. No podía faltar el pastor, el ecumenista, el amigo que años atrás, de modo inconsueto, había podido bendecir conjuntamente con el ahora difunto a los fieles ortodoxos de la catedral de Leningrado. 

Liberación del metropolita ucraniano Slipyj 

Ninguna frase mejor para definir sus eficaces gestiones en la compleja historia de la liberación del metropolita grecocatólico Josyf Slipyj que ésta de monseñor Loris F. Capovilla, secretario particular de Juan XXIII, escrita en la breve nota que éste introdujo por debajo de la puerta del dormitorio de Su Santidad a las 24'30 horas de aquel inolvidable 9 de febrero de 1.963: «Monseñor Willebrands ha prestado un óptimo servicio desde todos los puntos de vista». Fueron horas aquellas en verdad históricas por el alcance que revestía un hecho al fin y al cabo fruto de las buenas relaciones del momento entre Juan XXIII y Kruschev: se estaban echando, por decirlo así, las bases de cuanto habría de conocerse pronto como la Ostpolitik

La operación salió redonda gracias al bondadoso y profético Juan XXIII, prácticamente solo en esas horas, excepción hecha de los cardenales Cicognani, Secretario de Estado, Testa, Prefecto de la Sagrada Congregación para las Iglesias Orientales, Bea, Presidente del Secretariado para la Unión de los Cristianos y, naturalmente, monseñor Willebrands, viejo amigo de Nikodim y de los observadores rusos en el Concilio, el protopresbítero Vitali Borovoi y el archimandrita Vladimir Klotiarov, hoy metropolita de San Petersburgo. Debidamente informada del proyecto, la Santa Sede autorizó a finales de enero de 1.963 el viaje de Willebrands a Moscú con el fin de llevar aquella nave a buen puerto: «esta vez, matiza en la entrevista, fui como enviado del Papa». 

A uno, que trabó amistad con monseñor Iván Choma, secretario y albacea del cardenal Slipyj, y que llegó a saludar a éste en persona y conversar con él más de una vez y más de dos en los jardines vaticanos, la descripción que del ucraniano hace nuestro holandés se le antoja de absoluta precisión: «figura austera –dice-, alta, majestuosa, con larga barba gris que le definía el rostro marcado por largos años de cautiverio, mirada humilde e indómita en aquellos luminosos y penetrantes ojos azules». Nunca los viajes de Willebrands al Este tuvieron carácter diplomático, para eso estaba Casaroli, sólo «religioso, teológico, y miraban principalmente a las relaciones con la Iglesia ortodoxa». 

Willebrands y los documentos del Concilio 

Fue de veras ingente su trabajo en ellos. Y durante la llamada Semana negra del Concilio, yo añadiría incluso que providencial. «Esta tarde –refiere Congar el viernes 19 de febrero de 1.965- Willebrands habla de los retoques hechos al De oecumenismo. Hubo tres intervenciones del Papa. Los 19 retoques vienen de la 2ª. Mas el Papa había recibido [¿de quién?] una lista de una cuarentena de retoques. Cuando llamó a Willebrands, él había ya subrayado, con bolígrafo azul, las más graves de estas correcciones, las que verdaderamente afectan al texto. Pablo VI ha incidido en la que, en lugar de: “Spiritu Sancto movente…inveniunt”, dice “invocantes Spiritum sanctum…inquirunt”. La Iglesia católica, por la voz suprema del concilio, no podía, decía él, o sea el Papa Montini, proclamar en general el primer enunciado». En cuanto a la 3ª intervención, en plena noche del 19 al 20 de noviembre de 1.964, monseñor Willebrands pura y simplemente la rechazó. Es exacto, me dice Willebrands, que Pablo VI se lamenta de no haber recibido el texto del De oecumenismo a tiempo. Lo había olvidado. ¿Por la falta de quién? Pablo VI dijo a Willebrands: “de la burocracia”. Por el contrario, el Papa pide que nuestro texto sobre la libertad religiosa se le comunique y explique antes incluso de dárselo a los obispos del Secretariado. Dijo a Willebrands: me lo mandáis con dos o tres de vuestros peritos y allí, en torno a una mesa, yo plantearé cuestiones, ellos me explicarán, yo veré si es satisfactorio». 

Vuelve el sábado 30 de octubre de 1.965 sobre los votos de los últimos días. «Me dice –anota Congar- que la víspera de la promulgación de la Declaración sobre las religiones no cristianas hay todavía una marcha hasta el Papa para que esta promulgación no tenga lugar. Se arguye de una inexactitud en la citación de Romanos 11, 28-29, donde hay manent en lugar de sunt. Algunos días antes, Felici sólo había anunciado la promulgación de cuatro textos […]. En este momento, Máximos IV había preparado una carta al Papa para pedirle que el texto de la Declaración sea promulgado el 28 de octubre. Esto es interesante. Se habla también del De Revelatione: este título, dice Willebrands, viene de Juan XXIII, que lo empleó (en lugar del De fontibus Revelationis) cuando instituyó la Comisión mixta». Congar y Willebrands, pues, se traían entre manos interesantes comentarios conciliares, de gran valor testimonial. 

Su relación con Bea, Pablo VI y Juan Pablo II 

Un trío por tantos conceptos singular, irrepetible, único. Su amistad con Bea databa de los remotos tiempos en que éste había sido Rector del Pontificio Instituto Bíblico. Sus frecuentes viajes a Roma le acercaban invariablemente hasta la celda del jesuita, donde conversaban sobre mil y una historias del ecumenismo, cuando este término no se podía casi ni pronunciar a orillas del Tíber. Desde entonces nunca se apartó de la huella bíblica de Bea, a quien asistió en el momento de la muerte, y cuyos restos acompañó hasta la sepultura en su pueblo natal de Alemania: Riedböhringen. Documentos conciliares, viajes, entrevistas fueron siempre de la mano en uno y otro. De modo que hoy sería imposible comprender de lleno a un Bea del Concilio desvinculado de Willebrands. E igual a la inversa. 

Arriba quedan algunas pinceladas sobre lo que Pablo VI supuso en nuestro purpurado. El, por su parte, ayudó mucho al Papa Montini en las gestiones ecuménicas. A lo ya dicho, cumple añadir la preparación de encuentros históricos como el de Atenágoras en Jerusalén. En diciembre de 1.971 se llegó hasta el Fanar para entregarle al anciano Patriarca el Tomos Agapis (el tomo de la fraternidad): 285 documentos intercambiados entre la Iglesia de Roma y el Patriarcado ecuménico entre 1.958, año en que murió Pío XII, y 1.970. También presidió Willebrands la delegación oficial de la Iglesia católica que asistió a la entronización de Shenouda III, como 117 Patriarca sucesor de San Marcos en Alejandría (Egipto: 19 de noviembre de 1.971). Y dígase lo propio del Patriarca Dimitrios I, a quien acompañó cuando su viaje a Roma. Lo mismo que al Dr. Ramsey en la visita de éste al Vaticano (23-24 de marzo de 1.966). O tantas veces al metropolita ortodoxo Melitón de Calcedonia, con quien le unían estrechos lazos de amistad. 

En cuanto a Juan Pablo II, se sabe que poco después de su elección, le encargó el organizar una visita papal al Patriarca ecuménico Dimitrios I en su antigua Sede de Constantinopla. Y facilitar asimismo el rumbo hacia Cantorbery. Su correspondencia oficial con la Jerarquía de Lambeth antes y después del paso de la ordenación de mujeres, será en el futuro tema de estudio para teólogos y ecumenistas, y hasta materia de tesis doctorales. Su respuesta al arzobispo Runcie, por ejemplo, abundó sobremanera en dos puntos. Primero, la ruptura con la tradición emprendida de manera unilateral por unas Iglesias anglicanas divididas lleva a la grave pregunta de hasta qué punto entiende el anglicanismo la naturaleza de la Iglesia y su relación con una tradición autoritativa. Segundo, alterar la tradición implica una “innovación radical” que pone en peligro un concepto sacramental del sacerdocio como signo visible del sacerdocio perdurable de Cristo en la Iglesia. 

De no menor interés van a ser algunas declaraciones suyas sobre Lutero. En la V Asamblea plenaria de la Alianza Luterana Mundial, celebrada el año 1.970 en Evian, se atrevió a dar un paso, en su discurso oficial, hacia una rehabilitación de Lutero y la Reforma, y pudo «comprobar con gozo que en los últimos años ha surgido entre los estudiosos católicos una visión más exacta científicamente de la figura y la teología de Martín Lutero», palabras que provocaron gran indignación entre las personalidades más influyentes de la curia romana. Juzgadas, sin embargo, desde la distancia, comprueba uno que, si por un lado pudo reconocer en nombre de la Santa Sede que Lutero fue «una personalidad profundamente religiosa y que había buscado sinceramente y con abnegación el mensaje del evangelio», por otro, leída la parte doctrinal de la declaración atentamente [cf. Positions Luthériennes 4 (1.970) 328-330], ves que la amabilidad de las intenciones y la franqueza de la explicación teológica no dejan escapar ninguna concesión. 

Volvió, de hecho, por escrito el 14 de julio de 1.971 para puntualizar: «El Santo Padre no cree posible en el momento actual dar un paso en el asunto de Martín Lutero que vaya más allá de lo que yo, en cuanto presidente del órgano competente de la Santa Sede, manifesté ante la Asamblea Plenaria de la Federación Luterana Mundial, reunida en 1.970 en Evian-les-Bains, de acuerdo con el estado actual de la investigación católica sobre Lutero». Fueron por eso decisivas su intervenciones para que el 31 de octubre de 1.983, Juan Pablo II le escribiese con motivo del V Centenario del nacimiento del Reformador resaltando el «profundo sentimiento religioso» de Lutero, que había dado forma a una personalidad «movida con pasión abrasadora por la cuestión de la salvación eterna. Para cerrar la brecha abierta en el siglo XVI entre el catolicismo romano y la reforma luterana haría falta una investigación histórica continuada, sin ideas preconcebidas, a fin de “llegar a una imagen fidedigna del Reformador, de todo el período de la Reforma y de las personas que participaron en ella. Es necesario reconocer las culpas, sin parar mientes en quiénes las han cometido». 

El Milenario de Rusia permitió a Su Eminencia Willebrands intervenir de nuevo. La Santa Sede acudió a Moscú con dos delegaciones: una encabezada por el cardenal Casaroli, pero compuesta igualmente por los cardenales Willebrands, Etchegaray y tres expertos; y otra del episcopado católico con miembros de todo el mundo, entre ellos los cardenales arzobispos de Viena, Hanoi, Milán, Varsovia, Múnich y Nueva York, etc. Dentro de este ambiente, el gobierno soviético había empezado a desbloquear, con harto pesar del Patriarcado ortodoxo, la situación con respecto a la Iglesia greco-católica de Ucrania. Así que el 10 de junio Willebrands y Casaroli se entrevistaron en el hotel Sovietskaia con dos obispos ucranianos, Filemon Kurchaba y Pavlo Vasilik. Las autoridades ortodoxas rusas lo lamentaron, pero nada podían hacer para impedir tal reunión. Y en fin, a resultas de la visita de Gorbachov al Vaticano en diciembre de 1.989, tuvo lugar en Moscú del 12 al 17 de enero de 1.990 una conferencia de católicos romanos y ortodoxos rusos, al objeto de resolver la situación de la Iglesia grecocatólica en Ucrania. La delegación de la Santa Sede estuvo encabezada una vez más por el cardenal Willebrands, presidente del Secretariado para la Unión de los Cristianos, y la delegación ortodoxa por el metropolita Filaret de Kiev, acérrimo enemigo de los católicos ucranianos y hoy, por cierto, autoproclamado Patriarca de la Iglesia ortodoxa de Ucrania, es decir, cismática o escindida del Patriarcado de Moscú: ¡ver para creer! 

Su relación con los judíos 

Como presidente de la Comisión de Relaciones Religiosas con los Judíos, buscó mejorar los difusos lazos entre ambas religiones. En la década de 1980 pidió mayor número de profesores judíos en los institutos teológicos católicos, para ampliar los estudios sobre el judaísmo. Antes, durante y después del Concilio Vaticano II su contribución fue notable. A juicio del cardenal australiano Edward I. Cassidy, sucesor en la presidencia del Pontificio Consejo para la promoción de la unidad de los cristianos, «fundamental». Para el rabino Israel Singer, chairman del Congreso Judío Mundial, «la estrecha colaboración del cardenal Willebrands con el Congreso Judío Mundial y con el Comité Judío Internacional sobre Consultas Interreligiosas, ilumina la evolución alcanzada por las relaciones judeo-cristianas tras dos milenios de encono. Fue pionero y arquitecto de la reconciliación por parte de la Iglesia católica, en lo que atañe a la vinculación de la misma con los judíos, que tuvo un progreso histórico durante el pontificado de Juan Pablo II. A casi medio siglo después, somos beneficiarios de aquella visión y de esos esfuerzos». 

Aunque la Iglesia había opuesto dura resistencia con la encíclica Mit brennender Sorge de Pío XI, 1.937, hubo que esperar al Vaticano II para que los pasos reconciliadores entre judíos y católicos se llegasen a dar. El signo del cambio fue la declaración Nostra aetate negada en redondo –idea de Willebrands- a la acusación de deicidio que algunos cristianos venían atribuyendo a los judíos. En 1.986, un papa visitó por primera vez la sinagoga de Roma, hecho histórico que estableció un clima de confianza entre ambas comunidades. Willebrands anunció el 31 de agosto de 1.987, durante un encuentro con el Comité Judío Internacional, su intención de escribir un documento sobre la Shoah, que Juan Pablo II respaldó inmediatamente y cuya publicación, pese a los buenos propósitos y a la indudable honestidad intelectual e histórica del documento, desencadenó un alboroto. También muchísimas reacciones positivas, todo hay que decirlo. Y ahí están para quien las quiera contrastar. 

Sobre el incidente Weiss (rabino de Nueva York que lideró a los asaltantes del convento de las carmelitas de Auschwitz para forzar su abandono) y luego de haber empeorado las cosas con desafortunadas intervenciones los cardenales Macharski, de Cracovia, y Glemp, de Varsovia, éste a causa de un polémico sermón en Czestochowa, el Vaticano hubo de terciar mediante declaración pública de Willebrands, responsable del Diálogo internacional judeo-católico, el cual declaró que Juan Pablo II respaldaba el traslado de las monjas y que el Vaticano prometía el apoyo financiero necesario para la creación del nuevo centro. Ponderada y oportuna intervención la suya, pues, que logró suavizar la agitación social originada por los incidentes, contribuyendo con ello a que la mayoría de las partes implicadas abogaran por una rápida y pacífica solución a la disputa, que no hacía sino perjudicar la gran labor llevada a cabo tras el Vaticano II en la mejora de las relaciones judeo-cristianas. 

Personalidad del presidente emérito del Pontificio Consejo para la promoción de la unidad de los cristianos

Figura clave la de Willebrands en las acciones de la Iglesia católica para dialogar con los cristianos acatólicos y con los judíos. Se le conocía en el Vaticano como el «holandés errante», debido a sus viajes por el mundo promoviendo la unidad cristiana. Fue un lujo de la Iglesia católica en ella y su brillante gestión podrá calificarse algún día en los manuales como esplendor ecuménico de la era Willebrands. «En verdad que sus escritos, al decir de monseñor Ablondi, tienen la prueba luminosa de la pasión por la comunión»: era un testigo apasionado porque de esta luz ecuménica supo hacer él una vocación. También lo fue autorizado porque durante muchos años, al frente de la responsabilidad ecuménica en la Iglesia en cuanto presidente del Secretariado para la Unión de los Cristianos, vivió junto al Santo Padre y provocó tantos acontecimientos en la aventura ecuménica de la Iglesia. 

Racional y frío como el mármol, dijo antes el P. Miguel Arranz. Tranquilo, añado yo ahora, de prudencia diplomática, siempre amable, un «prelado de manual», como Hans Küng escribe en sus Memorias, precisando además: «Sin el trabajo previo sobre todo del animoso ecumenista católi­co Willebrands -amigo del gran ecumenista protestante holandés doctor Visser’t Hooft, secretario general del Consejo Mundial de Iglesias fundado en 1948- hubiera sido imposible llegar tan rápidamente a un Secretariado para la Unión de los Cristianos, cuyo espíritu rector, con el cardenal Bea al frente, no será otro que el de Jan Willebrands. Para mí es un honor y un reto que Wille­brands, que desde el principio me tutea, me acoja en seguida como benjamín en esta internacional Conferencia Católica para las cuestiones ecuménicas». 

Fuera o no brillante y frío como el mármol, es lo cierto en todo caso que un aire de sencillez y simpatía, de donosura y compostura, un toque, diríase, de sensibilidad eclesial y fineza de espíritu envolvía siempre su modo de ser y estar. Sabía sobremanera eso: estar, que a menudo, si no el todo, es al menos de lo más importante. A uno se le antoja imprescindible y propiciadora condición del diálogo. Los espaciosos corredores del Palacio Apostólico en Roma no encerraban secretos para él. Y menos aún la proverbial diplomacia de sus monseñores, a quienes conocía de largo y de cerca, que ya es conocer, bien por lo que manifestaciones, o bien por cuanto insinuaban. 

Personaje ciertamente de la clásica escuela holandesa, revestido, eso sí, de cortesía vaticana, de cordiales modos y finas maneras, lo recuerdo, ya él jubilado, caminando algunas tardes a paso lento, cansino, señorial, en clergyman, tocado con el típico sombrero negro de monseñor, alto y elegante, por la inmensa plaza de San Pedro, haciendo alguna que otra vez el largo recorrido desde el Portone di Bronzo hasta la Piazza Pio XII: Congregación para las Causas de los Santos en concreto, o sea en diagonal. Me viene ahora mismo a la mente una tarde romana en el Centro Pro Unione (Via S. Maria dell’Anima, 30) durante una conferencia en inglés a la que fui cordialmente invitado y asistí. Detrás de sus blancas gafas lucían unos ojos vivos, los inquietos y dulces ojos de su escrutadora mirada que al despuntar el 2 de agosto de 2.006 se cerraron para siempre llevándose consigo rumbo al buen Padre Dios las numerosas, inconfundibles y tantas veces cálidas imágenes del ecumenismo contemporáneo. 

Nunca podrá salir veraz y objetiva una historia del ecumenismo moderno que prescinda de los servicios que este católico monseñor holandés prestó. El porte sencillo y a la vez elegante de su extraordinaria figura, sus finos ademanes, el incansable dinamismo de sus pasos viajeros consiguieron llevar a las plazas ecuménicas del universo mundo una nota de señorío y distinción, y los foros de la unidad cristiana salieron siempre enriquecidos con su dialógica presencia, la típicamente suya, la tantas veces compuesta de oportuna palabra, fecunda pluma y sabio silencio. Apasionadamente enamorado del ecumenismo y en primera línea de disponibilidad, rompió moldes y cruzó fronteras sin fin a la hora de servir a la Iglesia y amar al Cristo del Ut unum sint. Sea él ahora su premio y su corona.

Dr. Pedro Langa Aguilar, OSA
Teólogo y Ecumenista
Sacerdote agustino burgalés de Coruña del Conde (1943). Licenciado en Dogmática por Comillas, doctor en Teología y Ciencias Patrísticas por el Augustinianum, ha sido profesor en universidades y centros teológicos de Roma, Madrid y Salamanca. Durante cuarenta años ha dictado cursos de Patrística, Agustinología y Ecumenismo y ha pronunciado conferencias en países de Europa y América. Cuenta con una docena de libros, sus artículos de fondo rondan ya los 500 y las recensiones sobrepasan el millar. Escribe en no menos de 25 revistas de pensamiento, lleva su voz a Radio Vaticano y diariamente imparte una clase de Patrística en Radiodelapaz.org. Considerado «uno de los mejores conocedores actuales de la obra de san Agustín», «entre los más distinguidos ecumenistas de España» y «reconocido especialista en el cardenal Newman», figura junto a los 241 nombres del Diccionario de teólogos/as contemporáneos (Burgos 2004)

PUBLICADO EN:
Revista Pastoral Ecuménica
[Nº. 69, vol. XXIII, septiembre-diciembre 2006, 293-306]








lunes, 24 de agosto de 2020

IV - REVISIÓN DE ARTÍCULOS ECUMÉNICOS


REVISIÓN DE ARTÍCULOS SOBRE ECUMENISMO: "DIÁLOGO ECUMÉNICO Y DIÁLOGO INTERRELIGIOSO, TAN PARECIDOS Y TAN DIFERENTES: ALGUNAS REFLEXIONES" PUBLICADO EN 2.005 DE JUAN F. USMA GÓMEZ.

1. Las palabras son importantes. Ellas detentan un poder no indiferente, por lo que debemos ser cuidadosos al utilizarlas. Las palabras son importantes porque nos acercan a las realidades que percibimos, sentimos y experimentamos. Y, mas aún todavía, nos permiten guardar una cierta distancia de ellas. Nos permiten identificar y objetivar. No podemos pensar sin usar palabras. Las palabras nos ayudan a dar significado, a expresarlo y a comunicarlo, aunque también pueden ocultarlo o distorsionarlo. Las palabras pueden ser usadas con creatividad, aunque también pueden producir un efecto destructivo. La gran riqueza de la literatura mundial ilustra lo primero, mientras que tristes páginas de la historia dan prueba de lo segundo: los conquistadores afirmaban que los nativos del Nuevo Mundo «no tenían alma» y, por tanto, la esclavitud no era injusta; Adolfo Hitler declaraba que los judíos no eran seres humanos y…los quemó… ¡cuán poderosas pueden ser las palabras! ¡qué importante es usarlas de forma adecuada y prudentemente! 

El término ecuménico es una de esas palabras cuyo significado y uso ha sufrido serias alteraciones en los últimos tiempos. En nuestra sociedad actual, particularmente en occidente, resulta «in» ser «ecuménico», pues se conjura el riesgo de ser catalogado como fundamentalista. Para las mentes modernas, está de moda juntar todas las diferencias, compatibles e incompatibles, y mezclar, revolver, licuar el todo y «sazonarlo» al propio gusto, con fantasía, y declarar que el producto final es un «resultado ecuménico». Y es que, en una «sociedad cóctel», «ser ecuménico» quiere decir progreso, es estar al paso con los tiempos. 

2. El recorrido del término ecuménico tal como los cristianos lo han usado y acuñado —etimológicamente la palabra tiene raíces griegas— tuvo su origen en ámbito cristiano, hace alrededor de un siglo y medio, para designar un movimiento que busca el acercamiento mutuo entre cristianos y entre sus comunidades de fe (los protestantes inician el proceso, al que rápidamente se asocian los ortodoxos y, en la segunda mitad del siglo pasado, se suman también los católicos). Las comunidades cristianas, a lo largo de la historia, y debido a varias razones históricas, culturales, y doctrinales, han crecido separadas entre sí, llegando a la contraposición y a la ignorancia mutuas. Los términos ecuménico y ecumenismo, entonces, han sido usados en un contexto específicamente cristiano y designan ese movimiento particular de cristianos que busca sanar las heridas de las divisiones existentes entre ellos. El ecumenismo indica los esfuerzos que los cristianos realizan con el fin de restaurar la unidad y la comunión entre ellos; es una respuesta obediente a la oración de su Señor que, en la noche antes de ser crucificado, pidió a su Padre del cielo que sus discípulos fuesen uno para que el mundo pudiese creer que era Dios mismo que lo enviaba [Cf. Jn 17,21]. En términos teológicos, el objetivo del diálogo ecuménico —un diálogo que se realiza entre cristianos y que, por lo mismo, se distingue irrevocable- mente del diálogo interreligioso que se lleva adelante entre personas de otras religiones, y convicciones religiosas— es que todos los cristianos de todos los lugares que «profesan juntos la misma verdad acerca de la cruz», independientemente de su confesión o tradición particular, «alcancen la plena comunión visible», para que el mundo crea que Jesucristo, único e irrepetible, Hijo de Dios e hijo de María, es la luz de todas las naciones 1

Al respecto, es útil recordar las palabras introductorias del decreto sobre el ecumenismo, «Unitatis redintegratio», del concilio Vaticano II: 

Porque una sola es la Iglesia fundada por Cristo Señor; muchas son, sin embargo, las Comuniones cristianas que a sí mismas se presentan ante los hombres como la verdadera herencia de Jesucristo; todos se confiesan discípulos del Señor, pero sienten de modo distinto y siguen caminos diferentes como si Cristo mismo estuviera dividido (Cf. 1Co 1,13). Esta división contradice abiertamente a la voluntad de Cristo, es un escándalo para el mundo y daña a la causa santísima de la predicación del Evangelio a todos los hombres. 

Pero el Señor de los siglos […] ha empezado recientemente a infundir con mayor abundancia en los cristianos desunidos entre sí el arrepentimiento y el deseo de la unidad […] en todas partes […] ha surgido un movimiento cada día más amplio […] para restablecer la unidad de todos los cristianos. Participan en este movimiento de la unidad, llamado ecuménico, los que invocan al Dios Trino y confiesan a Jesús Señor y Salvador […] casi todos, aunque de manera distinta, aspiran a una Iglesia de Dios única y visible, que sea verdaderamente universal y enviada a todo el mundo, a fin deque el mundo se convierta al Evangelio y de esta manera se salve para gloria de Dios 2

El primer número del documento, exponiendo el marco cristológico y eclesiológico de la comprensión católica, expone claramente el significado del término, a la vez que establece una relación entre el ecumenismo y la misión. De ahí que, diluir el significado del término, aplicándolo a una realidad sin ninguna limitación —incluyendo la gama de encuentros interreligiosos, interculturales o de cualquier tipo de diálogo— no tiene utilidad alguna, pues no se trata de una mera discusión semántica, sino que el término alude al fundamento de nuestra identidad cristiana. 

Desafortunadamente hay cristianos (muchos de los cuales de tradición protestante pero no sólo) que desconocen la diferencia, y lo hacen no tanto por ignorancia o moda, cuanto movidos por una cierta sospecha acerca del aspecto eclesiológico del ecumenismo. Estos equiparan la «dimensión eclesial» del imperativo ecuménico a una riesgo de «control eclesial» y de «limitación teológica». Tienen dificultades con la «Iglesia una y visible» propuesta por el ecumenismo. Para ellos, la cuestión ecuménica no es tanto la pregunta acerca de «¿cuál Iglesia?», sino el interrogante «¿por qué la Iglesia?» pues, según su parecer, solamente existen Dios y el mundo, y no hay nada entre ellos. Mientras los cristianos sirvan al mundo y a la humanidad, sirven a Dios y a su Reino. La Iglesia, entonces, tiene poca o ninguna importancia 3; la religión no tiene importancia. Al máximo, sólo la espiritualidad cuenta y entonces, unen sus manos y danzan y rezan a la Madre Tierra, el vientre universal. Pero eso no es todo. Jesús desaparece en una red de procesos cósmicos, o viene enumerado como uno mas de la larga lista de profetas, viejos y nuevos; al hacer esto, se vacía de sentido la misión salvífica de Jesucristo que, de hecho, no se acepta entonces como «el único mediador» [Cf. Hc 4,12; 1 Tim 2,4-6; Jn 14,6]. En una sociedad pluralista idealizada que, no quiere vivir con sus diferencias y, por lo mismo las descarta, en vez de evidenciarlas para el mutuo enriquecimiento de todos, reina la confusión acerca de «qué es qué» y «quién es quién». 

Todo esto nos pone de frente a otro importante documento del Vaticano II: la declaración sobre las relaciones entre la Iglesia y las religiones no cristianas, Nostra aetate

3. El marco eclesiológico en el que entendemos el ecumenismo como una búsqueda de la unidad de los cristianos, no es ciertamente una limitación. En efecto, la misma Cruz en la que Jesús murió para la salvación de todas las genes, destruye cualquier tentación o tentativo de parte de los cristianos de encerrarse en sí mismos [Cf. Mt 28,19; Mc 16,15; Ef 3,8-11]. Juan Pablo II parece referirse a ello cuando en su Carta sobre el empeño ecuménico se refiere al profeta Ezequiel. Ezequiel usa el signo de los dos maderos, primero separados después acercados entre sí, para expresar la voluntad divina de «congregar de todas las partes» a los miembros del pueblo herido [Cf. Ez 37,16-28]; en la interpretación y comprensión cristiana esta intención divina no se refiere sola- mente a los miembros del pueblo disperso de Israel, sino a todas las gentes de la tierra. «La unidad de toda la humanidad herida es voluntad de Dios» 4. Jesucristo, por medio de la cruz «derribó el muro de separación» [Ef 2,14-16] que se erguía entre todas las gentes, no solamente entre los herederos de la primera Alianza. La Buena Nueva del Evangelio es que la promesa alcance la humanidad entera [Cf. Ef 2,11-14]. Entonces la Iglesia y su unidad tienen un papel central en nuestra comprensión ecuménica: así como Cristo es para todas las gentes, la Iglesia es para todas las gentes 5. La Iglesia, por su relación con Jesucristo, es un sacramento de la íntima unión de todos y cada uno con Dios. «Cristo es la luz de las naciones» 6. Él es el alfa y la omega [Ap 1,8]. Esta es la razón por la que la Iglesia es misionera y ecuménica, no porque busca su propia expansión o éxito. El ecumenismo y la misión solo son una parte —aunque esencial— del plan de Dios para toda la humanidad, para toda la creación ¡Es dentro de este proyecto divino donde también el encuentro de diálogo con personas de otras religiones y convicciones de fe haya su lugar! 

«Las religiones se encuentran donde las religiones tienen su fuente: en Dios» 7, escribía un autor anglicano. Nostra aetate expresa la misma idea: «Todos los pueblos forman una comunidad, tienen un mismo origen,…y tienen también el mismo fin último, que es Dios» 8. La finalidad última del ecumenismo, del diálogo interreligioso, de la proclamación del Evangelio y del testimonio de una vida cristiana auténtica, y hasta de cualquier encuentro humano que se basa sobre la amistad y el respeto mutuo, es la anticipación de la celebración del día «que sólo Dios conoce, en que todos los pueblos invocarán al Señor con una sola voz y le servirán como un solo hombre [Sof 3,9; cf. Is 66,23; Sal 65,4; Rom 11,11-32]» 9. Por tal motivo la Iglesia puede hablar de «su misión de fomentar la unidad» 10 no sólo en un contexto ecuménico sino también en el contexto interreligioso, con pleno respeto de las peculiaridades que les distinguen entre sí (su naturaleza específica y los objetivos intermedios provisionales que persiguen), y lo que tienen en común (las dinámicas que adoptan y su objetivo final, es decir, la plenitud en Dios y la comunión con Dios). 

Nostra aetate reflexiona acerca de las religiones —específicamente acerca de las religiones abramíticas— de manera positiva. 

Los hombres esperan de las diversas religiones la respuesta a los enigmas recónditos de la condición humana, que hoy como ayer conmueven íntimamente su corazón: ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido y el fin de nuestra vida? ¿Qué es el bien y qué el pecado? ¿Cuál es el camino para conseguir la verdadera felicidad? ¿Qué es la muerte, el juicio, y cuál la retribución después de la muerte? ¿Cuál es, finalmente, aquel último e inefable misterio que envuelve nuestra existencia, del cual procedemos y hacia el cual nos dirigimos? 11 

Ya desde la antigüedad y hasta nuestros días se encuentra en los diversos pueblos una cierta percepción de aquella fuerza misteriosa que se halla presente en la marcha de las cosas y en los acontecimientos de la vida humana, y a veces también el conocimiento de la suma Divinidad e incluso del Padre. Esta percepción y conocimiento penetra toda su vida con un íntimo sentido religioso 12

Por ello, «la Iglesia católica nada rechaza de lo que en estas religiones hay de verdadero y santo», al contrario, «considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas, que, aunque discrepan, en muchos puntos de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres» 13. Al mismo tiempo, la Iglesia cree y proclama que es Cristo «el camino, la verdad y la vida» [Jn 14,6], «en quien los hombres encuentran la plenitud de la vida religiosa y en quien Dios reconcilió consigo todas las cosas [Cf. 2 Co 5,18-19]» 14. La Iglesia, afirma «Nostra aetate», 

«exhorta a sus hijos a que con prudencia y caridad, mediante el diálogo y la colaboración con los adeptos de otras religiones, dando testimonio de la fe y la vida cristiana, reconozcan, guarden y promuevan aquellos bienes espirituales y morales, así como los valores socio-culturales, que en ellos existen». 

El documento concluye afirmando enérgicamente: «No podemos invocar a Dios, Padre de todos, si nos negamos a conducirnos fraternalmente con algunos hombres, creados a imagen de Dios. La relación del hombre para con Dios Padre y la relación del hombre para con los hombres sus hermanos están de tal forma unidas que, como dice la Escritura, el que no ama, no ha conocido a Dios [1 Jn 4,8]» 15

Remi Hoeckman, dominico flamenco en quien me inspiro para esta reflexión, fundador de la Facultad de Estudios Ecuménicos del Angelicum de Roma y maestro de una generación de ecumenistas, decía: 

La espiritualidad que me ha nutrido durante mi vida y me ha sostenido en los días buenos y malos, se apoya en dos preguntas que Dios me formula diariamente (preguntas que, estoy seguro, formula a todos) y a las que puntualmente trato de responder. Frecuentemente, refiriéndome a las relaciones ecuménicas y a las interreligiosas, he hablado de ellas. Perdonadme si lo hago nuevamente. Dios, en la abundancia de su amor, nos habla como amigos [Cf. Ex 33,11; Jn 15, 14-15] y permanece con nosotros [Cf. Bar 3,38] […] En efecto, Dios ha escogido relacionarse con nosotros, hablarnos, buscarnos aun cuando nos estemos escondiendo. Tal como dice la Biblia: 

«Oyeron luego el ruido de los pasos de Yahvé Dios que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa, y el hombre y su mujer se ocultaron de la vista de Yahvé Dios por entre los árboles del jardín. Yahvé Dios llamó al hombre y le dijo: ¿Dónde estás? [Gn 3,8-9]». Dios es un Dios que se relaciona y, creo que desea que también nosotros seamos gente relacional, personas de diálogo con Él y con los demás. No le preguntaba a Caín, después de que éste matase a su hermano Abel, «¿dónde está tu hermano?» [Gn 4,9] 

¡Seguramente no puedo responder a la primera pregunta sin responder a la segunda también! Es por ello que he dedicado muchos días de mi vida al ecumenismo y al diálogo interreligioso 16

¿Dónde estás? ¿Dónde está tu hermano? Dios ha iniciado y continúa un diálogo de amor, de amor salvador con toda la humanidad. Nos ha creado a su imagen, semejantes a la Divina Trinidad, y por lo mismo, capaces de comunión y de diálogo con Él y con los demás. La historia de la salvación se realiza como un diálogo de Dios con el hombre, un diálogo entre el Creador y la creatura. Él me deja entrar en Él. Así como el diálogo ecuménico, a través del cual y en el cual cristianos divididos se buscan y se alcanzan entre sí, es el camino de la Iglesia —«Creer en Cristo significa querer la unidad; querer la unidad significa querer la Iglesia; querer la Iglesia significa querer la comunidad de gracia que corresponde al designio del Padre desde toda la eternidad» 17— así también el diálogo interreligioso, el diálogo que se realiza con personas de otras religiones, es el camino de la Iglesia 18. Cristo mismo ha asignado a la Iglesia el papel funda- mental en el diálogo que Él mismo quiere tener con la humanidad. 

4. Nuestra comprensión de las vías de Dios es limitada, pero su plan para la humanidad no. Nuestro amor es limitado, el Suyo no. Seguramente nos tiene reservada más de una bendición. En su encuentro con la samaritana [Cf. Jn 4,1- 42], Jesús nos muestra que las rivalidades entre los hijos de Isaac no eran, no son, un icono de nuestras relaciones con los otros sean cristianos o no. Distin- tas personas pueden conocer, amar y orar a Dios de forma diversa, pero Dios, «que es el Padre de todos» 19 ama a las gentes diversas de igual manera. La Iglesia, los cristianos, estamos llamados a ser el sacramento de ese Dios que es amor. El libro Has God Only One Blessing? (¿Dios sólo bendice una vez?) de la Hna. Mary C. Boys, que desarrolla el tema del judaísmo como base para la autocomprensión cristiana, empieza de la siguiente manera: 

Jacob y Esaú [Gen 25,19-34; 27,1-45] tal vez sean los gemelos más famosos del mundo. Su historia es una historia conflictual desde el mismo vientre de Rebeca. Al venir al mundo, Jacob siguió a su hermano tomándole por los talones y al final lo suplantó obteniendo su derecho de primogenitura y la bendición de su padre, esta última mediante el engaño. En una pelea mordaz, Esaú pregunta a Isaac «¿Es que tu bendición es única, padre mío? ¡Bendíceme también a mí, padre mío!» El narrador nos cuenta: «y Esaú alzó la voz y rompió a llorar» [Gen 27,38] 20

El encuentro «religioso» con la gente de otra fe no es fuente de amargura. En las palabras de Juan Pablo II: «A través del diálogo dejamos que Dios sea presente en medio nuestro, pues cuando nos abrimos al diálogo entre nosotros, nos abrimos a Dios» 21. El encuentro interreligioso puede enseñarnos tanto a enorgullecernos de nuestra tradición cristiana, cuanto a afrontar humildemente la herencia espiritual de los otros. En efecto, «el diálogo exterior siempre debe estar acompañado del diálogo interior» 22; este último comienza desde la profundidad de mi encuentro personal con Dios en Cristo, pero se abre para capturar el rayo de la Verdad que también brilla en el otro 23. El Espíritu de Dios obra donde quiere [Cf. Jn 3,8]. Juan Pablo II ha expresado bellamente el punto de partida del itinerario interreligioso cuando, dirigiéndose a los miembros de otras religiones en el Día de la oración por la paz en Asís, en octubre de 1986, decía: «Es mi convicción de fe la que me hace dirigirme hacia vosotros […] con profundo amor y respeto» 24

Hoeckman habla del «espacio sagrado del diálogo», de la necesidad de limpiar nuestros corazones y nuestras mentes para poder entrar allí; de nuestra disponibilidad para purificarnos del prejuicio, tal vez de la sospecha, y del desdén, del desprecio, o de una persistente herida. Habla de estar preparados para encontrarse con alguien que, probablemente, siendo muy distante de nuestra propia imagen, es imagen de Dios. «¿No es conociendo al otro bajo la mirada de Dios que nuestra percepción de éste puede cambiar, creando en nuestro interior y entre nosotros el «espacio sagrado» que permitió a Jacob volverse hacia Esaú diciendo «he visto tu rostro como quien ve el rostro de Dios» [Gen 33,10] y sentir que se recibe una bendición? ¡Por supuesto!». Y agrega, «esta comprensión del encuentro interreligioso puede tener implicaciones teológicas que, creo apenas comenzamos a vislumbrar, y no sin dificultad. Pero esto ¿no hace parte de nuestra agenda futura?» 25 

Juan Pablo II ha subrayado frecuentemente la importancia del diálogo interreligioso, igual que lo ha hecho con el diálogo ecuménico: «El diálogo interreligioso que lleva a un conocimiento más profundo y a una estima recíproca, es un gran signo de esperanza» para las gentes de nuestras sociedades seculares. Y, refiriéndose específicamente al diálogo interreligioso entre cristianos y musulmanes, concluía: «avanzando juntos por el camino de la reconciliación […] las dos religiones podrán dar un signo de esperanza, haciendo que resplandezca en el mundo la sabiduría y la misericordia del único Dios que creó y gobierna la familia humana» 26. Esta declaración recuerda el número tres de Nostra aetate que llama a cristianos y musulmanes a abandonar sus querellas del pasado y a realizar todo esfuerzo en aras de una comprensión mutua. El Concilio exhorta a todos a que «procuren sinceramente una mutua comprensión, defiendan y promuevan unidos la justicia social, los bienes morales, la paz y libertad para todos». Esta invitación nunca fue tan urgente como en nuestros días. Ella ocupa los primeros lugares de la agenda no sólo en el diálogo con los musulmanes, sino también con hinduistas y budistas, pero también, y tal vez todavía más con los judíos en cuya tradición los cristianos, y en un cierto grado también los musulmanes, tienen raíces. 

El pensamiento de Jonathan Sacks, Rabino Jefe de Gran Bretaña, es cerca- no al pensamiento del Papa cuando afirma que en nuestra sociedad y para su bienestar, 

debemos comenzar a reformular el imperativo interreligioso en términos más fuertes. Debemos asumir esta tarea no como un simple gesto de buena voluntad, llevado adelante por hombres y mujeres de una visión y un liberalismo excepcional, sino como un grupo de axiomas religiosos que deben afrontar todos los creyentes […] ¿Qué es lo que me motiva a entrar en conversación con seguidores de otras religiones? Si pudiese responder a esta pregunta […] entonces daría un impulso al encuentro interreligioso, un impulso que iría más allá de la disponibilidad del momento, que alcanzaría las raíces de la fe 27

Esta aproximación religiosa al diálogo interreligioso (por extraño que pueda parecer nuestro énfasis) es muy importante en un tiempo que, tal como he ilustrado al inicio de mi reflexión, está marcado no solamente por una «confusión de términos» sino también por una confusión de contenidos. Evitando así que el diálogo interreligioso se convierta en una forma de oportunismo interreligioso (bien diverso de las oportunidades interreligiosas), o de ser secuestrado por agendas particulares (muchas veces simplemente políticas) que tiene poco o nada que ver con la religión o con la fe. Por ello, en la opinión de Hoeckman, en la agenda interreligiosa el diálogo interreligioso ocupa el primer lugar. Esto es, cuidar y procurar un encuentro respetuoso entre las personas de distintas religiones que, sin diluir sus diferencias entre sus respectivas experiencias religiosas de fe y de sus respectivas expectativas de fe, estén dispuestas y disponibles para relacionar su propia experiencia de fe con la experiencia de fe de los otros, dispuestos a aprender de ellos y, eventualmente, también desde allí. Esto exige paciente escucha, confianza recíproca y un compartir honesto —en primer lugar— compartir nuestra fe en Jesucristo para los cristianos. Lo que puede igual- mente exigir de ellos una oración 28

Es de por sí claro que el diálogo interreligioso, para que alcance un cierto nivel, debe realizarse en un encuentro consciente entre personas creyentes e informadas acerca de su propia fe, entre personas que conocen su propia tradición religiosa, que se han nutrido de ella y que se sienten seguros de ella, personas capaces de respetar plenamente la tradición de fe y la experiencia de fe de los otros. Indudablemente era este el nivel que se respiraba en el Vaticano en octubre de 1999, cuando 200 eminentes representantes de diversas religiones mundiales se reunieron aceptando la invitación de Juan Pablo II. En la clausura del encuentro han publicado un mensaje en el que declaran ante el mundo: 

Estamos convencidos de que nuestras tradiciones religiosas cuentan con los recursos necesarios para superar las fragmentaciones que observamos en el mundo y para favorecer la amistad y el respeto recíproco entre los pueblos. Somos conscientes de que muchos de los trágicos conflictos del mundo se producen por la pragmática y a menudo injusta asociación de religiones con intereses nacionalistas, políticos, económicos o de otro tipo. Somos conscientes de que, si no cumplimos nuestra obligación de poner en práctica los ideales más elevados de nuestras tradiciones religiosas, seremos responsables de las consecuencias y se nos juzgará con severidad. Sabemos que los problemas que afligen al mundo son de tal alcance, que solos no somos capaces de resolverlos. Por eso urge la colaboración interreligiosa 29

5. Quizás las personas religiosas no puedan resolver los problemas del mundo, pero podrían hacer la diferencia si tomaran una posición común ante situaciones concretas, si asumieran juntos posturas claras e inequívocas de frente a asuntos específicos que así lo requieran. Por esta razón las personas de fe buscan juntas, en diálogo, el terreno común que comparten, los valores comunes que les permitan afrontar juntos los males de un mundo que en muchas ocasiones ha dejado poco espacio para Dios, y, por lo mismo, para la imagen de Dios en la persona humana. La erosión o la distorsión de los valores religiosos en algunas de nuestras sociedades tienen ciertamente un efecto destructivo en lo concerniente al respeto por la vida y la dignidad humanas, o en el respeto por la creación, respeto fuertemente radicado en nuestras tradiciones religiosas. Es entonces una tarea de los líderes religiosos, dialogando entre ellos dondequiera que sea posible, «ayudar a la gente a vivir vidas íntegras, armonizar la dimensión vertical de sus relaciones con Dios con la dimensión horizontal del servicio a sus vecinos» 30

Con relación al diálogo judeo-cristiano —que ocupa un lugar especial en las relaciones interreligiosas— el Papa habló «del problema moral, el gran campo de la ética individual y social» de nuestro mundo, cuando se dirigió a la comunidad judía de Roma, durante su histórica visita a la Sinagoga de la urbe: «somos todos conscientes de lo aguda que es la crisis sobre este punto en nuestro tiempo» 31. Similar preocupación fue expuesta en su discurso al Cuerpo Diplomático ante la Santa Sede; en esta ocasión realizó un llamado que es relevante no sólo para el diálogo interreligioso sino igualmente para las relaciones ecuménicas, decía el Papa: «en una sociedad frecuentemente perdida en el agnosticismo y el individualismo, y que sufre las amargas consecuencias de la envidia y la violencia, judíos y cristianos son los depositarios y testigos de una ética marca- da por los Diez Mandamientos, mediante cuya observancia los hombres encuentran su verdad y libertad. Promover una reflexión y colaboración común en este asunto es uno de los grandes deberes de nuestro tiempo» 32

Estas palabras de Juan Pablo II, que ha dedicado tantas energías a implementar en la vida de la Iglesia los criterios del decreto Unitatis redintegratio y de la declaración Nostra aetate, exponen juntamente los desafíos espirituales y teológicos que ponen ambos imperativos. Dios, la única fuente y el destino último de toda persona humana, es el lazo que une a ambos. Cristo es el camino de Dios para el hombre. Esto es lo que los cristianos quieren celebrar con una sola voz y alrededor de una única mesa. Cristo es el camino del hombre hacia Dios también, y Jesús mismo manda a sus discípulos a que se unan a cualquier persona, en cualquier camino que esté recorriendo, no de manera triunfalista sino respetuosamente, escuchando y explicando, tal como lo hiciera Él mismo, en el camino de Emaús [Cf. Lc 24,13-35]

6. La declaración sobre la libertad religiosa del concilio Vaticano II empieza con las siguientes palabras: «la dignidad humana» (Dignitatis humanae que se convierte en su título), y la Declaración Nostra aetate en su último número usa las mismas palabras «la dignidad humana y los derechos que de ella dimanan». «Como una consecuencia» explica Nostra aetate, «la Iglesia reprueba como ajena al espíritu de Cristo cualquier discriminación o vejación realizada por motivos de raza o color, de condición o religión». Mientras que en Dignitatis humanae se lee: «en materia religiosa ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia ni se le impida que actúe conforme a ella […] el derecho a la libertad religiosa se funda realmente en la dignidad misma de la persona humana» 33. Es mas, «esta doctrina de la libertad tiene sus raíces en la divina Revelación por lo cual ha de ser tanto mas escrupulosamente observada por los cristianos» 34. No podemos dejar pasar por alto que la Iglesia católica no sostenga este derecho como simple derecho natural sino que integre en su posición la revelación misma. Tal como Cristo, sus discípulos deben dar testimonio de la verdad de Dios; como los apóstoles deben «proclamar la palabra de Dios con valentía» [Hc 4,31] ante todas las gentes y ante sus jueces 35.—«Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» [Hc 5,29]— no solo en su propio nombre, sino en favor de todos y cada uno. Así como la Iglesia reclama la libertad para sí 36, así también ella reclama la libertad para los otros que, con un respeto similar, glorifican a Dios en sus propias tradiciones. «Es evidente que crece a diario la unificación de todos los pueblos, que los hombres de diversas culturas y religiones se ligan con relaciones cada vez más estrechas y que aumenta, finalmente, la conciencia de la responsabilidad de cada uno» 37. Y la Iglesia ora: «Quiera Dios y Padre de todos que la familia humana, mediante la diligente observancia de la libertad religiosa en la sociedad, por la gracia de Cristo y el poder del Espíritu Santo, llegue a la sublime e indefectible «libertad de la gloria de los hijos de Dios» [Rom 8,21]» 38. Uno de los principales resultados del diálogo ecuménico es, sin lugar a dudas, el descubrimiento de lo que cristianos divididos han llegado a ser en contraste con lo que deberían ser: una bendición para los demás por el bien de su misión en el mundo. Un descubrimiento que también han hecho judíos y cristianos en sus relaciones, Dios les ha confiado esta tarea al hacerlos herederos de la promesa hecha a Abraham: ser una bendición para el resto del mundo —por lo mismo deben convertirse en una bendición entre ellos en primer lugar—. Esta convicción ha sido formulada en un encuentro del Comité internacional de conexión judeo-católico: 

En nuestros días, se verifica una novedad en las relaciones entre judíos y católicos. Un espíritu de cooperación, mutuo respeto y reconciliación. La buena voluntad y los objetivos comunes han reemplazado el pasado espíritu de sospecha, resentimiento y desconfianza. Este nuevo espíritu se manifiesta en el trabajo que ambas comunidades de fe buscan realizar conjuntamente para responder a las necesidades del mundo moderno. Necesidades que se refieren al establecimiento de los derechos humanos, la libertad y la dignidad donde faltan o son puestas en peligro, y por una salvaguardia responsable del ambiente[…] Después de dos mil años de lejanía y hostilidad, católicos y judíos tienen un deber sagrado: tratar de crear una cultura genuina de estima mutua y protección recíproca. El diálogo judeo-católico puede convertirse en un signo de esperanza e inspiración para otras religiones, razas y grupos étnicos pues es posible cambiar la ruta y cambiar el desprecio restableciendo una fraternidad humana auténtica. El nuevo espíritu de amistad y corresponsabilidad puede ser el símbolo más importante que podemos ofrecer a nuestro mundo convulsionado 39

En otros frentes, el diálogo interreligioso todavía no ha alcanzado un grado de madurez similar. Es un hecho que el Papa promueve una cultura del diálogo con los cristianos, con los no cristianos y con las personas no religiosas. Solamente un diálogo sincero nos permitirá, en toda nuestra diversidad y con todas nuestras diferencias, descubrir que podemos y debemos afrontar juntos los desafíos que se nos presentan (baste citar la falta de respeto por la vida y la dignidad humanas; por las mujeres y los niños; por la familia; por el ambiente; o la falta de justicia para todos). Hace algunos años un grupo de católicos y judíos declaraban: 

La violencia es una mentira porque se yergue contra la verdad que nuestras religiones profesan, esto es, la verdad de nuestra humanidad. La violencia destruye aquello que pretende defender, o sea, la dignidad de la vida, la libertad y los derechos de los seres humanos. La violencia destruye las personas y las relaciones. Hoy nos volvemos hacia los demás para que nos ayuden a superar la violencia, dondequiera que se verifique. No podemos hacerlo solos. No queremos hacerlo solos pues firmemente creemos y proclamamos que la paz se edifica sobre la justicia y la confianza y que esto solamente podrá suceder si actuamos juntos. Por tanto, declaramos que debemos permanecer juntos al optar por la vida, no por la muerte. Y, juntos nos comprometemos a ello 40

Diálogo ecuménico y diálogo interreligioso: tan parecidos pero tan diferentes, tan diferentes pero tan parecidos. Sus frutos nos hacen bien esperar. El concilio Vaticano II invitó a los cristianos a estar unidos delante del mundo para dar un testimonio creíble de su fe común y de su común esperanza que el Hijo de Dios se hizo hombre para la vida y la unidad de todo el género humano, una esperanza «que no confunde» 41. El apóstol de las gentes asegura a los cristianos de Roma, que viven y luchan en una sociedad caracterizada por el pluralismo religioso: «y la esperanza [en Dios] no defrauda» [Rom 5,5]

7. «Gracias por la esperanza que nos das» leíamos a nuestro paso por Orte (Italia), desde el tren especial que, el 24 de enero de 2002, partía del Vaticano hacia Asís. Era la Jornada de oración por la paz en el mundo que, esta vez, fue convocada por Juan Pablo II luego de los terribles acontecimientos del 11 de septiembre de 2001. Representantes al más alto nivel, de muchas comunidades cristianas y de las religiones se encontraban en el «tren de la paz», como fue denominado periodísticamente, signo de convivencia pacífica y de compromiso en favor de los seres humanos. La atmósfera religiosa que reinaba estaba impregnada de respeto mutuo y de una consciente preocupación por los destinos del mundo, que pareciera a merced de los violentos. 

Tanto el diálogo ecuménico como el diálogo interreligioso usan y recurren a los símbolos como expresiones accesibles que pueden expresar realidades o anhelos que permanecen en el corazón de los creyentes. El lenguaje simbólico no solamente expresa un concepto sino que, a veces, va más allá del concepto al que alude. 

En Asís, «la expresión simbólica no era un simple ornamento poético, sino una palabra sustancial» 42. El mensaje de los líderes religiosos era claro: La religión, ninguna religión, puede ser fuente de violencia. Toda religión, digna de ese nombre, enseña el amor al prójimo. ¡No a las guerras de religión! La ciudad de san Francisco volvía a ser oriente de una renovada esperanza, pues las religiones ejercían esa función eminente para la conservación de la paz y para la construcción de una sociedad digna de los seres humanos 43

El «paradigma de Asís» es un modelo que se nos propone para el encuentro interreligioso. Allí no hubo ningún tipo de sincretismo, confusión o relativismo. Además del viaje, al que ya hice alusión, el encuentro se desarrolló en cuatro momentos 44: 1. el testimonio; 2. la oración, 3. el ágape fraterno; y 4. el compro-miso de las comunidades locales. 

Podíamos viajar juntos y así lo hicimos. Podíamos dar un testimonio común a favor de la paz y así lo hicimos. Podíamos hacer un compromiso real para ser constructores de paz y así lo hicimos. Podíamos compartir la mesa y así lo hicimos… ¿Y rezar? No. En el momento de las oraciones sabíamos que estábamos juntos para orar pero que no podemos orar juntos. Solamente los cristianos oraron juntos por la paz en la Basílica inferior de San Francisco. Cada una de las otras religiones lo hicieron en lugares debidamente preparados para ello. ¿Por qué no? Porque los cristianos profesamos el carácter definitivo y completo de la revelación en Jesucristo y, por lo mismo, no podemos considerarlo como «complementario a otras presencias reveladoras y salvíficas». Si elevásemos una oración con representantes de otras religiones estaríamos des- conociendo el valor universal de Jesucristo, único mediador, «porque no hay en el cielo otro Nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos» [Hc 4,12]. Es a este nivel que la Jornada de Asís nos muestra cuanto sea cierta la afirmación que elegimos como título de nuestro artículo: el diálogo ecuménico y el diálogo interreligioso, tan parecidos pero tan diferentes. 

Juan F. Usma Gómez 
Oficial del Pontificio Consejopara la Promoción de la Unidad de los Cristianos 


NOTAS 
1. JUAN PABLO II, Carta encíclica Ut unum sint, sobre el empeño ecuménico [UUS] 1-3. 
2. Decreto sobre el ecumenismo, Unitatis redintegratio, 1. 
3. Contrariamente, la doctrina católica afirma que «…la Iglesia…recibe la misión de anunciar el reino de Cristo y de Dios e instaurarlo en todos los pueblos, y constituye en la tierra el germen y principio de ese reino»: Lumen gentium [LG] 5. 
4. UUS 6. 
5. Al respecto se lee en la Constitución dogmática sobre la Iglesia: «Todos los hombres son llamados a esta unidad católica del Pueblo de Dios, que simboliza y promueve la paz universal, y a ella pertenecen o se ordenan de diversos modos, sea los fieles católicos, sea los demás creyentes en Cristo, sea también todos los hombres en general, por la gracia de Dios llamados a la salvación»: LG 13. Ver también: LG 14-16. 
6. LG 1. 
7. M. BRAYBROOKE, Time to Meet – Towards a Deeper Relationship between Jews and Christians, Londres, 1990, p. 152. 
8. Nostra aetate, 1. 
9. Nostra aetate, 4. 
10. Nostra aetate, 1. 
11. Nostra aetate, 1. 
12. Nostra aetate, 2. 
13. Nostra aetate, 2. 
14. Nostra aetate, 2. 
15. Nostra aetate, 5. 
16. R. HOECKMAN, Discurso al recibir el premio Nostra aetate, Nueva York: 28 de noviembre de 2001. Esta distinción fue un reconocimiento público por la valiosa contribución dada a la promoción de las relaciones cristiano-judías, durante los años de su servicio como Secretario de la Comisión de la Santa Sede para las relaciones religiosas con el judaísmo. Su intervención es igualmente su testamento espiritual. 
17. UUS 9. 
18. Cf. JUAN PABLO II, Discurso a la Reunión Plenaria del Secretariado para los no cristianos, 3 de marzo de 1984. 
19. Nostra aetate, 5. 
20. M.C. BOYS, Has God Only One Blessing?, Nueva York, 2000, p. 5. 
21. JUAN PABLO II, Alocución a miembros de otras religiones, Madras (India), 5 de febrero de 1986. 
22. M. BRAYBROOKE, op. cit., p. 2. 
23. Cf. Nostra aetate, 2. 
24. JUAN PABLO II, Día de oración por la paz, Asís, 27 de octubre de 1986, en: L’OSSERVATORE ROMANO [L’OR] 44, edición semanal española, 2 de noviembre de 1986, p. [719] 11. 
25. R. HOECKMAN, The Sacred Space of the Dialogue, The Center for Christian-Jewish Un- derstanding of Sacred Heart University y Elijah School for the Study of Wisdom in World Religions, Jerusalén, 8 de febrero de 2000. 
26. JUAN PABLO II, El diálogo con el Islam, Catequesis, Vaticano, 5 de mayo de 1999, en: L’OR 19, edición semanal española, 7 mayo de 1999, p. [247] 3. 
27. J. SACKS, Living Together: The Interfaith Imperative, en UNITED RELIGIONS p. 4. 
28. R. HOECKMAN, What is the Agenda of Interreligious Dialogue, Ramapo College, New Jersey 2000, p. 3. 
29. MENSAJE DE LA ASAMBLEA INTERRELIGIOSA, Vaticano, 23-28 de octubre de 1999, en: L’OR 45, 5 de noviembre de 1999, p. [619] 7. 
30. JUAN PABLO II, La religión y la paz van juntas, Reunión interreligiosa en Jerusalén, 23 de marzo de 2000, en: L’OR 13, edición semanal española, 31 de marzo de 2000, p. [149] 5. 
31. JUAN PABLO II, Visita a la Sinagoga de Roma, 13 de abril de 1986, en: L’OR 16, edición semanal española, 20 de abril de 1986, p. [228] 1. Se debe recordar que, desde los tiempos del Imperio Romano, vive una comunidad judía en Roma. Esta fue la primera vez que un Papa entraba en un templo judío. Las crónicas de la época concuerdan en declarar: «el Papa habló para el futuro, no sólo con sus palabras, sino también con el extraordinario gesto de su visita». 
32. Ibid., p. [240] 12 . 
33. Dignitatis humanae, 2; Cf. también Dignitatis humanae, 9. 
34. Dignitatis humanae, 9. 
35. Cf. Dignitatis humanae, 11. 
36. Cf. Dignitatis humanae, 13. 
37. Dignitatis humanae, 15. 
38. Dignitatis humanae, 15. 
39. INTERNATIONAL CATHOLIC JEWISH LIAISON COMMITTEE MEETING, Declaration, Praga 6 de septiembre de 1990, en: PONTIFICAL COUNCIL FOR PROMOTING CHRISTIAN UNITY, Information Service 75 [1990] pp. 175-177. 
40. COMITÉ EJECUTIVO DE LA INTERNATIONAL CATHOLIC-JEWISH LIAISON COMMITTEE, Common Statement on Violence, 1996, en: IS. 
41. UR 12. Cf. también UR 2. 
42. Ch. A. BERNARD, Teologia simbolica, Frascati 1984, p. 341. 
43. Cf. Centesimus agnus, 60. 
44. Cf. Jornada de oración por la paz en el mundo, Asís, 24 de enero de 2002, en: L’OR 5, edición semanal en lengua española, 1 de febrero de 2002. 


PUBLICADO EN:
Revista Pastoral Ecuménica 
AÑO 2005. VOL. XXII. Nºs. 64-66